Memoria sobre un incurable. En la muerte de David Huerta

Sergio Heriberto    

Arte: Shino-Art

Pero eso no estaba ahí,
yo no recuperaba mis adustas regiones,
era otro el que determinaba el túnel de estar ahí,
otro el que se detenía y observaba,
con una lentitud parecida al océano, la mutación
y la llama de lo que establecía su quebrada sustancia…”
David Huerta.

Por la tarde, luego de un partido de futbol, volví a la Facultad. Corría a los baños del primer nivel, cuando un par de hombres me obstaculizó el camino. Hablaban con fruición de Garcilaso y el Renacimiento, aunque yo apenas identificara esas palabras. Me quisieron dar el paso, pero estaba absorto, pues quien dirigía la plática era David Huerta, un poeta que había visto en el periódico hacía poco (Josu Landa organizó para él un homenaje en el recinto). Ya antes, había leído algunos poemas de Versión y los apuntes con que prologaba la poesía completa de su padre. De repente, se me presentaba frente a un aula, en esa humilde espera del docente, junto a sus alumnos, antes de su clase de las 6. Al regresar del baño, lo volví a encontrar, hablando a aquel hombre de lentes snobs y casi pelirrojo con el que charlaba. No pude ni quise contenerme; interrumpí su diálogo con la expresión más boba y, a la vez, más admirada que podía arriesgar: “Tú eres David Huerta”. Sin desprecio, respondió que sí, qué tal, amigo, y de inmediato, me excusé. Con todo, no hacía falta, porque me agregó al debate pronto. Dio la hora de clase y pude presentarme antes de entrar. El hombre con que hablaba el poeta hizo lo propio: “Soy Javier Raya”.

Fue esa la primera vez que entré al curso de Huerta sobre el Siglo de oro. Las lecciones eran esforzadas y nutridas por la participación de mentes combustibles: Emiliano Delgadillo, el propio Raya (que, por su presentación, dejaba intuir que era también un aspirante a poeta), Mar Ortiz y otros creadores incipientes entre los que descubrí diversas nacionalidades. No pasó mucho para que yo mismo formara parte de ellas: para Huerta, me volví Sergey, como Javier se tornaría Xavi, y hasta Emiliano, Émile. Siempre me llamaría así (obviando esa ocasión en que escuché sus poemas en la librería Era, de colonia Roma). El trato cálido, curado ya de pretensiones, amiguero, distinguía su arista. Fuera con los estudiantes de ese curso o los foráneos, como yo (primer semestre de Filosofía), David hilaba, desenvuelto, con extraña familiaridad, conocedor de que las amistades literarias no tienen principio definido: todos ya nos conocemos. De esa forma, guiaba a los escuchas de Eliot a los simbolistas, de estos a Neruda y Paz, con quien volvía a Lezama o Góngora y, de nuevo en México, por fin hendía las brasas de Velarde o Gorostiza (“los mejores de los nuestros en el XX… y por bastante”). Nos sobraban nombres, tradiciones, referencias… Nos sobraba maestro.

*

El domingo 2 de octubre murió Javier Raya. Tenía 37 años, o estaba cerca. Dejó un hijo pequeño y de seguro más proyectos de los que se pueden confesar. Mi relación con él fue casi inexistente, pero su deceso me sembró un escalofrío enervante. Condolencias en las redes, obituarios al vapor y desconcierto general. No parecía una edad de inmadurez creadora, aunque tampoco fue propicia a un Opus Magnum o la frase en que se reconoce una generación. Le faltó tiempo. Al menos, nos dejó estas líneas de las que difícilmente uno se puede hacer a un lado en México: vivir es «acto subversivo… una conspiración…». Y aunque los versos eran de su poema insignia (Disentimientos de la nación) de igual manera practicó ensayo y novela. Ya no importa, ahora le están vedados la costumbre, el laberinto del afuera, con su tránsito y su anonimato, que aconseja hacer como que nadie más existe (La rebelión de los negros). Sin embargo, le ha quedado una obra. Esa grisura, el «laberinto» donde no sabría afirmarse observador alguno, se hallan reservados para los que esperan una explicación, un Norte simple, luego de su muerte. A veces, exigimos a los escritores que nos digan cómo deberíamos escuchar o a dónde dirigir el oído cuando ya no están.   

Al día siguiente, de mañana, todavía estaba aturdido. Amanecí en la casa de mi abuela, donde tengo un par de libros de David, del que me había acordado por lo sucedido. Decidí no regresar con ellos a mi hogar, llegando me hundiría en tareas domésticas infames. En alguna pausa, revisé mi celular (llevaba rato con la vibración continua del mal sino) y, otra vez, hubo silencio. Un humo acuoso y expansivo me llenó el diafragma. Transpiré con desazón hasta quedar helado. Desde luego, esto era un signo de ahogo, de la frustración egoísta del alumno que esperaba más lecciones, y veía a su maestro enmudecer para volverse un monumento, como algunos dicen. Porque me esforzaba en refutar la posibilidad, antes gratuita, de ir un martes a la Facultad y visitarlo en clase. Me volvía hacia el laberinto aparecido el día anterior y su «menuda profecía» sonaba en un tono agobiante: espectros que se hablaban a sí mismos «bajo la metralla de lo idéntico». David trazó no pocos poemas de fantasmas que dejaban un mensaje al que habían sido en vida, frente a una hoja en blanco. Un 3 de octubre, al fin, los reclamaba y desaparecía en la tinta. Le perdimos sin poder asir más de esa plenitud, oscura en el espejo. Tenía 73 años, o estaba cerca.

*

La última ocasión que hablé con David Huerta fue en su clase sobre Borges. No había alumnos de ese primer curso al que aludí al principio, salvo yo, que aun iba a CU porque debía tomar clase en el CELE. Nos habíamos dedicado a leer Fervor de Buenos Aires, y en algún momento cotejamos su pequeña rosa con la insomne (y carbonífera) de Villaurrutia: una «platónica», y sin cuerpo en el espacio, la otra. A veces, cortésmente, me pedía algunas aclaraciones filosóficas que él bien podía ofrecer, pero que delegaba en mí para que yo me pavoneara. Por lo mismo, siempre me consideró alguien con más hábitos de pensador que de otra cosa. No me importa, aquello lo llevó a tener conmigo ciertas atenciones que, en lo que me resta, guardaré como señales de mi obligación creadora, antes negada o postergada. No hay otra evidencia de que un maestro deshierbó la ruta para mí que cuando me ha legado una conciencia diferente de mi vocación, una distinta a la tenida cuando yo aún no era su alumno. Así que, entre el azoro y la impotencia por no haberle agradecido, imaginé este texto (tan ególatra) teniendo en mente esa experiencia, antes citada, sucedida hace tres años en la librería Era, de la Roma, cuando conocí también a Coral Bracho.

Eran las cinco de la tarde. Ahí esperaba con mi hermano Toño la llegada de ambos poetas, que leerían en ocasión del último poemario de Coral. Apenas arribó David, nos saludó, efusivo, y luego de un repaso por las obras de ella, me obsequio dos libros. Ya en la mesa de lectura, dijo algunos poemas suyos de reciente hechura y, espontáneamente, se volvió hacia mí. Sonriendo, luego de escrutarme, anunciaría que me iba a dedicar un poema. ¿Y quién me conocía entre todos? ¿Por qué a mí uno entre cualquiera de los grandes términos? Pasmado, recibí el chispazo, y el mensaje que elegí escuchar fue que era libre, como todos, para oír mi propia voz, equivocada o no. Cuando murió David busqué en él parte de esta, pues se hallaba entumecida a raíz de la noticia. Abrí Cuaderno de noviembre en el segundo poema (por azar) y descubrí ahora un sentimiento opuesto al de esa tarde de lectura. Incluso en plena libertad, algo volvía las voces fantasmales, las llevaba «entre la magnitud confusa» donde se enmascaran todos con un gesto turbio, que se borra «en el paisaje de los nombres». Un clima de purgatorio helaba sus facciones «por el roce ardiente de la inexistencia», con la «sed inagotable» y la «fisura» extrema del «frío sucesivo».

*

Entonces creí que era el momento más inoportuno para leer aquellas líneas. No quería cebarme en estas certidumbres, esperaba otro mensaje de David. Aquello se tornó pavor cuando busqué en más libros una alternativa y, días después, las líneas de La máquina biográfica, El joven deja de serlo o de Conseja prolongaban esa voz de espectro, confesándose al lector. Los poemas respondían a una experiencia donde, al fin, se encontraría uno “con el otro que eres, con el muerto”. Su región de pertenencia era esa donde las «propagaciones» de un Aparecido recogían el pulso de quien los hubiera escrito, en vez del propio poeta.Esa entidad incluso habría de fusionarse con él mismo: “Cuando coinciden (…) mi cabeza recuperada y las disposiciones del fantasma, / dos magnitudes abren su visibilidad bajo el horizonte de aquello que designo: dos, luego una / y en la mezcla, tenue y firme, del fantasma conmigo / aparece la muchedumbre enraizada en estas letras, gestos”. El desdoblamiento del autor se volvería la condición para afirmarse como tal, para templar también un testimonio intenso, pero limpio de los decibeles que el espanto normalmente exige (pues volvía a hallar el sentido de su libertad, no obstante el escenario de esta).

A partir de esos indicios, me he acercado a la poesía de Huerta como si ofreciera una pequeña transcripción, algún esbozo, de lugares que los vivos entrevemos de cabeza. El descolocamiento del sujeto, su impresión de irrealidad en un espacio que le deja ver, pero sin permitirle apenas la certeza de su propia área de acción… Todo ello expresa la confusa relación que tiene con el tiempo y el lenguaje, aunque a menudo sea apelando a su condena: es una relación que no va a definirse (mucho menos, a domesticarse). Por lo mismo, como un topo, logra hacer camino hacia otro sitio —y siempre hacia otro sitio— al escribir un poema. Es creando, acaso, como puede persistir, seguir configurándose. Y en cuanto al tono, tal vez no sólo en su poema del 68 (Nueve años después), sino también en esa ruta de descubrimiento que llegara hasta Incurable, en el 87, oyó en su propia voz cierta «materia» vil, «desalojada». Pero fue aceptándolo como se hiciera de un abismo propio, de un perfil y una manera de relacionarse con la tradición, consigo mismo y cualquier «mancha en el espejo». No faltó razón a aquellos que insistían en Twitter: Huerta le llenó las manos de algo a todo el que lo conoció. Y de aquí para adelante, el español le debe una esperanza de renovación en el quehacer artístico.

Sergio Heriberto (Ciudad de México, 1991). Es licenciado en filosofía por la UNAM, y actualmente forma parte del consejo de redacción de la publicación virtual Universidad – Diario Digital. Ha escrito artículos en Tierra Baldía y El soma, así como un libro infantil: Zapote y la criatura comelona (Callis Niños, 2015).