La muchacha triste que mutilaba poemas

Javier Mosquera Saravia

Ilustración: Retrato de María Fernanda Galeana Berber

Please close your eyes and concentrate
With every thought you think
Upon the reciation we’re about to sing
Klaatu

Entra en casa sin hacer ruido, a pesar de que nadie la espera. Su caminar etéreo es una costumbre heredada desde el tiempo en el que le tocó cuidar de su madre alcohólica, tarea que terminó en el funeral de la señora. Ese día no hubo nadie acompañándola, ningún pariente, ningún amigo, ni siquiera alguno de esos perros callejeros que deambulan extraviados entre los mausoleos.

Aquella tarde, en el mismo cementerio también recogió su primer retazo de tela; era un viejo estampado de flores amarillas y lilas, al que acarició como si su hallazgo fuera el tesoro más misterioso y preciado en la historia de la humanidad. En cuanto llegó a su casa, lo planchó y lo recortó, hasta obtener un trapezoide bastante coqueto. Lo pegó en un cartón y en ese instante descubrió que si lograba dar con todos los retales perdidos en el mundo, esos que se acomodaran con justicia en la imagen recién revelada en su mente, descubriría el porqué ella era la responsable última de la suerte del planeta.

Los retazos se fueron acumulando, así como los collages que fabricaba al pegarlos sobre cartones y que luego, al enmarcarlos, convertía en cuadros poliformes y multicolores.

Han sido largos los años de forrar las paredes del último cuarto con estas “pinturas”. Desganada, se apresta a pegar el trozo final del collage destinado al último espacio vacío. No hay más lugar, y si esta vez tampoco consigue vislumbrar el futuro… ¿para qué se engaña?, nada va a ser diferente, lo más seguro es que aquel presentimiento de mandalas adivinos fue incorrecto. Coleccionar pedazos de tejidos y convertirlos en mapas del destino, o en cuadros proféticos, no la va a llevar a ningún lado.

“Pronto se vio que la luna era una calavera de caballo”… el verso de García Lorca golpea la mente de Elizaveta de manera inclemente y la obliga a correr a la sala en busca del libro con el poema. Sin ningún miramiento recorta las palabras y regresa junto al cuadro y abre un espacio en el collage, justo del tamaño del recorte mutilado al poema.

Pasa semanas reconstruyendo los lienzos, cambiando algunos retales por versos. “Dibujaba ventanas como dibujaba pájaros” por aquí, “Los amorosos juegan a coger el agua, a tatuar el humo, a no irse”, por allá.“¿Quién serás esta noche en el oscuro sueño, del otro lado de su muro?”, en este rincón; y en aquella esquina “Una mujer morena, resuelta en luna, se derrama hilo a hilo sobre la cuna”. Pero ni por la certeza de que “moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo” consigue Elizaveta aclarar “As imaxes de múltiples formas, d’estranas feituras, de cores incertos” que “Agora asombran, agora acraran, o fondo sin fondo d’o meu pensamento”. Al final, “La jaula se ha vuelto pájaro y se ha volado”.

Entra en pánico “Aflição de ser eu e não ser outra. Aflição de não ser, amor, aquela”, ¿y si todo fue un engaño, apenas una absurda manera de esconder el dolor? “Que chega a fingir que é dor A dor que deveras sente”.

“Vos lo dijiste, nuestro amor fue desde siempre un niño muerto”, es el último verso que pega, antes de llenarse de furia y destrozar sus obras. Todo este trabajo resultó inútil, lo reconoce y lo resiente, sobre todo porque resultó una pérdida de tiempo, un camino equivocado. Elizaveta insiste en su convencimiento de que la clave está escondida en alguna parte del mundo y necesita encontrarla.

En un arranque de desesperación, toma su vieja Polaroid y las cajas de película que aún posee y sale en busca de las imágenes que contengan por fin la combinación exacta: un gato atropellado, un camino desconocido o un refrigerador inservible, abandonado en la rivera del río de aguas negras; puede ser. Una mujer manoseada en el autobús, un obeso devorando dos hamburguesas o un borracho tuerto vomitando en el soportal abandonado de un almacén en quiebra; tal vez. Dos perros en pleno coito a media calle, un cargador de verduras del mercado o un niño payasito haciendo juegos malabares con bolas amarillas, mientras el semáforo detiene a los automóviles tristes.

De vuelta en casa, Elizaveta recorta las fotografías y trata de acomodarlas a fin de dar vida a una deidad multiforme, una a quien por fin pueda preguntarle qué va a pasar con el mundo. Luego de nueve intentos fallidos, acepta que ese tampoco es el camino.

Grita desesperada.

Va al baño, y al descubrir la expresión de terror que le devuelve el espejo, lo arranca de la pared y lo hace trizas contra el suelo. No da crédito a lo que ve. Recoge con cuidado los pedazos de vidrio en los que de alguna forma quedaron congelados los fragmentos de su imagen y los coloca sobre la mesa, en un intento por reconfigurar su cara, pues empieza a atisbar en el rompecabezas de sí misma la solución al dilema, pero le faltan piezas y sabe que no son de su rostro. Atónita, mira fijamente su pie derecho. De manera precipitada, decide separarlo de su cuerpo y acomodarlo en este nuevo mapa del destino.

Se dirige al sótano a buscar la sierra eléctrica, la que compró el día en el que intentó sin éxito construir una librera. De regreso al baño, pasa por la cocina y la lavandería y se arma con un balde y un par de sábanas: Elizaveta espera detener la hemorragia el tiempo suficiente para terminar el mapa del futuro.

Se las ingenia para trabar el mecanismo de seguridad del aparato y logra que los dientes giren sin detenerse. A punto de que el metal rebane la piel de su pierna, aparta la mirada, levanta la vista y a través de la ventana del baño ve pasar, fulminante, la bola de fuego camino del océano. Desconcertada, apaga la sierra, la deja en el suelo y se dirige a la puerta de la casa.

Al pasar por la sala, siente la necesidad de poner en la tornamesa su viejo disco de Klaatu y escuchar Calling Occupants Of Interplanetary Craft. Cerca del final de la canción, emprende de nuevo el camino al exterior de la casa. Se detiene un instante bajo el marco de la puerta abierta (aaaa, aaaa, aaaa), sale al jardín, levanta la vista y observa el halo enceguecedor que empieza a cubrir todo el cielo.

We are your friends…

Javier Mosquera Saravia (Guatemala, 1961) Narrador. Vivió en Ciudad de México de 1981 a 1991; al volver a su país natal se graduó en la Licenciatura de Letras en la Universidad del Valle de Guatemala. Es catedrático de Literatura en Educación Media Superior y autor de cinco libros de cuentos —el más reciente bajo el título Una manzana peligrosa en el último día perfecto (F&G Editores, 2015)—; y dos novelas: Espirales y Figuraciones (2009 y 2012, respectivamente, bajo el mismo sello editorial). Fue nominado en 2011 como uno de los 25 secretos mejor guardados de América Latina por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.