El infinito en un junco: otro jardín de senderos que se bifurcan

El infinito en un junco: otro jardín de senderos que se bifurcan (Crónica de un lector)

José Antonio de Castro

La mayor parte del tiempo estoy en presencia de libros. Paso el día en el tapanco de madera en el que vivo, que es la planta alta de un apartamento pequeño. En este piso tengo mi biblioteca a escaso metro y medio de la cama. Esa biblioteca consta aproximadamente de 500 volúmenes — lo cual, puede ser excesivo para alguien que apenas abre un libro al año o muy poco para un académico dedicado por entero al estudio de la literatura—. Para mí, no resulta breve ni extensa, sino perfecta, pues tiene las dimensiones exactas de mi vida. Los libros se encuentran amontonados por todas partes, desparramándose porque el pequeño mueble que en un principio intentaba contenerlos se ve desbordado. Hay libros apilados en el escritorio, alrededor de la cama, en el suelo, incluso algunos se convierten en soporte de otros objetos; en ocasiones, cuando me visitan mis amigos, los libros evolucionan de inmediato en portavasos, lo que resulta tremendamente peligroso para su integridad, dado el estado inconsciente en el que suelen terminar dichas bacanales. Así que, de cierto modo, me encuentro rodeado por estos objetos de papel. Aparentemente dormidos, ellos me vigilan, guardando silencio hasta el momento en el que un impulso oculto los hace despertar de su letargo para conducirme a un sueño distinto que siempre ha estado ahí, esperándome, lejano y a la vez cercano, diríamos eterno, por estar más allá del tiempo.

El último libro que había llegado a mis manos fue El muchacho persa de Mary Renault. Una novela histórica que retrata, a través del joven y hermoso Bagoas, la vida de Alejandro Magno una vez que venció al imperio del rey Darío. Rápidamente el libro se convirtió en uno de mis preferidos puesto que, no sólo se limitaba a contar la historia de Alejandro (mi personaje histórico favorito), sino que lo hacía a través de una prosa magnífica, con pasajes de extraordinaria belleza. El libro fue a parar junto a la trilogía de Alexandros de Valerio Massimo Manfredi; esas novelas infravaloradas por los “grandes expertos” del conquistador que, al ver el sello de Best seller en las tapas de los libros, y al leer la leyenda “novela ficcionada”, piensan que no vale la pena su estudio. ¡Gran error! No todo Best Seller es malo, así como no todo libro underground es bueno. La trilogía de Alexandros resulta un viaje maravilloso, lleno de fragmentos poéticos que nos llevan a enamorarnos del personaje, a comprender de mejor forma algunas de sus decisiones (hoy, desde el otro lado de la barrera y a toro pasado, sumamente cuestionables), pero, sobre todo, a compartir su sueño, su pasión por unificar el mundo conocido a través de la cultura, la comprensión y la amistad entre los pueblos.

En principio eso fue lo que llamó mi atención de El infinito en un junco. Durante un remate de libros al sur de la Ciudad de México, me disponía a llevar a casa mis nuevas adquisiciones: El Personae de Pound, la obra completa de Nerval y los Cuentos de Leopoldo María Panero. Ese día, la búsqueda estuvo incompleta, pues también esperaba hacerme de la muy recomendada biografía de Alejandro escrita por Robin Lane Fox. El libro estaba agotado. De cualquier modo, me sentía satisfecho por llevarme a casa a tres de mis escritores favoritos cuando, de pronto, mi amigo que me acompañaba vio sobre una montaña de libros el Infinito en un junco. Ni tardo ni perezoso se abalanzó sobre él, dejando a la deriva dos o tres libros más que ya tenía en sus brazos. De inmediato buscó un segundo ejemplar y me dijo —casi imperiosamente— que yo también debía comprarlo, que este libro era considerado uno de los mejores ensayos de los últimos años. Al leer la contraportada, me encontré con que era «un libro sobre la historia de los libros». De principio, eso no me convenció del todo, pero al leer las referencias sobre Alejandro Magno y la filósofa Hipatia, pensé que quizá podría valer la pena. Yo contaba con ciertos conocimientos respecto a la biblioteca de Alejandría, sobre su destrucción y la historia de aquellos años donde Hipatia recorría la arena egipcia mirando el firmamento en la oscuridad de la noche. Sin embargo, la coincidencia con mi búsqueda frustrada tuvo algo de misterio. Fue como si de inmediato las cosas se conectaran por una hebra distinta a la que tenía pensado, pero, al fin y al cabo, parte de la misma red que estaba tejiendo con la vida de Alejandro. No quiero decir aquella frase manida de que “son los libros los que nos encuentran”, por otro lado, me es inevitable recordar a Cortázar, cuando escribe que todo encuentro fortuito tiene algo de poético.

Pocas veces hacemos caso a las recomendaciones de los demás. Mi amigo no dijo mucho del libro que tampoco había leído, pero siempre he confiado en su criterio estético, sin embargo, la economía en México es dura, así que decidí sacrificar al querido loco de Panero. Él, por su parte, abandonó a Rilke.  Los dos nos fuimos de ahí contentos, como niños que salen de una dulcería. La siguiente parada era previsible, beber por nuestras nuevas adquisiciones hasta que nos alcanzaran las primeras luces de la mañana. Hasta el día de hoy me pregunto qué habrá sido de aquellos libros que abandonamos de último momento. ¿Le habrán cambiado la vida a alguien más?

Pasó un par de días hasta que me dispuse a hojear el libro de Irene Vallejo. Ese primer vistazo me llevó a leer 60 páginas de un solo golpe. De pronto, y sin ser consciente de ello, estaba sentado frente a mi biblioteca acariciando el lomo de La iliada, La odisea y La Eneida. Los sacaba de su lugar, les limpiaba el polvo, los abría para buscar los pasajes que más me emocionaban: «No te enojes conmigo, Patroclo, si te enteras, incluso dentro del Hades, de que al divino Héctor he soltado y entregado a su padre…», «Navegábamos no sin dolor, mas contentos en parte por salvar nuestras vidas después de perder a los amigos.», «Ibant obscuri sola sub nocte per umbram».

Cada noche aguardaba el próximo día, la hora de la tarde en que el mundo parece detenerse, cuando el silencio sólo se rompe por el canto de las aves y la luz solar emprende el descenso hacia el refugio fugitivo de la tierra. En esa precisa hora abría el libro de Irene Vallejo, me dejaba conducir por la aventura, por las hazañas de los personajes que me eran familiares, por las microresistencias de todas las personas de nombres desconocidos que hicieron posible que yo pudiera sostener este artefacto de papel sobre mis manos. En cada jornada de lectura, me invadía cierto dejo de locura. Me empecé a enraizar en el tapanco de madera, tomaba libros de todos los sitios. Las referencias al encierro de Dickinson y a la valentía de Hipatia me hacían pensar en Sor Juna, la mejor poeta de nuestra América. Leía sus poemas, recordaba que a ella también le prohibían leer, que a ella también la señalaron, la estigmatizaron y, sin embargo, superó los dogmas del género y de la iglesia para escribir en un claustro su Primero sueño, aquel poema que anuncia la primera mañana del mundo. De pronto me sentí como ese grabado de Gustave Doré, donde Alonso Quijano pierde el seso al obsesionarse con los libros de caballería. Los libros me susurraban como espectros. Ahí estaba Aristóteles con su texto envenenado que Umberto Eco inmortalizó, estaba Sócrates animándome a ser valiente en favor de la verdad, estaba Wilde recordándome que el secreto de la vida está en el arte, estaba Borges conectando todos los puntos, todos los libros que son un mismo libro, todo el universo contenido en esa pequeña biblioteca. Sí, toda biblioteca es una especie de Aleph.

¿Cuáles son los libros infinitos, los que nunca terminan? Aquellos que, como el libro de Ts’ui Pen son, a la vez, un laberinto de senderos que se bifurcan. Borges lo supo cuando escribió un cuento pensando en una obra que contuviera todos los pasados, presentes y futuros posibles. Sherezad lo entendió al describir, en Las mil y una noches, un relato de ella misma contando su historia donde relata todas esas noches pasadas, lo que, inevitablemente, la llevaría a la noche donde vuelve a relatar esa historia de las noches anteriores, y así sucesivamente hasta el infinito. El libro de Irene Vallejo también es un libro infinito, porque te abre múltiples senderos, múltiples vidas, múltiples recuerdos de libros que, al mismo tiempo, te conducen a otros senderos, otras vidas, otros recuerdos que nos hacen navegar en el universo de toda la literatura y, por lo tanto, de la historia humana misma.

 Me doy cuenta de que he hablado poco del libro de Vallejo, en cambio, he hecho una descripción de mi biblioteca, de mi experiencia misma como lector. ¿Acaso no estoy experimentando lo mismo que la autora cuando escribió su libro? El Infinito en un junco es una obra extraordinaria, pero no, como muchos piensan, por sus innumerables referencias y su erudición (antes otros libros ya habían documentado la historia del libro en el mundo antiguo). Lo que hace de esta lectura algo especial, es la pasión y el amor que Irene tiene por los libros. La obra logra, en apenas muy pocas páginas, que volvamos a apreciar a esos objetos que, de tan cotidianos, olvidamos su auténtico valor. Quizá la frase “nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido” resulte adecuada para hablar de nuestras bibliotecas personales. Los libros, terminan siendo parte de nuestro día a día, a veces nos emocionan, a veces nos hacen llorar, algunas otras nos obsesionan y, en muchas ocasiones, nos dejan indiferentes, como si de novias, esposos o amantes se trataran. Pero es la forma en la que la autora relata su vivencia lo que genera la reconstrucción de esa motivación perdida. Ese fulgor que, en algún momento, nos convirtió en lectores ávidos, en exploradores de otras vidas paralelas. Al final, este libro consigue algo muy simple, pero poco evidente. El gusto de regresar a otros libros, de atesorarlos, de pensar en su origen y en su futuro cuando, nosotros mismos, hayamos desaparecido de la tierra. Quizá también los libros desaparezcan, tarde o temprano arderán, como las bibliotecas antiguas, como los poemas y los árboles que, según Octavio Paz, comparten esa misma cualidad: ambos saben arder. No obstante, al sostener el libro de Vallejo en mis manos pienso en esta libertad interna que nos proporcionan, que «es una conquista del pensamiento independiente frente al pensamiento tutelado».

Ahora estoy menos solo. Un libro me lleva a entender que soy parte de una misma red, de un mismo sistema compuesto de la memoria de nuestra especie. Recorro las páginas, cada palabra, cada letra del alfabeto, y vuelvo a sentirme vivo, a recordar lo que tengo frente a mí, ese caos organizado de senderos infinitos que se bifurcan y que me atrae con más fuerza que las mismas leyes de la física. Mis ojos se posan en otro libro de la biblioteca, hacia un blanco y delgado tomo de William Blake, en él leo lo siguiente:

Para ver el mundo en un grano de arena,
y el cielo en una flor silvestre,
abarca el infinito en la palma de tu mano
y la eternidad en una hora.

Regreso a Irene Vallejo, El infinito en un junco contiene los confines del mundo hasta ahora conocidos, todos ellos, en la palma de mi mano ¡Y qué destino tan cruel es el de los hombres, que pueden sostener la totalidad en sus manos y no consiguen abarcarla en una sola vida! Pero quizá eso sea la motivación que necesito. Contrario a lo que Mallarmé dijo, no he leído todos los libros, así que, aún queda algo porqué seguir adelante.

   

José Antonio de Castro (Ciudad de México, 1990). Realizó sus estudios superiores en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es director de la revista digital de creación literaria Campos de Plumas. Ganador del primer concurso de ensayo “¿Por qué es vigente la tauromaquia?” de la Fundación Tauromaquia Mexicana. Obtuvo la beca de literatura para asistir al Festival Cultural Interfaz ISSSTE, Hidalgo 2017. Poemas suyos han sido publicados en revistas de México, Argentina, Chile, Costa Rica, Perú y España.