Antidio Cabal: poeta, nudo y desenlace

POSFACIO A “EPITAFIOS” DE ANTIDIO CABAL
(Kriller71 Ediciones, Barcelona, 2014)

por Antonio Jiménez Paz

La consecución de una obra maestra no fue uno de los sueños que persiguiera Antidio Cabal, como tampoco su mayor preocupación el planteamiento de cuál el número adecuado de libros a escribir por un poeta. Fue un hombre que creyó en lo que hacía, que al dictado de “tecleo algo que oigo” abrió y cerró libros, los compuso, todos en torno a una idea central y cada uno complementando al otro en direcciones y proposiciones múltiples, abordando lo mismo de mil formas, cincelando una idea madre con el objetivo, más que de finiquitarla, de explayarla en su infinitud y devolverla al mundo en formato poético, para él la manera más cercana a conseguir plasmar con máxima fidelidad lo escuchado. Si algún planteamiento le obsesionó no fue otro que cumplir con una tarea para la que creyó haber nacido y, consciente de ello, prepararse a la medida de lo que este encargo conllevaba: “Yo creo que un poeta nace, pero que si no se hace es inútil nacer poeta”. Su preparación filosófica, su interés agudizado por la literatura clásica y el pensamiento crítico van ligados a esta encomienda, como si retrotraerse al origen del mundo fuera una misión insoslayable que le ayudara a entender mejor su papel en él. Por desconfianza con lo dado fue escarbando desde muy joven en todas las teorías, buceando en todas las poéticas, de tal manera que conociendo de primera mano lo desconocido iba quedándose con lo que mejor consideraba, con la mejor parte de cada totalidad. Si a esto le adosamos una personalidad poseída por un espíritu rebelde e inconformista obtenemos un perfil de poeta libre, liberado de ataduras y moldes consabidos, de estructuras prefijadas y cánones regulados, tallado a su propia imagen y semejanza. El hombre y el poeta concordaron en el mismo cuerpo, durmieron en la misma cama, escribieron sobre la misma mesa, trastabillaron por las mismas calles, cruzaron el mismo océano.

No podemos acercarnos a la obra de Antidio Cabal sin asumir que nos encontramos ante un poeta inusual, tanto en la manera de entender el oficio como la vida, dos compromisos que, al mismo tiempo que se nos presentan paralelos, están íntimamente entrecruzados. Un caso atípico, personalísimo, capaz de incomodar a la crítica. Cabal y su obra constituyen un tándem problemático. Alistados en la disidencia total, no quisieron nunca responder a clasificaciones facilistas. No hablo de un problema poético, en cuanto sabemos que la poesía no tiene problemas consigo misma. Me refiero a una incomodidad tangencial ligada al hecho poético: de alguna manera el poeta eligió presentarse como problema respecto a sus afueras, los y lo demás. Más que de un embrollo, se trata de toda una declaración de principios: la querencia de entenderse como un árbol plantado, pese a su frondosidad, en ninguna parte; caballo y montura de un llanero solitario.

A la hora de afrontar la obra de un poeta, que no puede ser de otra manera que a través de sus libros, suele echarse mano de las circunstancias que rodean la publicación de cada uno de ellos, siguiendo las pistas evidentes y probatorias de su progresiva evolución. Pero Antidio sólo publicó en su momento cierta obra de talante político-social, aquella que él mismo denominaría con el paso del tiempo como “poesía de uso”; es decir, una poesía insidiosa con la actualidad conflictiva allí donde se estableciera, quebrantadora de la realidad y crítica con los desmanes políticos que arrasaban los principios básicos de una convivencia justa. Como método y procedimiento de cambio del estado decadente de las cosas, de las antinaturales relaciones entre los jefes sociales y la ciudadanía, siempre creyó en el poder de las revoluciones. Siguiendo su rastro, luego lo vemos inmerso en una labor incansable y generosa de hombre dedicado a la difusión de los demás, los otros, fuese en Venezuela o en Costa Rica. La atipicidad de su talante como poeta se revela de manera total cuando a partir de 1997 decide empezar a publicar su obra más personal. Justo ese año entrega a imprenta un volumen que recoge sus cuatro primeros libros de juventud bajo el título un tanto enigmático de Poesía y error, cuyas fechas originales de escritura van de 1946 a 1955. A partir de entonces los demás, como un goteo incesante, siempre con ese retraso, distanciadas sus publicaciones de su momento de escritura, casi como una ceremonia interminable. De hecho, falleció sin conseguir culminar su proyecto. ¿Qué hacer con la obra, cómo tomárnoslo, de un poeta que la publica alejada de su momento creativo? ¿Cómo arreglárnoslas para relacionar en este caso los datos y hacer frente a esta avalancha inesperada? Cuando a Cabal se le preguntó a qué se debía la publicación tardía de sus libros nunca dudó la respuesta, parecía que la tenía desde siempre en la punta de su lengua esperando a que alguien quisiera saberlo: entendía “publicar” como “dejarse fotografiar”, “estar en pose”. Con haber escrito —que no publicado— el poeta confesaba que en caso de haber muerto se sentía “cumplido” con un cometido que creía esencial en su vida: escribir, no publicar. En este sentido, Antidio Cabal parece pertenecer a un tipo de poeta de lo extremo, en unos límites vitales que condicionan y, de alguna manera, desclasifican su obra: queda fuera de todas las recopilaciones, de las enumeraciones elaboradas en su país de origen, España, como en sus países de acogida, Venezuela y Costa Rica. Antidio mira de frente a la poesía y la ofrece de lado. Extranjero de sí mismo, autotransformada su sensibilidad por los continuos desplazamientos, cultiva en su intimidad, a espaldas de todos, una obra poética de acuerdo con la más profunda de sus convicciones: la única revolución posible, la permanente y más radical, es la de la transformación del ser humano por la palabra. He aquí un poeta de culto.

Epitafios fue escrito en 2004. Justo diez años más tarde el lector tuvo acceso a uno de los manuscritos más curiosos de su producción. En él se contienen las características propias de su poética, eso sí, centrándose esta vez en un tema obsesivo: la muerte. Si nos atenemos a su limen, a la introducción que Cabal dejó preparada, caemos en la cuenta de una particularidad llamativa. Da la sensación de que en este cementerio ya nada es igual a lo que era: ni para los que descansan bajo las lápidas ni para los que se pasean entre ellas. Cada quien arrastra o arrastró su historia particular, proyectando sobre su propia sombra su último deseo, la última definición de sí mismo. Incluido el lector. Quien entra no sale igual, quien lleva rosas sale sin ellas. Antidio Cabal se suma con ese libro a una tan abundante como clásica tradición epigramática. Pero no copiando o simulando, sino añadiendo una modernidad inusitada, compositiva y estructuralmente, a lo que parecía no admitir otros modos de tratamiento.

Una vez más, Cabal nos invita a contemplar el conjunto de su obra como un lugar, ese lugar en el que la experiencia poética y la vida experiencial del ser humano se reencuentran y se alían, un punto literariamente geográfico al que todos los ríos de la sabiduría filosófica vienen a dar. Como en Spinoza, la ética que subyace la entiende como un enfrentamiento con el infinito; como en Nietzsche, procede a destruir la moral y el conocimiento troceándolos en aforismos; como en Negri, se manifiesta alentador de la potencia subversiva, mostrándose radical en sus planteamientos; como en García Bacca, toma por norma poner a prueba, que no probar, todo aquello que solemos dar por asentado con excesiva facilidad. Todas estas asunciones y muchas más no pretenden otra cosa que incomodar al lector, golpeándolo en sus convicciones más profundas, en cuanto se trata de una propuesta que invita a contemplar la historia —en particular a la historia del conocimiento— de forma tal que no se escapen de la revisión las rupturas, huecos y fallos que esta deja conforme su discurrir. Como cualquier laboratorio alterno, como cualquier taller de la experiencia y como cualquier composición química de existencias, se revela en su ínclita carne nomádica. Cierto. Hay muchas presencias del autor y su pensamiento, al modo de huellas, en su extensa obra. Pero sobre todo un quizás siempre presente, quizás que parece pertenecer a un vocabulario extraño a ese lenguaje pretendido de la certeza y la verdad. Precisamente es lo que permite los puntos de fuga a su obra, un indecible quizás que nos ubica en ese lugar inestable que sólo la filosofía del riesgo sabe concitar: “Poesía, trabaja contra las traiciones de la esencia” (afirmación de Campo nublo). Y es que amén de un etcétera filosófico, aparte de los mencionados con anterioridad, todos convergen en el desplazamiento más amado de nuestro poeta, hacia el saber primero de nuestra cultura, el del periodo presocrático, “lo más griego de Grecia”, como apuntara Alberto Sabinio. El pensamiento es para Cabal un ir y venir constantes en un viaje sin fin, como su propia vida, en el que el hilo de Ariadna no se mantiene recto en dirección al arjé, como en la metafísica, sino que se arriesga por desvíos, caminos laterales y marginales. Su apuesta es la del riesgo del pensar, riesgo que conlleva el continuo desasirse y deshacerse de toda idea que aliente demasiado la seguridad. Esta inclinación de nuestro poeta por la apuesta del pensamiento presocrático y sus consecuencias coincide con la visión renovadora del pensamiento aportada por Heidegger y Zambrano, donde el logos poético y el logos filosófico van de la mano. ¿Y dónde está Dios y su problema? Dios, si acaso, como fondo y problema del universo: quien diviniza y se diviniza es el ser humano. Lo importante para Antidio es colocarse fuera de sitio. Lo mismo que su poesía: en un lugar desapacible no inscrito en los mapas.

¿Podría ser, entonces, Antidio Cabal un poeta sin patria? De todos los libros que llegó a publicar en vida hay uno, Campo nublo, que de alguna manera podríamos considerarlo central en su obra, como si los demás dependieran como gajos de éste, pareciendo cada cual una prolongación definida y apuntalada de lo contenido en aquel, como prolongaciones inequívocas dedicadas a ampliar lo que allí aparece comprimido: “Debería darme vergüenza hablar tanto de mí pero es como si me diera vergüenza hablar de mi epidemia onírica o de mi epidemia racional. Me sucede el mundo. Lo que hago es convocar contra él, a veces llorar. Si uno tuviera acceso a lo que necesita, y llegara ahí, bueno, yo callaría. Pero mirad, no se llega. No queda más remedio que asomarse a la ventana y disparar. Si miráis dentro de mí, o si bajáis al pozo de al lado, encontraréis que no hablo acerca de mí, sino contra la falsa ocasión. ¿Puedo usar la carne libremente? ¿Puedo obtener de mi espíritu un servicio mejor? ¿Puedo prescindir de lo no importante sin ser azotado? ¿Por qué impiden la libre circulación de la esencia? Yo no hablo de mí, yo hablo de bajos servicios” (de Campo nublo). Antidio Cabal introduce en sus propios textos un desorden conceptual que afecta al contenido, exposición e intención de su decir. Quiere claramente ser él, y desde su púlpito poético mostrar sus desacuerdos, sobre todo en lo que tiene que ver con la filosofía: cómo interpretar el mundo, destruirlo y volverlo a construir. En este sentido, su metodología nos recuerda a la de Derrida: “No son juegos de palabras. Los juegos de palabras no me han interesado nunca. Más bien son fuegos de palabras: consumir los signos hasta las cenizas, pero sobre todo, y con mayor violencia, a través de un brío dislocado, dislocar la unidad verbal, la integridad de la voz, quebrar o romper la superficie «tranquila» de las palabras”. Bastante de esto hay en Antidio Cabal, pero no tanto en cuanto a la sintaxis se refiere sino a las ideas, su verdadero campo de batalla. Incluso para su trashumancia vital acuña un término nuevo con el fin de matizarlo y, matizándolo, convertirlo en algo poco convencional con las definiciones al uso: lo que fácilmente podríamos ver como exilio o emigración, él lo califica de “huida”. Es como si cuestionara por qué el norte, de los cuatro puntos cardinales, es el elegido para ordenarlo todo, planteamientos y geolocalizaciones. ¿Hacia dónde se dirigen los que, huyendo, abandonan su cuna de nacimiento? Él mismo nos da una vez más una respuesta: “Casi todos los que viajamos llegamos al Mar Muerto” (de Campo nublo). Es decir, no hay patria que se alcance ni patria en la que uno crea estar inserto. O como escribió Goethe: “Nunca llegamos tan lejos como cuando ya no sabemos hacia dónde vamos”. El viaje consiste en un inestable periplo entre la errancia y el error, esos dos conceptos umbilicados en torno a los que gira y se asienta toda su obra poética. Si la patria de Antidio está hecha de algo, acaso sea de papel: “Parezco un archipiélago, / mi yo termina en todas partes” (de Barranco).

Algunos de sus textos aquí:

Epitafio de Rosa Maldonado, alias la doméstica

Epitafio de Indalecio Xunto, alias el total

Epitafio de Tomás Elías, alias el doctor

Antonio Jiménez Paz (Islas Canarias, 1961). Poeta y ensayista, licenciado en Filosofía y Especialista Universitario en Planificación y Gestión Cultural. De su obra, destacan los poemarios Los ciclos de la piel (Madrid, Ediciones La Palma, 1992), Diario de la distancia (Madrid, Huerga & Fierro Ediciones, 1996) y Casi todo es mío (S/C Tenerife, Artemisa Ediciones, 2005). También ha publicado en las antologías: Tren de vida [1992-2002] (S/C Tenerife, Baile del Sol, 2003), Zoo sin fauna (México, Cuadernos Amerhispanos, 2009). Asimismo, preparó Una Temporada en el Centro. Panorama actual de la poesía en Costa Rica, (Antología 1980-2013) (Madrid, Amargord Ediciones, 2013). Por su labor como divulgador cultural, ha recibido algunos premios y publicado en varias revistas.