Antonio Rivero Taravillo: tejedor de la tradición hispánica

¿Cuál es el hilo que nos une, que nos identifica, que nos ata a una misma tradición y a la forma de comprender el mundo? ¿Qué es aquello que permanece a través del tiempo, los cambios, y la pluralidad de culturas? Somos los herederos de la lengua española, en constante mutación y tan fecunda como ninguna otra. Reconocemos que, así como la morada del ser es el lenguaje, la esencia de la lengua radica en la poesía; actividad humana milenaria, más antigua que las relaciones políticas y económicas, y por ello, de nobleza intacta.

El idioma español se enriquece de todos sus hablantes en las distintas regiones del mundo, abriendo nuevas posibilidades de articular el lenguaje desde la creación. Todos estos ríos confluyen hacia el océano de la tradición, que se alimenta de sí misma y de otras literaturas, algunas más lejanas, pero siempre incorporadas por ese deseo de abarcarlo todo. Así, la traducción también se vuelve un acto imprescindible para la comprensión de aquello que somos ahora.

¿Y quiénes somos? «“Conócete a ti mismo”. ¿Pero a quién? / ¿A quién conoceré si no soy nadie…», nos dice Antonio Rivero Taravillo. Tal vez sea Yeats o Shakespeare, porque «se traduce para ser otro ser unos instantes».  Quizá sea un portentoso traductor que ha enriquecido el acervo de las letras hispánicas compartiéndonos los secretos de la poesía anglosajona. O acaso algo más, una especie de médium, como le hubiese gustado creer a Pessoa, un receptáculo de almas que se niegan a morir y que renacen en otro idioma. Entonces debe existir algo de recreación, porque el que interpreta también inventa. Sí, el Rivero Taravillo traductor es continuador de ese extenso hilo de la tradición, anudando cuentas ajenas desde sus aproximaciones. Pero también lo es desde sus propias meditaciones. Ya sea con la novela o, en este caso con la poesía, abona a ese tesoro infinito que es nuestra literatura.

En estos poemas inéditos, apreciamos trazos de sevillanía pura. Los versos son construcciones andaluzas bañadas de luz. Ahí, bajo el dorado de la tarde, donde el sol lo abarca todo, incluso a la misma noche, suelen aparecer los sonidos negros, suele surgir el duende. Es el espíritu de la tierra, de la Granada de Lorca, de la melancolía de las catedrales de Sevilla. No son ejercicios de la razón, sino expresiones de un profundo sentir, de una búsqueda del misterio que es encontrarse. «Intuyo lo que duerme entre las algas / y no mueve jamás la superficie / con el viento que rola en la tormenta». Algo sopla en estos poemas, un aire de aquello que nos reconoce y nos reconcilia con nuestro pasado y nuestro presente, con toda la textura de nuestra identidad.

Antonio Rivero Taravillo también es continuador de otro hilo, uno que llevamos anudando durante tres años. Antes que él, dejaron su huella célebres poetas como Luis Antonio de Villena, José María Álvarez, Manuel López Azorín o Karmelo C. Iribarren. Hoy, Rivero Taravillo encabeza este tercer aniversario de Campos de Plumas, y deja abierta la puerta para aquellos poetas de nuestra España (desde América también es nuestra España) que nos acompañarán en el futuro.  

Una espadaña (Poemas Inéditos)