Vorace, el inmortal (Selección de poemas)

Félix Francisco Casanova

Arte: Mariana González

Poeta, novelista, rockero, suicida y maldito. Félix Francisco Casanova se quitó la vida a los 19 años, no obstante, vivió el tiempo suficiente para dejar una obra sólida y reconocida en su momento. En el 2017 la editorial Demipage publicó sus Obras completas, donde se encuentran sus 4 libros de poesía en solitario, su laureada novela El don de Vorace, algunos cuentos, un poemario coescrito con su padre y , gran parte de su diario personal donde queda mejor expresada la sensibilidad del poeta ante un mundo que le resulta siempre ajeno. En una de sus últimas entrevista, Casanova dijo “mi vida es rápida, triste y alegre como un larguísimo rock”, acaso presagiando lo que estaba por venir. Su muerte prematura lo convirtió en una leyenda de la literatura en España —llegó a ser nombrado el Rimbaud español—, sin embargo, en los últimos años se ha convertido en una figura oculta por el polvo del tiempo, mientras que en América ha pasado prácticamente inédito. Más allá de el mito que es su vida, creemos que su obra merece recuperarse; su poesía está llena de una vitalidad juvenil, corazón salvaje desbordado, violencia fugaz que no puede pasar desapercibida. Por ello nos hemos dado a la tarea de traer a todos los lectores de Campos de Plumas una breve muestra de su poesía, que, sin duda, refleja la calidad literaria y la propuesta estética que Félix Francisco Casanova poseía. Invitamos a leerlo, a compartirlo y a seguir descubriendo su belleza de vampiro, siempre Vorace inmortal.

Los viejos bosques

Oye, cuántos mares ahondé en su reflujo vesperal,
cuántas colinas bajo el azul, con mis
podencos mágicos, al chascar la yerba que me tuvo
con mi reina marina.
Devoré la ciudad de niños
meditabundos, los jardines con cuernos negros,
aún me veo en los espejos
sombra desdibujándose, los abanicos de
abuelitas enfermas, drogadas por
el vicio de la soledad.
Qué tristes todos los árboles que suben al monte
deshojados y con caras de viejos. El invierno
cubre el bosque con sus alas, las ratas amarillas
mueren con los pájaros en las cumbres.
Dónde están las piceas que trepé,
los bancos carcomidos por arañas, las alondras
roídas por los hilos del aire.

Qué pena cada plaza de la muerte,
las iglesias y el rifador,
las espumajosas calaveras.

Oye, qué vestuario usan las hojas del otoño y
qué viento las marea.
Indemnes las sangres que jóvenes intercambian y
graciosas sus palabras de pasión.
Paz. Al fondo, la noche de madera,
ya prisión húmeda. Los duendes
en las luces de cristal y el
verde susurrador. Es tiempo
para recordar qué hermoso fue
todo.



A orillas del lago negro

una miniatura de cristal,
el tierno flojel
del ave inverniza
en un montículo de nieve,
dormido en tu regazo
el lirio doblándose
hasta besar el agua,
el mundo se asoma para vernos.



Esta noche deseo ser

absolutamente sensible,
abandonarme en la estela de huellas
que bajan al mar
y formar orilla.
Temblando dibujo mi alma de vaho
en el cristal
y ella misma se borra
cuando escampa.
Esa lejana luz
que ahogo con un solo dedo
es toda mi potencia ajena a mí,
cansado corazón de péndulo
al pie de la escalera.
Quiero ser sauce
bajo lo poderosamente negro,
o final de río
para seguir siendo agua,
palpitación inextinguible.
La fiebre me hace brillar
como vírgula encendida,
todas mis venas conducen al bosque,
al inmenso placer de ser lluvia.
Cada noche que pasa sé menos,
cada noche que doblo por sus cuatro puntas,
espero que acaben todas para saber nada…
y empezar a llenarme.



Proverbio yankee

Las fotografías
de hermosos jóvenes muertos
en trajes de baño
son casi siempre
el más perfecto
de los recuerdos.



Eres un buen momento para morirme

a María José

Amaneciendo y anocheciendo    
a un mismo tiempo,           
cariño, ¿no es ésta la forma        
en que te gustaría vivir?   
En mi cabeza hay un álbum        
de fotos amarillentas         
y lo voy completando con mis ojos,        
con los más leves ruidos,
atrapando olores en el aire          
y en cada sueño que sueño.       
¿Sabes una cosa, pequeña?      
La última página de mi álbum      
tiene tu boca lluviosa mordiéndome un labio,  
un disco de rock’n’roll       
y calcetines de colores.     
Mis ojos han sido rápidos,            
te he hecho el amor con la ropa puesta
a través de una       
larga pajita dorada
mientras cruzabas la calle            
con el cabello ardiendo.    
Pero ahora son tus pies    
quienes dan mis pasos,    
¡así que no te equivoques           
pues me caería!      
Te bebo en cada vaso de agua   
que sacia mi sed,   
mis palabras son claras como niños pequeños           
o espesas como semen empapando cortinas,
pero hoy tengo que inventar        
un nuevo idioma     
para conversar con tus tiernos maullidos eléctricos   
y los gritos de euforia        
de la gente que vive en tu cabeza.         
Debes saber que a veces            
soy como un entierro interminable,        
siempre triste y azul           
subiendo y bajando           
por la misma calle.
Pero otras veces soy un río de risa        
corriéndome por toda la ribera,   
haciendo el amor a la mar,           
una felicidad contagiosa,  
un revólver de amor, nena,          
y voy a disparar justo a tu corazón         
¡bang, bang!            
¿te di?          
Quiero arrollarte, enrollarte y arrullarte,
montaña de aguardiente   
y tarde rojiza.          
Eres un buen momento para morirme.


Síndrome N° 7

Nada vale una vida            
excepto otra vida,   
así la luz de los ojos de madre    
guiará mi balsa       
serena y abismal.

Félix Francisco Casanova (Santa Cruz de Tenerife, 1956 – Ibíd., 1976). Poeta y escritor. Desde muy joven se dedicó a la lectura de poetas clásicos. La música constituyó una parte fundamental para su desarrollo literario, y así fundo el grupo de rock alternativo Hovno. Estudió la carrera de Filología Hispánica en la Universidad de La Laguna, pero, por su prematuro fallecimiento, no pudo concluirla. A pesar de ello, Félix Casanova dejó obra extensa, por la cual fue galardonado con el Premio de Poesía de Canarias —a su libro El invernadero (1973)—. Obtuvo también el Premio de Novela Pérez Armas por El Don de Vorace (1974) y el premio otorgado por el periódico La Tarde, por su poemario Una Maleta llena de Hojas, que constituye la segunda parte del título póstumo La Memoria Olvidada (1980). Después de esas publicaciones, su padre, el poeta Félix Casanova de Ayala, publicó parte de su obra en antologías varias y en 2017 Editorial Demipage imprimió sus Obras completas, dando un cierre digno a esta obra, que ha influido en lo posterior a diversos cantautores y poetas, como Francisco Javier Irazoki o Jabier Muguruza.