Alguien en mi baño

Pedro Luis González Jiménez.

Arte: Irene Barajas

Recién descubrí huellas inusuales en casa. Pelos castaños —muy diferentes a los míos que son rubios— largos y que aparecen desperdigados por el suelo, incrustados entre los dientes de mi peine o, principalmente, arrollados en el desagüe de la bañera. Además, un aroma inusual, la cortina del baño recogida de manera delicada y una humedad distinta en mi toalla. Al principio, pensé que evitaría con facilidad lo ocurrido simplemente con cerrar bien cada puerta, mas no fue así. Como casualmente me correspondían unas vacaciones y no tenía mucho dinero que malgastar, ni es mi manera de vivir, me entretuve estableciendo una férrea vigilancia, cuestión de sorprender a quién osaba escamotear mi más exclusiva privacidad.

Me extrañaba a más no poder que entrara sabe Dios por dónde a mi vivienda una mujer. Y nada menos que para utilizar mi ducha, pues, aparte de que no vivo en un barrio de malas personas, soy bastante poco atractivo, pequeño de estatura, nunca me destaqué en deportes o en las artes, ni dispuse del tiempo ni de las habilidades necesarias para conquistar a alguna dama lentamente (quizás a través de una relación establecida al compartir estudios, como siempre soñé), pues, murió mi padre y debí, junto a mi madre, ocuparme de criar, mantener a mis hermanos menores, así como —de paso— olvidar mis aspiraciones de convertirme en psicoterapeuta.

Me atrajo esa carrera desde mi primera juventud y es mi costumbre leer y consumir todo lo que cae entre mis manos acerca de tal materia. Asimismo, me intereso por el budismo Zen, las filosofías orientales, la meditación, la medicina alternativa y esas conferencias… o sea, todo el negocio de Deepak Chopra con la felicidad humana y otros detalles al respecto. Eso, si no invierto mi tiempo en ir a cines, teatros, asistir a conciertos y otros espectáculos, aunque por lo general, me cuesta demasiado esfuerzo establecer una relación sentimental con alguien, ya que me atraen las mujeres, pero, aparte de que me dejan con alguna excusa a los pocos días de conocerme, creo que no logro inspirar en ellas el mínimo de admiración suficiente para esperanzarme con que alguna me acepte definitivamente de por vida.

Por todo ello, me ocupo de ayudar a los demás en lo posible, sin pensar demasiado en sexo y, a raíz de todos estos hechos que conté sobre el inconveniente que padezco, puntualizo que, para ocuparme del asunto, es decir, con tal de atrapar de alguna forma a la atrevida o conocer de qué manera entra, opté por salir a diario, o más bien de simularlo, para volver luego de un tiempo, saltar la verja de mi patio y muy despacio y sigiloso, sin hacer el menor de los ruidos, entrar a la cocina y situarme debajo de la mesa, desde donde, con toda claridad, se alcanza a divisar la puerta de mi baño.

Días malgastados y de un constante nerviosismo por la seguridad de que, en cualquier momento, tropezaría con esa que, quién sabe por qué, se arriesga a invadir mi propiedad. Durante la primera semana, cada amanecer al despertar e ir hasta el inodoro, se hacía evidente su visita y, en adelante, resolví permanecer también en vela por la noche. La primera, sentí crujidos alrededor de la casa y, a oscuras, aguardé su irrupción por alguna de las puertas u otro acceso impensado. Al final de la madrugada, cansado de esperar, recosté mi cabeza sobre una mesa, el sueño me venció durante un lapso impreciso y desperté asustado.

Ya casi amanecía cuando me molestó comprobar que había sido burlado nuevamente. Para la segunda, preparé un termo de café y tomé una larga siesta. Seguramente me ayudarían a permanecer insomne. Sin embargo, una modorra enorme me invadía cuando me levanté al caer la tarde. Y fue un chasco. Como en son de burla, fue utilizado el baño mientras dormía. Y sentí deseos de gritar, salir, buscar a algún amigo, comentarlo, vocearlo incluso a los vecinos. Luego de mucho pensar, me abstuve de hacerlo. Seguramente aconsejarían comprar un Pitbull o, colocar alarmas o hasta cámaras. Soluciones, por ahora, fuera del alcance de mis bolsillos. Además, sería una victoria para los de la izquierda, quienes, desde hace tiempo, preguntan por qué no acabo de casarme. Los de la derecha tal vez lo tomasen como un subterfugio para insinuarme a Teresa, su hija, una rubia preciosa, aunque excesivamente tímida; tanto, que se niega a hacer mandados y vive solo para sus estudios. Además, estoy seguro de que, sin mi permiso, sería incapaz de traspasar mi puerta a plena luz del día.

Las demás jóvenes del vecindario ya están casadas. No obstante, me dediqué a descartarlas mediante interrogatorios a amigos del barrio. También pregunté a viejas solteronas y a viudas que se reúnen en el parque y conocen todo sobre muchachas y mujeres de aquí. Después de exhaustivas deducciones, no aparecía la menor de las pistas.

Lejos de darme por vencido, al cabo de una semana, continuaba pensando en resolver aquella incierta situación. Mi pequeño baño de apenas dos metros cuadrados y sin demasiadas comodidades. Si acaso la ducha-teléfono, el calentador que mandé a instalar para los días del invierno y el cepillo eléctrico (con el cual me restriego y doy masajes a mi espalda los días de excesivo trabajo en la oficina de la empresa). Así, tuve una nueva idea que me pareció magnífica la tarde que, luego de tratar infructuosamente de despejar mi mente con el shoi-i pu i, pegué a dar vueltas por la casa de manera algo loca. Como un zombi, iba del cuarto a la sala y de allí a la cocina para después, pasar al baño, donde me estremecía interiormente con la imagen de una extraña o peor aún, de un extraño allí en cueros mientras duermo. Alterada mi mente por tales representaciones, decidí salir al patio para sosegarme observando la sencilla vida de los pájaros en los árboles. Ellos, sin más preocupaciones que volar, descender en busca de comida, ir luego a sus nidos o a restregarse en el polvo de las calles; mientras yo perdía mi bendito tiempo del domingo en solucionar aquel vital asunto de mi sagrada intimidad, violada a diario por un irresponsable; la mayor desfachatez cometida contra mí en años, desde que aquella novia de la adolescencia, a los tres días del primer beso, me puso cuernos en una fiesta adonde la llevé.

Terminé aquella tarde ocupado en arrastrar una vieja colchoneta hasta el cuarto de baño, donde convertí la bañera en cama. No tenía la menor idea de quién podría ser. Me parecía insólito que una mujer vigilase mi sueño para entrar a casa y bañarse mientras descanso. Las conocía atrevidas, amigas de trasgredir, algunas, que hasta se convierten en bandidas. Incluso recuerdo a cierta compañera del trabajo que en una ocasión y sin que le diera pie —sólo que era nuevo en la empresa— me pidió a quemarropa ¿pudieras conseguirme un poco, es decir, unos gramos de coca o marihuana, porque quiero probarlas?, como si yo fuera un traficante. Sin embargo, esto de mi privacidad invadida era el colmo. Pensé también en un rockero de largos cabellos o un travesti, alguien verdaderamente audaz. Quienquiera que fuese, estaba consiguiendo preocuparme.

De tal forma, dejé preparada la bañera donde dormiría y salí de casa con el firme propósito de contar lo que ocurría para que alguien me ayudase a hallar la solución. “¿Pero a quién?”, pensé mientras caminaba. Dirán que estoy de psiquiatras, que he perdido el tino, ¡mira que decir que una mujer entra a mi casa para bañarse mientras duermo! Preocupado por las opiniones de los demás hacia mi persona, demoré algunos días más, hasta que nuevas evidencias me llevaron a sentir la imperiosa necesidad de comunicar tales incidentes en busca de una orientación, pese a los riesgos.

Como precaví, luego de hacerlo (fui y conté con lujo de detalles a vecinos, amistades y otros conocidos), aquella información se esparció tan pronto como un salidero de gas por la ciudad. Y la gente disfrutó escuchando la historia. Se convertía en fiesta el comentar mis quejas. A los quince minutos de haberles informado a plenitud sobre el tema, un grupo de vecinos todavía reía a carcajadas. “Insensibles”, pensé. Ninguno fue capaz de sugerir una estrategia o decirme: mira, haz esto o lo otro, sube al techo, vigila o duerme en el baño. Sí, esta era la idea redentora.

Sin embargo, lo que más me indignó al pasar de los días fue que la historia retornó luego a mí en forma de preguntas que me hacía gente a la que no pude contar porque o las veo poco u olvidé que existían. Y demandaban saber, pues de algo se habían enterado. “¿Cuenta cómo es que entran a tu casa y roban tus jabones y toallas?”, decían o: “¿quién es esa dama de mal gusto que engaña a su marido contigo?”, o si era cierto que hallé una rubia despampanante en mi baño, de la que dicen que se ha quedado calva después de la boda contigo; si es verdad que mis vecinas aprovechan que duermo como un lirón para lavar su pelo en mi ducha, ya que así no gastan en champú; si es posible que ahora me dedique a pagar a mujeres para que entren de noche y se bañen en mi casa mientras juego a sorprenderlas y las contemplo desnudas.

De manera racional, me llevaba tanto tiempo desmentir todas aquellas versiones, rumores y denigrantes habladurías que preferí con pocas palabras seguir la corriente a quienes me interpelaban acerca de tales presuntos acontecimientos. Pero bueno, tenía el propósito de dormir por las noches en el baño. Confiaba en ello y confirmo que así lo hice. Algo verdaderamente incómodo. Al otro día, al regresar del trabajo, me dirigí hasta allí de inmediato con la intención de masajear mi espalda con el cepillo eléctrico y aliviar un poco mis dolores cervicales. Y hallé todo en desorden, por lo que quedó claro que, durante mi ausencia, se había bañado alguien.

Irritado y sin posibilidades de descargar con alguien mi problema, me fui al cuarto, contemplé largo rato mi respiración abdominal, relajé mis músculos sin impacientarme y luego volví los ojos a la realidad y me dije: “¡qué caray !, ¿qué más da que usen mi baño? A ver si un día ella resuelve usar también mi cama y amanecemos juntos”. Tras eso dormí mejor, aunque al despertar, sin desviarme, fui hasta el mismísimo inodoro de a diario y, encontré nuevamente huellas de otro cuerpo en la toalla.

Permanecía el misterio del perfume suave, nada escandaloso, aunque inquietante. Quería desentenderme de todo aquello, mas no lograba conseguirlo. Y tomaba el metro o el colectivo para irme al curro. No para ocuparme acucioso en las labores que desempeño, sino más bien para evadir cualquier recuerdo relacionado con mi casa y aquellos húmedos eventos que me soliviantaban. Solicitudes de los jefes me distraían lo suficiente para que olvidara. Sólo que al llegar allí o en momentos, durante las ocho horas de jornada, comencé a notar y a ser consciente de que algunas de las chicas más emperifolladas que se ocupan de los ordenadores, todas ellas tatuadas y como es lógico, adornadas con piercings y ropas vibrantes que las estilizan mediante colores generalmente oscuros (y ese maquillaje demasiado artificial o artificioso, si bien cada una con su apariencia individualizada, pese a los bolsos Luis Vuitton o las mochilas Palm Spring que, mayoritariamente cargan con una retahíla de adminículos y dispositivos de la era informática); así como sus vidas con hábitos y achaques necesarios para pertenecer a tal generación tecnoadicta, se ocupaban al verme de intercambiar miradas si aparecía yo con mis habituales saludos o si, al menos, caminaba a través del salón para ir de un compartimento encristalado al otro.

En un inicio, me molestó sentirme centro e ignorar el porqué de tantos ojos divinos pendientes de mi personalidad intrascendente. Se me hacía difícil concentrarme en el trabajo por el sueño acumulado durante mis noches de bañera-cama y más al percatarme de que ahora escrutaban cada uno de mis pasos (“de seguro se cuidan de mí”, llegué a pensar) y que algo debían haber oído de mis desmesuradas respuestas a un asunto tan sencillo como el de que alguien usara mi baño mientras dormía. Sin embargo, en breve descarté eso, al ver de qué manera me tenían en cuenta a la hora de una opinión o por el hecho de que, de la noche a la mañana, me brindaban meriendas y refrigerios. Lo nunca antes visto. De un modo insólito al cabo de un mes, hasta buscaban motivos para congraciarse conmigo durante las horas de labor o en los recesos. Algo extraordinariamente inusitado; tanto como el problema de mi ducha usurpada, aunque más agradable si se viene a ver. Por lo que aproveché tal confianza ofrecida para dejarles ver que me adapto a cualquier diferencia de edad con las personas a mi alrededor. Sin embargo, me perturbaba el hecho de que una de ellas me consideraba mucho más en cualquier ocasión que se presentaba para prestarme ayuda o dedicarme unas palabras. Y pasó una semana y otra más, y el baño bajaba puntos en la escala de mis preocupaciones. Más bien pasaba yo mi tiempo ocupado en debatirme entre una nube de dudas, temores, imaginar desagradables consecuencias para, luego de tanto cavilar y de llamarme a la cordura y negarme a forjar ilusiones, atreverme por fin a una discreta aproximación hacia Aliannis —quizás la más amable— y preguntarle si aceptaría salir conmigo alguna noche.

A todas estas, la situación con el baño persistía, aunque felizmente asombrado por la instantánea aceptación de mi propuesta por parte de Aliannis, despojé por completo al asunto de la envergadura que le concedí inicialmente. Por ser la primera vez, la llevé una noche a comer a un restaurante caro. Momentos fascinantes, pues acostumbrada a comer en fast foods, Macdonalds y kioscos de tacos. Desconocía el menú y debí explicarle, lo que sirvió de motivo para conversar, antes de que nos sirvieran unos raviolis a la carbonara exquisitos y unas copas de vino tinto que animaron la plática.

Así, cesamos de charlar mientras nos ocupamos de unos escalopes de ternera y unos ñoquis de sémola que obligaron a masticar sin receso, para seguir la plática tras terminar ella con la panna cotta del postre, hasta el instante en que pagué la cuenta. Ya afuera, frente a la invitación al dolce far niente de las horas tempranas de la noche, convinimos en caminar el fastuoso malecón de la ciudad, ignorando los carros que, veloces y con sus faros de última generación, inundan las ropas de esos transeúntes despreocupados de la prisa y hartos quizás del aburrimiento que ocasiona el confort excesivo. Desde allí, pudimos ver también luces de barcos y destellos lejanos, lo comentamos, disfrutamos de la brisa fresca mientras conversábamos acerca de la importancia de la tecnología actual en las finanzas, las oportunidades que brinda de acceso a la información vital para conocer las posibilidades de cada sector y planificar en función de ello (cuestión de saber dónde y cómo invertir, de que algunos en la oficina eran menos laboriosos que otros). Pero sin dudas la noche era bella a pesar de que aún no salía la luna, quizás por el cielo colmado de estrellas y el sonido del mar contra las piedras. Su ritmo sereno que alienta a sentarse y olvidar cualquier preocupación durante un rato —comentó ella, quien siempre se conecta a estas horas con su laptop y la pantalla le cansa de tal forma que amanece con ojos secos y algo fatigados o porque también demora mucho en quedar dormida.

Y, así las cosas, se produjo el neurálgico instante en que ella, casi por sorpresa, aproximó su cuerpo al mío y segundos más tarde, me tentó con la inmediatez de su labial brillante y esa humedad en su boca, cuyos labios gruesos parecían situados a mi disposición. Y nos besamos una y otra vez sin detenernos durante diez, quince, veinte… No sé cuantos minutos duró aquello. Sólo que, aún hecha un lío en mis brazos y luego de tomar el aire que ya le faltaba, quiso Aliannis saber si era real lo que se comentaba en las redes sobre mí (pregunta que me dejó ligeramente anonadado). Desconocía que hubiera en tales sitios algo relacionado conmigo, que apenas me asomo a esos sitios para buscar filmes en netflix o en moviesplanet.

Según me dijo, son historias vinculadas con mujeres que entran a mi casa durante la tarde o la noche y usan mi baño. Porque, según postean otras —explicó— poseo unos productos especiales y doy unos masajes que además de reducir la grasa corporal, mejoran la circulación. A lo que se añaden técnicas que propician luego un sueño tan profundo que, al despertar se sienten rejuvenecidas y mucho menos nerviosas o tristes que cuando no acudían allí, de donde salen tan inalterables que, llegan a olvidarse del sexo virtual o en solitario y de sus citas a ciegas con desconocidos. ¡Vaya!, aquello me sorprendió todavía más que sus besos. La miré de frente y no dudé en advertir que creía todo a pie juntillas.

Claro, que no pensé en sacarla del error. Sentía necesidad de no defraudarla. “Así que productos especiales, masajes, técnicas que hacen dormir profundamente”, me dije. “Yo que llevaba semanas sin poder lograrlo, debido a las supuestas visitas —desconocía cuántas mujeres podrían ser—, que utilizan mi baño cada vez que cojo un pestañazo”, pensé.

Al día siguiente sería el weekend, por lo que de más está decir que la invité a casa y también aceptó. Con el jabón más estrambótico que encontré en mi closet (algo medicinal de aloe mezclado con otras hierbas relajantes) nos bañamos juntos casi pasadas las dos de la madrugada para luego acostarnos y, consumidos algunos sabrosos preliminares de besos en otras regiones que no eran precisamente nuestras bocas, tuvimos un sexo intenso durante algo más de media hora. Al cabo de ello, la induje a someterse a masajes que improvisé y a ejercicios de relajación que conozco de libros alemanes.

Así, durmió sin despertarse hasta muy tarde, cuando le pregunté si desayunaría tajadas de frutas antes de un yogurt con tostadas, o si prefería huevos con jamón o alguna otra cosa. Se veía tan fresca encima de la cama que no dudé en abrir la ventana para que la claridad añadiera un nuevo toque de belleza a su aspecto radiante. Fue entonces que agregó ceremoniosa:

—Para que sepas —y esto observé que lo decía sin cesar de mirarme a los ojos, incluso tocando mis rubios cabellos desgreñados con sus tibios dedos—, por todos esos comentarios es que los jefes están al llamarte.

“¿Al llamarme para qué?, ¿estarían planeando echarme?”, pregunté y respondió: “¡De ningún modo!” Que, al contrario, deseaban verme, por lo que seguramente el lunes, en cuanto llegase a la empresa mandarían llamarme. Porque esperan conocer de mis métodos, técnicas y productos especiales, para ocuparse de promocionarlos y lanzarlos al mercado. Por supuesto que si estoy de acuerdo y después de que los haya patentado. Si es que no lo has hecho aún —precisó y sin darme un chance, siguió con su sonrisa irresistible para añadir que mi sueldo se elevaría a cifras estratosféricas, y yo podría pasar a formar parte del personal especialista, en un futuro con acciones inclusive.

Por supuesto que le hice ver que no cabía en mí del regocijo. Dijo sentirse muy recuperada después de usar el toilet y desayunar, pero que debía de ir a su casa para ayudar a su madre con algunas tareas, pese a lo cual se fue mucho después de la media mañana. Dijo adiós tantas veces desde la puerta, que salí para mirarla caminar hasta el taxi que tuve la deferencia de llamarle. Se perdía ya en la distancia cuando entré y cerré la puerta.

El baño, que todavía retiene su olor, lo clausuré con un candado que, por fin recordé, guardaba en un estante en el ático. Ahora me siento alegre, es verdad. De qué otra forma, si padezco aún esa sensación de Aliannis metida en mi alma; el hecho de su cuerpo en mi baño, enjabonarlo lentamente, secarlo luego desde la cabeza hasta los pies; mis ojos que recorren su figura que palpé desnuda, en tanto percibía su afán constante de besarme y la escuchaba pedir que fuéramos a la cama, donde enloquecimos ambos. Imposible que me sienta triste, aunque sí mucho más preocupado que cuando tenía sólo el rollo de que un desconocido se colaba allí mientras dormía (preocupación que no comprende a Aliannis, que es un primor de chica y hasta el momento —creo— confía plenamente en mí, así como en ese estelar aumento de mi sueldo y la subida de mi estatus en la empresa, sino al asunto de los jefes interesados en mezclarse en mis asuntos).

Tan hermoso fue enterarme de que también ellos, jodidos mercaderes, desean conocer mis métodos, técnicas y productos especiales. Y pensar que, además, también el tiempo conspira contra esta reciente felicidad, pues me quedan sólo horas para urdir, inventar o diseñar una fabulosa y descomunal mentira que a la vez sea convincente o, de lo contrario, salir con una excusa inteligente en busca de trabajo en otra parte. De lo contrario, resignarme a perder para siempre a alguien tan dulce y crédula como Aliannis, quien se fía plenamente de las redes y enredos de esa diabólica y fucking internet.

Pedro Luis González Jiménez (Caibarién, Villa Clara, Cuba, 1950). Es licenciado en Psicología. En 1984 tras ganar el Concurso Liberación de Caibarién el periódico provincial Vanguardia publica su cuento Mangle Prieto. Obtuvo la primera mención en el Encuentro-Debate provincial de Talleres Literarios (1989) con su cuento Bicicleteros el cual publica la revista Huellas de la AHS en Villa Clara. En 1990 ganó el Primer Encuentro Provincial de narradores con su cuento: La muchacha, la abuela, el tren. Recibió una mención en la Bienal de Narrativa de Villa Clara (1993) con su libro Bicicleteros, el cual posteriormente será publicado en 2001 por la editorial Capiro¨de Villa Clara. En 2018. Su cuento, Animal al acecho, aparece en la antología de minificciones Santa Paciencia (2021). En el mes de julio del mismo año, el jurado del concurso Juan Criollo del Taller Carlos Loveira de Santa Clara le otorga el premio en la categoría experto por su cuento Alguien en mi baño.