Exŏdus, de Elí Urbina Montenegro, y la reinvención del monomito en la poesía contemporánea.
Ana Corvera

Gracias a Carl Jung, a Joseph Campbell, a Christopher Vogler, sabemos que todas las aventuras, reales o imaginarias, pueden reducirse al monomito, es decir, al trayecto que comienza un individuo desde un espacio conocido hacia una serie de umbrales que le permitan lo mismo crecer individualmente que llevar ese conocimiento a la comunidad. Poemas épicos como la Ilíada, la Odisea, la Eneida o los Cantares de Heike, Roldán o del mío Cíd, narran historias donde los héroes regresan a casa victoriosos, luego de enfrentar duras batallas por el bien de los demás.
El libro Exŏdus[1], del poeta peruano Elí Urbina Montenegro, está escrito en forma de poema épico pero nos enfrenta a diversas reformulaciones: la primera es que el héroe, quien se ve obligado a salir del puerto hoy día conocido como Chimbote[2] (Perú) debido a la destrucción del lugar, no tiene logros tangibles; no se transforma ni consigue el Grial que cambiaría la situación de quienes comparten su entorno, simplemente porque ya no hay un colectivo al que pueda devolverle nada. El lugar es estéril: lo adornan bultos de fierro, plástico, algas yertas, redes podridas, cadáveres de hombres y de animales.
La segunda reformulación del texto respecto a la épica tradicional es su visión poco ortodoxa de lo divino, pues los dioses no son inspiración ni ayuda. Se les evoca como seres desentendidos, negligentes, y, entonces, quienes en verdad empujan la travesía son los espíritus de los ancestros, humo de aquella carne que, aunque proveyó de ternura, también formó parte de la destrucción de todos los símbolos y recursos que conformaban el paraíso, dejando a sus descendientes en la orfandad.
Así, este poemario no da fe de las hazañas de ningún ser con fuerzas extraordinarias, sino que entona y narra las angustias de un hombre común que lo busca todo, incluso sus propias virtudes.
La travesía de un héroe polifónico
Llama la atención que el autor haya elegido usar el término de «éxodo» en su acepción latina, con claras connotaciones bíblicas (recordemos la salida de Egipto por parte del pueblo hebreo) para hablar de la salida de un colectivo preincaico, es decir, pre-evangelizado, de lo que hoy día es uno de los lugares más contaminados de Sudamérica por la sobreexplotación de recursos, como nos señala el propio Urbina al final del libro.
Si hubiese que identificar una constante en estos versos, sería la palabra «dioses». Como ya se dijo, el tono no es esperanzador; contagia decepción, reclamo. La voz lírica asume que ellos existen pero no hacen nada por remediar el vacío existencial de los seres terrenales, así que deben ir, el héroe y su tribu —o el héroe y las voces internas que le acompañan— a buscar una alternativa para los más inocentes, es decir los jóvenes y los animales que mueren de hambre física y espiritual.
¡Ah, fue como sufrir muy lentamente/ el odio de los dioses!/ Algunos animales/ sucumbieron de golpe —estatuas derrotadas—/ Otros cayeron/ entre hórridas convulsiones/ con sal incrustada en los ojos ante la muerte.[…] “Nosotros, los más jóvenes,/ estamos condenados”. […] —espirales en el tiempo—/ en busca de un escalofrío,/ y al fin nos doblegamos al recordar con pena/ los ya desamparados/ nombres de la ternura.[3]
La teoría del monomito explica que el protagonista encuentra en su camino ayudantes y enemigos para consolidar la maduración; un aprendizaje sólido, digno de convertirse en legado. En el trayecto encontrará adversidades que podrá sortear gracias a colaboradores con mayor entendimiento o capacidades, muchas veces mágicos o sobrenaturales. En este caso los dioses están ausentes, no hay manera de sentir su amparo[4], por lo que la única forma de asirse a un objetivo es, paradójicamente, la subjetividad: la memoria, el miedo y el asombro que devela el camino por sí mismo.
Chinpæpteh en nido yerto se había/ convertido y nosotros/ habíamos vuelto/ y enarbolado la nostalgia como bandera/ de esperanza en vano./ Abandonados/ nos consagramos como burla de los dioses./ Ahora soy el único/ que carga sin descanso/ el peso mondo de las horas, rodeado/ de huesos y trapos/ que el soplo duro/ de la brisa cultiva sobre la orilla parda.[5]
Pese a renegar de posibles entidades celestes, hay en este andar a través del agua envenenada un tono ritualizado, un silencio similar al de una página en blanco que debe ser resignificada a partir del encuentro con la naturaleza. Estar rodeados por agua, niebla, sal, inclemencias y aves de rapiña, obliga a volverse a cierta inocencia del mundo, aunque la decepción acabe por diseminarse en el alma y en el cuerpo. No nada más se busca un lugar tangible para vivir, sino uno simbólico para encontrar el sentido vital por encima de las ruinas.
El estado de duermevela que permea los versos de Urbina, le permite al lector situar los hechos en diversas etapas de la historia. La voz del héroe bien puede pertenecer a la de uno de los hombres que recién presenció la caída del puerto o a la de otro del siglo XXI que decide hacer el mismo recorrido y, gracias al sopor del agua de mar y a lo incierto del espacio, es capaz de conectarse con lo que sus antecesores vieron.
En un relato épico común, el personaje nos presentaría un lugar ordinario o conocido, sabríamos que sería llamado a salir pero habría cierta reticencia por la comodidad que le representa. No obstante, en Exŏdus lo ordinario es ya la destrucción, negarse a salir sería aceptar una muerte inmediata. Y aunque esta se siente irremediable, y pese a que no hay ayuda divina, durante la travesía aparecen ayudantes que no son cálidos ni concretos. Los espíritus de los ancestros son volátiles, siniestros: imágenes espectrales que incitan a los vivos a seguir adelante; los engañan haciéndoles creer que encontraron comida, abrigo, signos… pero, pronto, los despojan, y el mundo duele más, porque deben subir a las montañas, acercarse al cielo como hacen “los que ya están malditos”.[6]
Conforme avanza el texto, el colectivo que salió del puerto parece desmoronarse, cohesionarse en una sola voz. ¿O es que en realidad el héroe siempre estuvo solo y la idea de avanzar en masa le dio la fortaleza necesaria para no abandonar su propósito? Difícil asegurarlo porque Urbina Montenegro sabe jugar con el idioma de una psique que cae en las trampas de su propio laberinto. Pero sí, en algún punto sabemos que el camino es de uno, y que ese alguien asume los riesgos de la soledad, el dolor de la carencia y la vergüenza de la rendición. Sale del vientre de la ballena casi como entró: débil, herido, silenciado, pero ahora con la certeza de que no hay manera de cambiar siglos de muerte sembrada en la tierra.
¿Qué ansían ya de mí,/ oh dioses inútiles?/ Soy un asediado, un paria en medio de la nada./ El ayer y los sueños/ me ocultan los recuerdos./ Moscas y cerdos invisibles se burlan de mis iras.[7] […] ¡Cuántas veces en vano/ suplicaste a los dioses!/ ¡Cuántas veces después de los placeres crapulosos/ con el hacha terrible/ de la culpa partiéndote/ en dos el pecho deseaste hallar alivio/ en los paisajes/ intactos de los sueños!/ ¡Cuántas veces deseaste adentrarte en la grieta.[8]
El protagonista de Exŏdus vuelve a su terruño y se deja envejecer día tras día, cierto de no haber encontrado lo que buscaba. No hay remedio para salvar lo que se pudre afuera, en el entorno, tampoco en sus adentros, acaso queda la propia redención. En términos de la épica y también del monomito tradicionales, la voz lírica fracasa porque no encontró el Grial que le permitiera darle nueva vida al puerto, hacer que renazca el paraíso; pero triunfa en un sentido contemporáneo, pues es capaz de enfrentarse a sus sombras y despojarse de los recuerdos, de sus herencias emocionales e intelectuales para darle un nuevo sentido, más sereno, al mero hecho de respirar.
Oh tú, alma mía,/que huyes de la muerte/y de tus culpas, vagando como un astro aturdido,/mira tus manos:/sobre ellas yacen/los surcos secos de la tierra y se multiplican.[9]
Un solo hombre no puede cambiar lo que la avaricia de tantos otros le ha hecho a la historia de ningún lugar. No es posible reunir a todos los peces muertos en aguas renegridas para disculparse. Si tan sólo bastara la respiración de boca a boca, aunque hubiera que hacerla por millones; si tan sólo fuera posible devolverle el combustible al orden que nos rige debajo de las raíces de los árboles… Pero no. Hay tanto que supera a un hombre exiliado, siempre que no lo haga de sí mismo. En Exŏdus hubo alguien que predijo la muerte de las flores pero también la desaparición del miedo.
Se secarán los cántaros/ que atesoran la lluvia./ Estallarán en lágrimas las plumas de las aves./ No quedarán las islas/ ni los borrosos límites./ Los peces morirán en todas las orillas, […] El tiempo será solo/un doloroso indicio,/ pero no habrá dolor ni menos quien presienta./ Como un iris vacío/ se mirará el vacío/ en el vidrio impalpable de los días impalpables.[10]
A través de sus páginas, en esta nueva entrega de Elí Urbina Montenegro se nos presenta a un héroe cercano. Como nosotros, no puede hacer mucho de frente a la vorágine de ideas y voluntades que conforman el colectivo social. Se descubre vulnerable, rodeado de voces tristes y memorias alegres, invitado por la indiferencia de los dioses a aventurarse en la misión más dolorosa de todas: ir al cuarto oscuro de sus monstruos, lidiar batallas/incertidumbres con ellos, y luego abrazarlos para volver, todos juntos, con sus cantos, con sus cuentos, a ver pasar la vida en el lugar que por una u otra razón nos seduce lo suficiente como para querer dejarle nuestros huesos.
[1] Urbina, Elí. Exŏdus, Santa Rabia Poetry. Lima, Perú, p. 25.
[2]Antes conocido como Chinpæpteh.
[3] Exŏdus, pp. 17 y 19.
[4] Ídem, p. 35
[5] Ídem, pp. 49 y 61.
[6] Ídem, p. 39.
[7] Ídem, p. 73.
[8] Ídem, pp. 79 y 81.
[9] Ídem, pp. 63-65.
[10] Ídem, pp. 51 y 53.
Pequeña selección poética de Elí Urbina Montenegro
COMO RAMAS DESNUDAS
Como ramas desnudas
en el pantano estábamos,
hombres deseosos y soberbios, vástagos
de todos los rincones
y todas las estirpes
contemplando las ruinas dispersas y gruñendo: «¡Aquí
ya no tenemos nada!»
«¡Solo nos queda el tedio!»
«¡Se han gastado los dones y símbolos de ayer!»
Cuando hartos ya de todo
nos pusimos en marcha,
seguimos el camino a lado del río negro
y abandonamos
poco a poco Chinpæpteh:
«¡Adiós, cuna de la nostalgia y los bastardos!».
Escasas provisiones
y bestias debiluchas
cargábamos a cuestas, y las aguas ciegas nos guiaron
tan lejos como pudieron
y desaparecieron
después como nosotros entre nieblas tullidas.
Así, con dedos alargados
–sonámbulas esquirlas–
voces airadas y pasos rotundos andamos
a tientas pisando huesos
sobre las arenas, huesos,
en busca de refugio hasta que el sol se puso.
El frío de la noche
mordía ya nuestras manos
cuando palpamos lanchas muertas en cuyos vientres
semienterrados nos metimos,
tiritando con rabia.
¡Ah, fue como sufrir muy lentamente
el odio de los dioses!
Algunos animales
sucumbieron de golpe –estatuas derrotadas–.
Otros cayeron
entre hórridas convulsiones
con sal incrustada en los ojos ante la muerte.
«Somos hombres perdidos»
susurró alguien
y en seguida otro, con palabras trémulas:
«Nosotros, los más jóvenes,
estamos condenados».
Solos entre las sombras y el caliginoso vértigo
consumimos entonces
el cáliz del silencio
absorbiendo sus dones con la mirada grave
y explorando los círculos
de los maderos óseos
contemplamos girar con ellos las palabras
–espirales del tiempo–
en busca de un escalofrío,
y al fin nos doblegamos al recordar con pena
los ya desamparados
nombres de la ternura,
apodos que perdieron sus rostros para siempre,
y ansiamos el calor
de los antiguos lechos,
sí, como aquel que empuña a solas una estrella
y llora mientras arde
tan silenciosamente,
y sentimos de nuevo las culpas del pasado
aun cuando sosegamos
nuestro apetito absorto
con carnes renegridas y licores amargos.
NO QUEDARÁN LAS FLORES
No quedarán las flores.
No quedarán los bosques.
Sombras, ruinas serán las manos que palparon
la tierra y el escondido
verdor de las semillas.
Los muros y las puertas se convertirán en polvo,
y los rostros detrás
mugirán como vacas.
Los zapatos quebrados ya no hallarán sus pies.
Los aros tambaleantes
ya no hallarán sus dedos.
No quedarán los cerros ni las arenas anchas,
reventarán las dunas,
se hundirán los suelos.
Los caballos caerán huyendo uno tras otro.
Los alacranes negros
se hincarán a sí mismos
–agujas incrustadas en los lomos del aire–.
No quedarán las ciénagas
ni los juncos dementes.
Entre el vaho y las piedras desaparecerán
los cráneos ruginosos
y voz de los ahogados.
No quedarán los ríos y su ir hacia la muerte.
Se secarán los cántaros
que atesoran la lluvia.
Estallarán en lágrimas las plumas de las aves.
No quedarán las islas
ni los borrosos límites.
Los peces morirán en todas las orillas,
crepitarán las sirtes,
sucumbirán los barcos.
Los vientos arderán, y cesarán las olas
–inmolado rebaño
de náufragos espejos–.
Las nubes serán sombras, y sombras las estrellas.
La noche caerá y en lo alto
brillará desprendiéndose
el consumido sol de las profundidades.
La luna alcanzará
el final de sus fuerzas.
Las deidades caerán del cielo y las luciérnagas
de las hojas quemadas
como cigarros truncos.
No quedarán los ojos ni el caminar a tientas.
El tiempo será solo
un doloroso indicio,
pero no habrá dolor ni menos quien presienta.
Como un iris vacío
se mirará el vacío
en el vidrio impalpable de los días impalpables.
Los nombres no tendrán
sentido, las palabras
serán un desollado balbuceo de ceniza,
labios que caen como huecas
sierpes, como vestigios
de un altar devastado por la humedad y el tedio.
No quedará mi mano
aferrada a tu mano
ni tu cálida voz trenzada con mi voz.
Aquello que yo dije
ayer se perderá,
como tus bellas ropas y tus moradas recias.
No quedarán los míos
ni tampoco los tuyos:
bajo el peso del fin, un vano forcejeo
será nuestro esmerado
afán de permanencia.
Es todo lo que sé, ve y esparce mis palabras.

Ana Corvera (Zacatecas, 1984). Ensayista, editora y divulgadora de la ciencia. Maestra en Estudios de Literatura Mexicana por la Universidad de Guadalajara y Licenciada en Letras por la Universidad Autónoma de Zacatecas. Autora de Nocturno corazón de los insectos (Ediciones de Medianoche, 2011) y No volverse agua (El Ángel Editor, 2022). Sus textos de creación y teoría literaria aparecen en revistas de diversos países como Nueva York Poetry Press, Santa Rabia Poetry, Letralia, Liberoamérica y La Raíz Invertida, entre otras. También participa en los libros Pensamiento Novohispano (UNAM), Dolores Castro, palabra y tiempo (BUAP), Palabras vivas: ensayos de crítica literaria en torno a María Luisa Puga (IZC) y Ficcionario de Teoría Literaria (Texere). Fue docente de la Academia de Escritores en Venezuela y se ha presentado en festivales internacionales de poesía en México, Colombia y Ecuador.