Un espacio ventilado

Sergio Orduña

Arte: Erika Santinelli

A mi madre la enterramos un sábado por la tarde. Murió tres días antes, también por la tarde. El sepelio tuvo lugar en el mausoleo que yo mismo diseñé y mandé construir sin avisarle, pues ella lo habría desaprobado.

Esa noche soñé con el funeral. Tras recibir el pésame de familiares, amistades y desconocidos, me acerqué al ataúd abierto para despedirme. Cuando miré su rostro, abrió los ojos y me regañó:

—Estoy molesta contigo. Bien sabes cuánto desapruebo los gastos inútiles. Además, me siento sofocada en este búnker; no entra luz y falta ventilación, ¡siquiera una ventanita le hubieras dejado!

Iba a explicarle, pero me atajó:

—No vine a discutir. Vine a pedirte que me lleves mis cigarros y el libro que estaba leyendo. Ambos deben estar sobre el buró. Ah, claro, también trae la lámpara.

Y cerró los ojos.

Al día siguiente anduve ocupado con asuntos funerarios y fue hasta la tarde que pude llevarle su pedido. No pasa nada, pensé, siempre leyó de noche.

Un par de semanas después, de nuevo apareció en mi sueño. Esta vez lucía contenta.

—Estoy contenta —me dijo—. Los vecinos son amables y algunos tienen mi edad. Les encantó mi chalet —así lo llaman, je, je—, y como es novedad, ahora es el centro de reunión. Queremos iniciar un círculo de lectura. Necesito que mañana me lleves más libros; novelas y biografías; no traigas esos cuentos raros que tú lees… Ni les entiendo y me ponen de malas.

—Haré lo posible, pero no te aseguro poder ir mañana —le expliqué—. Tengo un día atareado.

Como si yo no hubiera hablado, continuó:

—Mañana trata de ir más temprano… no queremos empezar tarde pues a varios nos gana el sueño. Por cierto, trae la cafetera.

Y se marchó.

“Algunas personas, muertas, siguen siendo demandantes”, pensé.

Moví citas para atender su pedido. A las cuatro de la tarde llegué al cementerio. Por iniciativa propia llevé sillas apilables. Las estaba acarreando al mausoleo cuando escuché un saludo:

—Buenas tardes, joven.

Volteé y reconocí al cuidador.

—Buenas tardes, amigo.

—Ah, es usted —me reconoció—. Permítame, le ayudo. ¿Va a ofrecer una misa para su madre? ¿Una oración? ¿Cuántas personas vienen? Me hubiera avisado para preparar todo.

—No se preocupe, amigo, nadie viene. Las sillas son para los vecinos de mi madre; hoy empiezan su círculo de lectura. Veamos cuántas entran.

Se detuvo y me miró con seriedad. Entrecerraba los ojos como quien cavila un misterio. De súbito, parecía apesadumbrado. “Es un buen hombre, pero a su edad se cansa”, pensé. Al final suspiró:

—De acuerdo, joven. A ver, le ayudo a acomodarlas.

Dos noches después, mi madre irrumpió en mitad de un sueño apacible. Parecía alterada:

—Me urge que abras la ventana que te pedí. Te dije que falta ventilación y ahora con las reuniones es peor: se encierra el aire y en un ratito huele a muerto. Te lo encargo.

Y se fue.

Temprano localicé al contratista y lo cité al mediodía. Tomábamos medidas del hueco cuando se acercó el cuidador.

—Buenas tardes, joven. ¿Qué hacen?

—Hola, amigo, qué bien que lo veo. Le platico: vamos a instalar una ventana.

—¿Una ventana?

—Así es. Mi madre me la pidió; dice que adentro está oscuro y no corre el aire.

De nuevo, noté su mirada seria. 

—Parece que su madre no se termina de acomodar en su nuevo hogar, ¿cierto? Ojalá pronto se sosiegue y encuentre descanso… Y usted también, joven.

—¡Dígamelo a mí! Yo, qué más quisiera que ya se apacigüe. Pero, pues ya lo ve: no se está quieta.

Sin dejar de mirarme, el hombre se rascó la cabeza y luego el cuello. Parecía reflexionar. Al final suspiró:

—Pos, ni hablar, ¿verdad?, a la jefecita lo que pida.

No había pasado un mes cuando mi madre volvió a visitarme. Nada más verla, supe que traía algún apuro.

—Traigo un apuro y necesito tu ayuda: las reuniones son un alboroto y se salen de control. Todos quieren leer y no se respetan los turnos. Nada más fastidioso que un pleito de viejitos actuando como niños… Me quiero morir.

—Ya no te angusties, madre —le dije—. ¿Qué necesidad? A estas alturas, ya no estás para lidiar con viejitos necios. Lo que debes hacer es descansar en paz.

Como si yo no hubiera hablado, continuó:

—Resolvimos que el remedio es conseguir alguien neutral para que nos lea. Alguien de fuera. Entonces, pensé en ti. Ya se los propuse y están todos de acuerdo. Te esperamos mañana a las seis.

—¡Madre, es el colmo! —exploté—. No puedes disponer así de mi tiempo sin consultarme. Mañana es imposible que vaya. Tengo una cita justo a las seis y no pienso moverla… Ni pienso tampoco seguir permitiendo tu desconsideración: nunca me preguntas cómo estoy, cómo sobrellevo tu muerte… ¡Ni siquiera me has dado tu pésame!

Mi madre me miraba con ojos muy abiertos. Así los mantuvo mientras iniciaba un fuerte suspiro; lo terminó diciendo “olvídalo, ya veré cómo lo resuelvo”, y se fue.

El resto de la noche tuve sueños revueltos. Mi madre interrumpía mi cita de las seis y casi en llanto me decía: “Ya ni te molestes en ir a leernos: nos peleamos y se desbarató el grupo. ¡Gracias!”

La acompañaba el cuidador; mientras la tomaba del brazo para retirarse, me miraba con reprobación. “Ya ni la amuela, joven. Mire nomás qué mortificada quedó su mami. Acuérdese: a la jefecita lo que pida”.

Desperté arrepentido. El cuidador tenía razón. Cancelé la cita de las seis y apuré mis actividades para llegar con tiempo. A las cinco y media me apersoné en el cementerio y recorrí con prisa el andador hasta el mausoleo. Casi llegando, noté luz por la ventana abierta, sentí el humo mentolado de los cigarros que fuma mi madre. Me asomé: al centro, rodeado de sillas, estaba sentado el cuidador, leyendo en voz alta el libro que con ambas manos sostenía.

Sergio Orduña (Coahuila, 1968). De profesión Arquitecto, acude desde 2019 al Taller de escritura creativa Malix, en la ciudad de Cancún.