Los inmorales (novela cinematográfica)

Daniel Rabal Davidov

Ilustración de Daniel Rabal Davidov

inmoral: algo contrario a los principios de la moral, tanto en el aspecto ético como en el sexual.

novela: obra literaria en prosa que narra una acción, total o parcialmente ficticia, con el objetivo de causar placer estético al lector, a través de la descripción de sucesos, personajes, pasiones y costumbres.

cinematográfica: perteneciente o relativo al cinematógrafo o a la cinematografía.

sinopsis

Pedro es un joven actor que vive en París. Trabaja en la moda, en películas independientes y se dedica en su tiempo libre a la fotografía. Tiene 26 años, lleva uno en la ciudad y acaba de conocer a Laetitia, una joven modelo que oculta su origen y que vive en la noche. Juntos se adentran en el oscuro mundo de los bajos fondos parisinos. En un pacto que sella su relación se juran a muerte llevar sus deseos hasta las últimas consecuencias y ayudarse a superar todo freno, todo límite y toda prohibición.

Capítulo 1

El pacto

Pierre… -exhaló una nube de humo por la boca y le miró por encima de sus gafas negras- necesito follarme a alguien ya. Estoy medio muerta de aburrimiento. Esta ciudad se vuelve tan tediosa cuando las familias toman las calles. Odio a las familias. Sobre todo a los niños y a los viejos.

Apagó el cigarrillo sobre la mesa del café y sacó su barra de carmín.

-¿Te pongo un poco?

-No, gracias.

-¡Te quedaría trés chic, darling!

Laetitia no era francesa, no era inglesa, no era norteamericana. Laetitia era una de esas chicas de origen incierto que llegan a París atraídas por la Nouvelle Vague, por Godard, por Eric Rohmer y por Serge Gainsbourg y Jane Birkin. Llevaba una boina roja propia del cliché más absoluto, una gabardina de cuero negro y unas gafas oscuras, rectangulares, sobre los ojos. Tenía unos ojos inmensos, azules, llenos de fuego helado. No llevaba nada debajo de la gabardina. Ni camiseta, ni vestido, ni falda, ni medias. Solo la gabardina, la boina, el cigarro, las gafas oscuras y unas Converse blancas con escritos rojos en ellas que decían cosas como:

Cómeme.

Coño.

Mojada.

Sex-appeal.

Punk.

En francés y en inglés.

Pierre la miraba con fascinación, sin perder todo su coolness en esa mirada, ni dejar que se notara en exceso lo sexy que le parecía esa rubia de pelo corto tan singular. Pierre tenía el pelo negro, cayendo hasta los hombros casi. Llevaba un jersey de cuello vuelto negro, una chupa de cuero, unos vaqueros negros y unos botines marrones. Tenía unas gafas de sol Ray-ban y un cigarro apagado en la boca. No fumaba tanto, en realidad. No tanto como Laetitia al menos. Ella encendía un cigarrillo tras otro y los consumía en instantes. Sus besos sabían a humo.

Tres días antes Pierre había colgado un anuncio en la escuela de artes. El anuncio decía:

Fotógrafo busca modelos para proyecto foto-poético.

Era un cartel poco explicativo. No tenía nada singular. Lo había hecho casi a desgana. La verdad es que Pierre tenía muy reciente aún la ruptura con su exnovia, que sin embargo había sucedido hacía ya seis meses. Hasta hacía unas semanas había creído haberlo superado por completo, pero no era así. Tras acostarse con otra mujer por primera vez desde la ruptura (después de haber rechazado a muchas que no le interesaron) se dio cuenta de que su corazón no estaba listo para ponerse en juego otra vez.

Al menos eso pensaba hasta que una voz singular, grave y expresiva, le dijo tras el teléfono:

“Me llamo Laetitia… soy modelo. Quiero conocerte. Si nos entendemos podemos trabajar juntos.

“Vale, sí, me paso hacia las ocho.”

“¿Entonces vives solo?”

“Bien, me paso por tu estudio hacia las ocho. Te veo en un rato. Au revoir.

Laetitia llegó hacia las ocho, entró en el estudio que Pierre compartía con Sergio, otro amigo español que había venido desde Madrid también. Sergio (Serge para los amigos franceses y por el coolness, como Pedro era Pierre) ahora estaba rodando en Saint-Tropez con un director que se había enamorado de él. Mientras, Pierre aprovechaba el estudio. Su idea era hacer unas fotografías en blanco y negro para acompañar unos poemas que había escrito. Unos poemas llenos de erotismo. Pierre sentía una verdadera obsesión por el erotismo. Le apasionaba hasta el punto de la religión.

Laetitia había entrado con un vestidito azul oscuro de flores.

Entró en la habitación donde Pierre esperaba con la cámara y una camiseta blanca sin mangas.

-Eres el actor.

-Sí.

-¿Me das un cigarro?

-Ten.

-No sabía que hicieses fotos.

-Sí… es algo que hago para mí.

-Te vi en esa película donde haces de criminal. La que acaba de salir. La echan en Montmartre. La vi al salir de trabajar una noche. Trabajo por ahí… -pausas meditativas, con miradas llenas de fantasía, con humo reptando de su boca hacia el techo, hacia el cielo, hacia las estrellas. -Estás bien. ¿Vives por aquí de forma permanente, entonces?

-Por ahora sí.

-¿Desde cuándo?

-Desde hace un año.

-Yo llevo algo más en París. Es una ciudad bonita.

-Claro -sonrió ante lo evidente.

-Bueno, tu estudio no está mal. Pon música.

Pierre puso un disco de Bowie.

-Me gusta. Me gusta más Iggy Pop, pero está bien.

Recorría con avidez la habitación buscando objetos, tocando libros, cotilleando en los cajones.

-¿De dónde eres, Laetitia?

-Es un misterio, darling.

Le hacía gracia esa pequeña chula que se daba tanta importancia.

Pedro tenía 26 años, era actor, trabajaba en moda, películas independientes y se dedicaba a la fotografía en su tiempo libre. Bueno, ya no era Pedro. Era Pierre. Pierre, mito erótico del cine independiente francés. Chulo, chapero, criminal, ladrón… hacía todos los papeles de guapo fatal en las películas inspiradas por la literatura de Jean Genet.

Laetitia no debía tener más de 23 años. Su vida era un recorrer las noches, un vagar por las calles húmedas de París, conocer personas que sumaba a su vida como se suman mecheros a una colección. No amaba a nadie. No sentía nada. Era un ser completamente ajeno a la realidad. Para ella, solo existía la depredación. No sentía. No era un tormento, no era una maldición, era una condición. No sentía, pero se apasionaba. Y buscaba esos acelerones de energía eléctrica que el apasionamiento: furia, lujuria, odio, risa histérica, llanto… le producía.

-¿Qué tipo de fotos quieres hacer?

Pierre dudó si hablarle directamente de sus ideas o no hacerlo. En realidad, Laetitia era la primera mujer a la que le iba a hacer ese tipo de fotos desde la ruptura.

-Vamos a ir probando qué sucede ante la cámara, Laetitia.

-¿Cómo te llamabas tú, guapo?

-Pedro. Todo el mundo me llama Pierre.

-Te llamaré Pierre. Estamos en París. Pierre es un nombre bonito.

Pierre hizo la primera foto mientras Laetitia se sentaba en una silla frente a la ventana. Por el cristal se veía el Sacre-Coeur y el cielo de París bañaba de luz plateada la película de Pierre. Al hacer la primera fotografía, Pierre notó inmediatamente la conexión con aquella chica. Su polla se endureció al instante. Ella sí que le gustaba. La mayor parte de mujeres, desde que rompió con Sabine, le dejaban indiferente. No sentía ningún deseo sexual y solía tener que forzarse a masturbarse por aligerar su ánimo, que si no se volvía melancólico. El porno ya no le excitaba tampoco. Solo se excitaba ante ideas prohibidas, descabelladas, fuera de sus propósitos reales y de su moral. Le excitaba la idea de ir con prostitutas, con travestis, con chicos… golpear a mujeres y orinarles encima. Le excitaba la idea de entrar en uno de esos locales sórdidos que veía al pasar por las calles de París de noche y de los que salía un olor particular, y salía una gente particular, unas mujeres y hombres con aspectos que le hacían relamerse los labios de excitación oculta. Chicas con ojeras y pieles transparentes, chicos con pelos revueltos y ropa de cuero, mujeres pelirrojas con piernas cubiertas de medias rotas que podían ser o no mujeres. Querría follarse a una y tocarle la polla mientras se corría dentro de ella. Le excitaba la idea de follarse a quien menos se follaría, de hacer lo que menos bien le parecía hacer. Pero ya no le excitaban las chicas que antes tanto le gustaban. Las morenitas, rubitas, rojitas, pijas, comunistas, maoístas, actrices, modelos, abogadas, estudiantes, religiosas…etc.

Había empezado a hacer una cantidad brutal de deporte, lo que le encantaba por el aspecto que le daba. Estaba con mejor pinta que nunca y le parecía ya algo impensable aquel aspecto demasiado delgado de hacía un año. Ahora podía presumir de unos músculos que, con aspecto grácil, realzaban su belleza natural. Era un joven guapo. Se dedicaba al cine casi por casualidad, aunque siempre le había gustado. La moda era una forma de ganar dinero. Como cineasta hacía un poco de todo: guionista, director, actor…

Nadie sospechaba de sus fantasías ocultas, de sus gustos perversos, de su odio a la sociedad entera, de la que aberraba cada frase y cada cadencia. Odiaba a la gente gris y mediocre. Odiaba a las mujeres y los hombres corrientes, a los que escupiría al pasar junto a ellos por las calles. Odiaba odiarles también. Por el día podía ocultar sus inclinaciones violentas, sus instintos sádicos, su ansia de brutalizar. Pero por la noche debía ocultarse él: ocultarse del alcohol, de las drogas, del exceso, tratar de guardar la compostura. Sabía que si se soltaba, si se dejaba ir ahora de los frenos (ahora que conocía realmente quién era) cometería actos salvajes.

Sabine estaba a lo suyo. Nueva vida, nuevo novio, nuevo todo. Que le cunda a Sabine.

-Pierre, quiero desnudarme. ¿Puedo desnudarme?

Pierre se acercó a ella y dejó que se desnudase mientras él hacía fotografías cada vez más cercanas. Ella se descalzó primero, dejando ver sus pies. Pierre cogió su pierna por los talones y la hizo subir, delicadamente para no forzarla, hasta llegar a su hombro. El objetivo de la cámara cogía así el cuerpo de Laetitia como un amante. Ella se quitó despacio el vestido mirando al objetivo. Pierre estaba excitado hasta lo innombrable. Por algún motivo aquella chica lo excitaba. Ella se dio cuenta y le miró el paquete en silencio. Se terminó de desnudar. Se acercó a la entrepierna de Pierre, abrió la cremallera de sus vaqueros y le sacó la polla.

-Tienes una polla muy bonita, Pierre… -se la metió en la boca y empezó a chupar. Pierre se quitó la camiseta y acarició el pelo de Laetitia mientras ella le chupaba la polla. La tumbó en el suelo y la montó. Notó el coñito, apretado, deshacerse en lágrimas de placer al entrar su polla desnuda en él. Hicieron el amor durante unos minutos y, antes de que ninguno de los dos pudiese entender cómo, Pierre notó las pulsaciones dentro del coño de Laetitia, las contracciones, el agarre… y se corrieron juntos, abrazándose, mirándose a los ojos. Se quedaron traspuestos sobre el suelo, abrazados el uno al otro durante un rato. Luego Pierre se levantó y la fotografió una vez más en el suelo, mirándole, con la leche saliendo de su coñito rubio.

Ella se vistió, se fumó un cigarro sin decir nada y se marchó.

Pierre se sintió extraño todo aquel día. No mal. No se sentía como se había sentido con aquella otra mujer. Se sentía bien de haber hecho el amor con Laetitia. Le daba rabia que ella se hubiese ido tan pronto. No habían hablado nada más. Ahora Pierre parecía el fotógrafo que se acuesta con sus modelos. Era horrible. Nunca había sido eso. Era 1983, el amor libre ya no estaba tan de moda y los pervertidos eran algo que no se veía tan bien. Había gente de todo tipo. Pierre no juzgaba los gustos de nadie, pero él no era un pervertido. O al menos no un aprovechado, o un abusador.

Bajó al café al que solía ir. Miró a la camarera y se dio cuenta de que cada gesto que hacía, cada mirada que echaba, lo hacía buscando un fin sexual. Se había dejado llevar por cada uno de sus sueños y fantasías, pero no los cumplía. Solo eran imágenes en su mente. No era un hombre que quisiese acotarse con mil mujeres. Eso no tenía gracia ninguna. Era sensible, necesitaba sentir. Su obsesión por el erotismo era puramente estética, artística, vital. Era una actitud ante la vida. Una actitud creadora.

Por las noches, apagaba las luces de su habitación y contemplaba por la ventana a sus vecinas. Un grupo de tres chicas de su edad que a veces le miraban a él también. Las miraba y se masturbaba mientras ellas no se daban cuenta. O eso pensaba él. Un día, dándose cuenta de que Pierre miraba por la ventana, las tres, sentadas en su sofá frente al televisor, empezaron a jugar entre ellas y, entonces, una le bajó el pantalón a otra y le azotó el culo. Miraron las tres a la ventana y se rieron. Pierre entendió que sabían todo.

Le gustaba pasear por las calles e imaginarse abalanzándose sobre mujeres y hacerles el amor en esquinas, bajo el puente, junto al Sena. Nunca había ido con prostitutas, y no le hacía gracia la idea, pero a su sombra sí. A su parte oscura que no dejaba salir a la luz le habría encantado. Pedro se preguntaba qué pasaría si alguna vez dejase emerger esa parte de su ser. Solo salía, de vez en cuando, cuando hacía el amor, y cuando ejercía violencia. En cambio, siempre estaba presente en la creación artística. En la creación artística todas las partes de su ser estaban presentes y se unían en una sola dando lugar al ser total.

Bebió su café en silencio y leyó su libro. Paseó por las calles, volvió a casa, escuchó los mensajes de su agente, apuntó unas citas en la agenda y se empezó a vestir para ir a boxear. Entonces, sonó el timbre. Abrió la puerta. Frente a él, gabardina negra, Converse blancas, pelo rubio corto, gafas oscuras, labios con carmín y una bolsa llena de ropa en la mano derecha.

-Me he ido de casa. ¿Puedo quedarme contigo?

Ahora estaban en un café. Eran las dos de la tarde. El día anterior, desde que ella había llamado a la puerta hacia las seis de la tarde, lo habían pasado haciendo el amor de todas las maneras posibles. Hicieron el amor en la cama primero, por mantener un orden. Luego de pie, luego en la cocina, el baño, frente a la ventana, asomando la cabeza por ella y mirando a la gente por la calle pasar, arrojando ceniza y colillas sobre sus cabezas. La música de Iggy Pop sonaba en la casa a todo volumen. El aire de París era cálido aún, con toques fríos de principios de otoño.

-Me gusta tu estudio, pero tu compañero no vendrá, ¿verdad?

-No. Quedan semanas para que vuelva.

Laetitia miró a unos niños que correteaban al lado. Los miró e hizo una mueca de asco. Luego miró a través de la ventana y se quedó pensativa unos instantes.

-Pierre… hagamos un pacto. Hay algo que nos une. No es solo el sexo, o la belleza, o el amor o como quieras llamarlo. No… es algo más. Tú y yo tenemos algo en común que va más allá. Te lo voy a confesar. Soy una chica extraña. Me gustan cosas extrañas. Mi vida es rara. No me has preguntado nada de mi vida y te lo agradezco. Tú, sin embargo, me has contado tanto sobre ti…

-No tanto.

-Sí, pero más que yo. Y te lo agradezco. De verdad.

Hizo una pausa.

-Mira, te lo diré sin más. Quiero que hagamos un pacto. Creo que eres la persona que llevo buscando mucho tiempo para esto. Creo que tú y yo nos hemos encontrado para ayudarnos el uno al otro a superar nuestro dolor. Creo que para ello debemos llevar a cabo una catarsis total. Debemos llevar a la práctica todos y cada uno de nuestros deseos y fantasías, fuera de todo freno, límite o prohibición. Y que cuando hayamos hecho eso sabremos realmente quiénes somos. Mi idea es que, si yo te ayudo a ti, tú me ayudarás a mí. Así tendremos a alguien que sea nuestro cómplice y que nos sirva de testigo para que las fuerzas no flaqueen y no nos rindamos a la convención o la mediocridad de lo normal. No nos conocemos tanto para que los celos sean un impedimento, ni somos tan idiotas.

Pedro se sintió trastornado al oír eso. Le había empezado a molestar el rollo excesivamente descerebrado de Laetitia. Se estaba cansando, por mucho que le gustase. Eso de “necesito follarme a alguien” le había ofendido. Pero al oír lo que le proponía ahora todo cambiaba. Cambiaba porque ella proponía algo que él deseaba profundamente. Ella había leído su mente. O puede que tuviese razón en su chaladura de chica cinematográfica (obsesa con todas esas pelis) y se hubiesen conocido por ese motivo. Fuese como fuese, Laetitia le fascinó al decir eso. Las insinuaciones que hizo después de haber trabajado en la noche como bailarina y prostituta ocasional le gustaron aún más. ¿Por qué? Porque no terminaba de creérselo, pero le encantaba ese personaje que ella quería creer. Y él quería creer en esa Laetitia misteriosa, nocturna, ninfómana que no existía, que era solo un sueño, que era una versión distorsionada de la que parecía la chica más dulce, lista, sensible y encantadora que hubiese conocido jamás. Y quería creer en ella y en todo lo que ella decía, porque se había enamorado locamente de Laetitia y de su impudicia. Le molestaba un poco. Su vida era absolutamente cómoda en la soledad, pero ella le había terminado de conquistar con esa idea tan poética del pacto.

-Trato hecho, Laetitia. Haremos como dices.

Ella cogió el cuchillo para la carne de entre los cubiertos de una mesa preparada para comidas de al lado y se rajó la palma de la mano. La sangre brotó roja y cayeron gotas sobre la mesa. Luego tomó la mano de Pierre, que se la dio sin vacilar un momento tras las gafas de sol Ray-ban, y le rajó a él.

-Es un juramento a muerte.

-A muerte.

Estrecharon las manos juntando sangre con sangre.

-Podrías coger el sida ahora. ¿No te da miedo?

-¿De ti?

Pierre besó la sangre mezclada sobre su mano y luego besó los labios de Laetitia. Metió su lengua en la boca de ella como si la penetrase y luego se apartó y la sonrió.

Laetitia se abrió la gabardina ligeramente y le enseñó el coñito rubio levantando las piernas un poco sobre la silla. Pierre dejó un fajo de billetes sobre la mesa y se llevó a Laetitia de la mano a la calle. Caminaron unos metros y llegaron a una zona en obras. Ahí se bajó la bragueta, se sacó la polla y, abrazando a Laetitia, besándola contra una pared de hormigón gris, la penetró.

Novela completa en: https://www.amazon.es/LOS-INMORALES-Daniel-Rabal-Davidov/dp/B0FCDPBGPB

Daniel Rabal Davidov (Madrid, 1998) es narrador, poeta, músico y artista visual. Inicia su carrera como músico a los dieciséis años como compositor, cantante y guitarrista de Wild Rain y más adelante como solista. En la misma época comienza a dar recitales de sus textos poéticos en Madrid y en el año 2016, a los diecisiete años, publica su primera novela: Las Brillantes Luces de la Ciudad, con Amargord Ediciones. En 2017 publica el libro de poesía Cánticos Revolucionarios. En el 2018 funda en base a su manifiesto artístico: PASIÓN. El arte en revolución la organización “La Disidencia Cultural” con la que se realizan revistas, exposiciones de arte, recitales, conciertos. En 2018 publica su novela Cuervos. En 2021 publica la novela El Novio de la Muerte con un prólogo de Luis Antonio de Villena. En 2023 es seleccionado como residente del curso 2023-2024 en la Fundación Antonio Gala Para Jóvenes Creadorespara escribir una novela. En 2025 publica la novela corta: Los Inmorales, en el marco de un proyecto literario- cinematográfico del que la novela es la primera parte.