Pequeño manifiesto de los comunistas (sin clase ni partido)

Elsa Morante

Arte: Edith García

Presumiblemente escrito hacia 1970 y publicado en 2004,[1] este manifiesto morantiano nos recuerda que ninguna revolución es tal si su fundamento son el poder y la violencia, los cuales, según la escritora romana, son una y la misma cosa. El texto siempre vigente de Morante nos advierte los peligros de suscribir falsas revoluciones que, aun en pos de los más altos ideales y bajo los más diversos estandartes, pueden ser solo una forma más de reproducir la lógica ancestral e interminable “patrones y sirvientes – explotados y explotadores”.

Pequeño manifiesto de los comunistas
(sin clase ni partido)

1. Un monstruo recorre el mundo: la falsa revolución.

2. La especie humana se distingue del resto de los seres vivos por dos cualidades principales. Una constituye el deshonor del hombre; la otra, el honor del hombre.

3. El deshonor del hombre es el Poder. El cual se configura inmediatamente en la sociedad humana, universalmente y desde siempre asentada y fija en el binomio: patrones y sirvientes – explotados y explotadores.

4. El honor del hombre es la libertad de espíritu. Y no habría que precisar que aquí la palabra espíritu (y no ya sólo según las bases de las ciencias actuales) no significa ese ente metafísico-etéreo (un tanto sospechoso) entendido por los “espiritualistas” y las comadres; sino al contrario, la realidad íntegra, propia y natural del hombre. Esta libertad de espíritu se manifiesta de modos infinitos y diversos, que significan todos ellos la misma unidad, sin jerarquías de valor. Ejemplo: la belleza y la ética son una y la misma cosa. Nada puede ser bello si es una expresión de la servidumbre de espíritu, es decir una afirmación del Poder. Y viceversa. Así por ejemplo el Sermón de la montaña, o los Diálogos de Platón, o el Manifiesto de Marx-Engels, o los ensayos de Einstein son bellos; al igual que son morales la Iliada de Homero, o los Autorretratos de Rembrandt, o las madonas de Bellini, o los poemas de Rimbaud. En efecto, estas obras (ni más ni menos que las tantas acciones posibles que las equivalen) son todas ellas, en sí mismas, afirmaciones de la libertad de espíritu y, en consecuencia, cualesquiera que sean las contingencias históricas y sociales en que surgen, éstas no están determinadas esencialmente por ninguna clase social y pertenecen finalmente a todas las clases, ya que por definición éstas niegan el Poder, del que la división de los hombres en clases es una de las tantas pretensiones aberrantes.

5. En tanto que honor del hombre, por definición la libertad de espíritu, como expresión tanto como placer, les corresponde a todos los hombres. Todo hombre tiene el derecho y el deber de exigir para sí mismo y para los demás la libertad de espíritu.

6. Tal exigencia universal no se puede llevar a cabo mientras exista el Poder. En efecto, es evidente que esta libertad está negada en principio tanto al explotado como al explotador, tanto al patrón como al sirviente.

7. De lo anterior deriva la absoluta necesidad de la revolución, que debe liberar a todos los hombres para que su espíritu sea libre. El único fin de la revolución es liberar el espíritu de los hombres, por medio de la abolición total y definitiva del Poder.

8. Por una ley inevitable (y siempre confirmada por los hechos) es imposible alcanzar la libertad de espíritu por medio de su contrario. La revolución, para cumplir su fin de liberación, debe planteárselo ante todo como inicio y principio. Cualquiera que esclaviza su propio espíritu y el espíritu de otros con una promesa de liberación “mística” y postrema es él mismo un esclavo, y además un farsante y un explotador. Ni más ni menos que los Jesuitas y contrarreformistas – que Mahoma que mandaba a sus “fieles” a destruirse en miras del “Paraíso” de las Urí – que Hitler y Mussolini que exterminaban a las naciones en nombre de las “glorias nacionales” – que Stalin que castraba y martirizaba a los pueblos en nombre del “bien del pueblo” etc. etc. etc.

9. Una revolución que reafirma el Poder es una falsa revolución. Ningún proletario (así se tratara de una monarquía, o aristocracia, o teocracia, o burguesía, y así en adelante) podrá atribuirse o llevar a cabo jamás la revolución, si no ha liberado su espíritu del germen del Poder. Nadie, en efecto, puede comunicar a los demás aquello que no tiene, y no puede pretender propagar la cura con las semillas de la peste.

10. En una sociedad cimentada en el Poder (como TODAS las sociedades que han existido hasta ahora y hoy existentes) un revolucionario no puede más que plantarse (aunque estuviera solo) contra el Poder, reafirmando (con los medios y dentro de los límites personales, naturales e históricos que tenga) la libertad de espíritu debida a todos y cada uno. Y esto es su derecho y deber hacerlo a toda costa: incluso, en última instancia, a costa de morir por ello. Es lo que hicieron Cristo, Sócrates, Juana de Arco, Mozart, Chéjov, Giordano Bruno, Simone Weil, Marx, Che Guevara, etc. etc. etc. Es lo que hace un jornalero que se niega a un abuso, un niño que se niega a una enseñanza degradada, un maestro idem, un herrero que fabrica un clavo de cuatro puntas contra los carros nazis, un obrero que hace huelga para oponerse a la explotación etc. etc. etc. Tales obras o acciones, al afirmar cada una con sus propios medios, la libertad de espíritu contra el deshonor del hombre, son todas igualmente bellas y morales. Y por definición, éstas no distinguen ni pertenecen a ninguna clase, sino al hombre absolutamente en cuanto tal, según lo afirmado en los párrafos 2 y 4.

11. Si en nombre de la revolución se reafirma el Poder, esto significa que la revolución era falsa, o que ya ha sido traicionada.

12. Cualquier revolucionario (así fueran Marx o Cristo) que se readapta al Poder (o asumiéndolo, o administrándolo, o padeciéndolo) desde ese mismo momento deja de ser un revolucionario y se convierte en un esclavo y un traidor.

13. Imaginemos ahora a un individuo solo, frente a un edificio en llamas. Por una ventana abierta (único acceso, aunque riesgoso) el individuo descubre a un niño que está a punto de ser embestido por las llamas. El hombre entra por el hueco y, arriesgándose él mismo, salva al niño. Evidentemente sería un loco criminal, quien lo acusara de haber cometido un acto antisocial e injusto porque, siendo imposible salvar al resto de los habitantes del edificio, no dejó quemar vivo también a ese único niño. El hombre que (como dije antes, con los medios y dentro de los límites personales, naturales e históricos que tenga) afirma la libertad de espíritu contra el Poder, y por tanto también contra las falsas revoluciones, cumple la verdadera Larga Marcha, incluso si permanece encerrado de por vida en una cárcel. Esto hizo Gramsci. A falta de compañeros o secuaces, de auditorio o espectadores, se mantiene de cualquier forma en la Larga Marcha, incluso sólo frente a sí mismo y por tanto frente a Dios. Nada se desperdicia (v. el grano de mostaza y la pizca de levadura); y, en consecuencia, cualquiera que esclaviza, bajo cualquier pretexto, su propio espíritu, se vuelve con ello agente del deshonor del hombre. Doblemente desdichado quien se da a la tarea de difundir el contagio entre los demás y mucho más miserable si lo hace con miras o por gusto de un propio poder personal. Valerse de los explotados con fines de poder (aunque sea sólo de su nombre) es la peor explotación posible. Peor para quien lo hace por su beneficio personal. Proclamar el propio amor por los obreros puede ser una cómoda coartada para quien no ama a ningún obrero, y a ningún hombre. Una multitud consciente que afirma la libertad de espíritu es un espectáculo sublime. Y una multitud enceguecida que exalta el Poder es un espectáculo obsceno: quien se vuelve responsable de una tal obscenidad mejor haría en colgarse.

Traducción: Montserrat Mira Mosso


[1] Elsa Morante, Piccolo manifesto dei comunisti (senza classe e senza partito), Milano, Nottetempo, 2004.


Piccolo manifesto dei comunisti
(senza classe e senza partito)

1. Un mostro percorre il mondo: la falsa rivoluzione.

2. La specie umana si distingue da quella degli altri viventi per due qualità precipue. L’una costituisce il disonore dell’uomo; l’altra, l’onore dell’uomo.

3. Il disonore dell’uomo è il Potere. Il quale si configura immediatamente nella società umana, universalmente e da sempre fondata e fissa sul binomio: padroni e servi – sfruttati e sfruttatori.


4.
L’onore dell’uomo è la libertà dello spirito. E non occorrerebbe precisare che qui la parola spirito (non foss’altro che sulla base delle scienze attuali) non significa quell’ente metafisico-etereo (e alquanto sospetto) inteso dagli “spiritualisti” e dalle comari; ma anzi la realtà integra, propria e naturale dell’uomo.

Questa libertà dello spirito si manifesta in infiniti e diversi modi, che tutti significano la stessa unità, senza gerarchie di valori. Esempio: la bellezza e l’etica sono tutt’uno. Nessuna cosa può essere bella se è un’espressione della servitù dello spirito, ossia un’affermazione del Potere. E viceversa. Così per esempio il Discorso sulla montagna, o i Dialoghi di Platone, o il Manifesto di Marx-Engels, o i Saggi di Einstein sono belli; allo stesso modo che sono morali l’Iliade di Omero, o gli Autoritratti di Rembrandt, o le Madonne di Bellini, o le poesie di Rimbaud. Difatti tutte queste opere (né più né meno delle tante possibili azioni che le equivalgono) sono tutte, in se stesse, affermazioni della libertà dello spirito, e di conseguenza, qualunque siano le contingenze storiche e sociali nelle quali vengono a esprimersi, esse non sono determinate essenzialmente da nessuna classe e appartengono finalmente a tutte le classi. Giacché per definizione esse negano il Potere, di cui la divisione degli uomini in classi è una delle tante pretese aberranti.

5. In quanto onore dell’uomo, per definizione la libertà dello spirito sia come espressione che come godimento, è dovuta a tutti gli uomini. Ogni uomo ha il diritto e il dovere di esigere per sé e per tutti gli altri la libertà dello spirito.

6. Tale esigenza universale non può essere attuata finché esiste il Potere. Difatti è evidente che essa è negata in principio sia allo sfruttato che allo sfruttatore, sia al padrone che al servo.

7. Ne deriva l’assoluta necessità della rivoluzione, che deve liberare tutti gli uomini dal Potere affinché il loro spirito sia libero. Il solo fine della rivoluzione è di liberare lo spirito degli uomini, attraverso l’abolizione totale e definitiva del Potere.

8. Per una legge inevitabile (e sempre confermata dai fatti) è impossibile arrivare alla libertà comune dello spirito attraverso il suo contrario. La rivoluzione, per attuare il proprio fine di liberazione, deve porselo anzitutto come inizio e principio. Chiunque schiavizza il proprio e l’altrui spirito con una promessa di una liberazione “mistica” e postrema è lui stesso uno schiavo, e in più un truffatore e uno sfruttatore. Né più né meno dei Gesuiti e controriformisti – di Maometto che mandava i suoi “fedeli” a distruggersi in vista del “Paradiso” delle Urì – di Hitler e Mussolini che sterminavano le nazioni in vista delle “glorie nazionali” – di Stalin che castrava e martirizzava i popoli in vista del “bene del popolo” ecc. ecc. ecc.

9. Una rivoluzione che ribadisce il Potere è una falsa rivoluzione. Nessun proletariato (né più né meno che se fosse una monarchia, o aristocrazia, o teocrazia, o borghesia, o via dicendo) potrà mai attribuirsi o attuare la rivoluzione, se non ha lo spirito libero dai germi del Potere. Nessuno infatti può comunicare agli altri quello che non ha, e non si può presumere di far crescere la guarigione coi semi della peste.


10. In una società fondata sul Potere (come TUTTE le società finora esistite e oggi esistenti) un rivoluzionario non può fare altro che porsi (foss’anche solo) contro il Potere, affermando (coi mezzi e dentro i limiti personali, naturali e storici che gli sono concessi) la libertà dello spirito dovuta a tutti e a ciascuno. E questo, è suo diritto e dovere di farlo a qualunque costo: anche, in ultima istanza, a costo di creparci. E’ quanto hanno fatto Cristo, Socrate, Giovanna D’Arco, Mozart, Cechov, Giordano Bruno, Simone Weil, Marx, Che Guevara, ecc. ecc. ecc. E’ quanto fa un bracciante che si rifiuta a un sopruso, un ragazzino che si nega a un insegnamento degradato, un insegnante idem, un fabbro che fabbrica un chiodo quadripunte contro gli automezzi nazisti, un operaio che sciopera per opporsi allo sfruttamento, ecc. ecc. ecc. Simili opere, o azioni, nell’affermare, ciascuna coi propri mezzi, la libertà dello spirito contro il disonore dell’uomo, sono tutte allo stesso titolo belle e morali. E per definizione, esse non sono distinzione e proprietà di una classe, ma dell’uomo assolutamente in quanto tale, secondo quanto è affermato ai paragrafi 2 e 4.


11. Se in nome della rivoluzione si riafferma il potere, questo significa che la rivoluzione era falsa, o è già tradita.


12. Qualunque rivoluzionario (foss’anche Marx o Cristo) che si riadatti al Potere (o assumendolo, o amministrandolo, o subendolo) da quel momento stesso cessa di essere un rivoluzionario, e diventa uno schiavo e un traditore.


13. Supponiamo adesso un individuo solo, davanti a un fabbricato in preda a un incendio. Attraverso una finestra aperta (unico adito accessibile, anche se rischioso) l’individuo scorge un bambino solo, che sta per essere investito dalle fiamme. L’uomo penetra nel vano e a proprio rischio salva il bambino. E sarebbe evidentemente un pazzo criminale, chi lo accusasse di avere commesso un atto antisociale e ingiusto, perché, nell’impossibilità di salvare gli altri abitanti del fabbricato, non ha lasciato bruciare vivo anche quest’unico bambino. L’uomo che (c.s. coi mezzi e dentro i limiti personali, naturali e storici che gli sono concessi) afferma la libertà dello spirito contro il Potere, e dunque anche contro le false rivoluzioni, compie la vera Lunga Marcia, anche se rimane chiuso tutta la vita dentro un carcere. Questo ha fatto Gramsci. In mancanza di compagni o di seguaci, di ascoltatori o di spettatori, lo spirito libero è tenuto alla sua lunga marcia lo stesso, anche solo di fronte a sé stesso e dunque a Dio. Niente va perduto (v. il granello di senape e il pizzico di lievito); e, in conseguenza, chiunque schiavizza, sotto qualsiasi pretesto, il proprio spirito, si fa agente con questo del disonore dell’uomo. Doppiamente disgraziato è chi si adopera a diffondere il contagio fra gli altri e tanto più miserabile se lo fa in vista o per il gusto di un proprio potere personale.

Servirsi a fini di potere degli sfruttati (anche solo del loro nome) è la peggiore forma di sfruttamento possibile. Peggio per chi lo fa a proprio beneficio personale. Proclamare il proprio amore per gli operai può riuscire un comodo alibi per chi non ama nessun operaio, e nessun uomo.

Una folla consapevole che afferma la libertà dello spirito è uno spettacolo sublime. E una folla accecata che esalta il Potere è uno spettacolo osceno: chi si rende responsabile di una simile oscenità farebbe meglio a impiccarsi.

Elsa Morante (Roma, 1912-Roma, 1985). Romaneziere (novelista) o, mejor dicho, poeta, como ella misma se definía, Elsa Morante es una de las figuras más destacadas de la literatura italiana del siglo XX, cuya obra ha sido traducida a numerosas lenguas y ha dado pie a diversas transposiciones televisivas y cinematográficas. Entre sus obras se encuentran diversas recopilaciones de cuentos como Il gioco segreto (1941) o Lo scialle andaluso (1963), así como sus grandes novelas, publicadas todas por la prestigiosa casa editorial Einaudi: Mentira e Sortilegio, ganadora del premio Viareggio en 1948; L’isola d’Arturo, merecedera del premio Strega en 1957; La Storia (1974), tan exitosa entre el público, pero tan polémica entre la crítica, y Aracoeli, publicada en 1982. Acaso menos conocidos respecto a sus célebres novelas, su producción cuenta también con textos poéticos, recogidos en Alibi (1957) e Il mondo salvato dai ragazzini e altri poemi (1968). A lo largo de su carrera Morante colaboró con diversas publicaciones periódicas; la mayoría de aquellos ensayos y artículos aparecerían en volumen bajo el título Pro o contro la bomba atomica e altri saggi (1987). De este último, recuperamos el texto que aquí proponemos y que apareció originalmente en el semanario Il Mondo, en 1950. 

Montserrat Mira (Ciudad de México, 1987). Maestra en traducción por El Colegio de México, y licenciada en Lengua y Literaturas Modernas (departamento de Letras Italianas), por la UNAM. Ha participado en diversos congresos dedicados a la italianística de ambas instituciones. Entre sus diversas traducciones se hallan el poemario La transfiguración de los animales en Bestias (Transeuropa, Massa, 2011) de Alessandro Raveggi, y colaboraciones en la de Ni una más. Cuarenta escritores contra el feminicidio (Universidad Iberoamericana, León, 2017) coordinado por Clara Ferri y Fabrizio Lorusso, y la de la novela El embrollo (Garabatos, 2018), de Antonio De Petro, con Víctor García.