La habitación doble

Charles Baudelaire

Arte: Gabriela Buenrostro

Una habitación parecida a una ensoñación, una habitación verdaderamente Espiritual, donde la atmosfera anquilosada está ligeramente teñida de rosa y de azul.

El alma toma en ella un baño de pereza, perfumado de pesar y deseo. Allí algo crepuscular, azulado y rosáceo; un sueño de voluptuosidad durante un eclipse.

Los muebles tienen formas alargadas, postradas, languidecidas. Parecen soñar. Diríamos que están dotados de una vida sonámbulica, como lo vegetal y lo mineral. Las telas hablan una lengua muda, como las flores, como los cielos, como las puestas de sol.

Sobre las paredes, abominación artística ninguna. Relativo al sueño puro, a la impresión sin analizar, el arte definido, el arte positivo es una blasfemia. Aquí, todo tiene la suficiente claridad y la deliciosa oscuridad de la armonía.

Un aroma infinitesimal de la variedad más exquisita —al que se mezcla una ligerísima humedad— nada en esta atmosfera donde el espíritu somnoliento es arrullado por sensaciones de cálida estrechez.

La muselina llueve, abundante, ante las ventanas y la cama; se derrama en cascadas níveas. Sobre esa cama está acostada la Ídolo, la soberana de los sueños. Pero, ¿cómo está aquí? ¿Quién la trajo? ¿Qué poder mágico la instaló sobre ese trono de ensoñación y voluptuosidad? ¡Qué más da!  ¡Hela aquí! Yo la reconozco.

¡He ahí esos ojos cuya llama atraviesa el crepúsculo; esas sutiles y terribles mirillas que reconozco por su sorprendente malicia! Atraen, conquistan, devoran la mirada del imprudente que las contempla. Las he examinado a menudo, esas estrellas negras que exigen curiosidad y admiración.

¿A cuál benevolente demonio le debo el estar tan rodeado de misterio, de silencio, de paz y de perfumes? ¡Oh beatitud! ¡A eso que generalmente llamamos vida, incluso en su expansión más feliz, nada tiene en común con esta vida suprema que ahora conozco y que saboreo minuto a minuto, segundo a segundo! 

¡No! ¡Ya no están los minutos, ya no están los segundos! El tiempo ha desaparecido; ¡la Eternidad es quien reina ahora, una eternidad de ambrosías!

Pero un golpe terrible, pesado, resonó en la puerta, y como en sueños infernales, me pareció que recibía un picotazo en el estómago.

Y luego, ha entrado un Espectro. Un ujier que viene a torturarme en nombre de ley; una infame concubina que viene a berrinchar y a sumar las trivialidades de su vida a los dolores de la mía; o es más bien el recadero de un director de periódico que exige la continuación del manuscrito.

La habitación paradisíaca, la ídolo, la soberana de los sueños, la Sílfide, como decía el gran René: toda esa magia ha desaparecido con el golpe brutal del Espectro.

¡Qué horror! ¡Lo recuerdo! ¡Lo recuerdo! Ese cuchitril, morada del eterno hastío, sí que es el mío. Y ahí los muebles sonsos, polvorientos, desgastados; la chimenea sin llama y sin brasa, manchada de escupitajos; las tristes ventanas donde la lluvia ha trazado surcos entre el polvo; los manuscritos tachados o incompletos; el almanaque en el que el lápiz ha marcado las fechas siniestras.

Y ese perfume de otro mundo, del que me embriagaba con una sensibilidad perfeccionada ¡Ay! Fue sustituido por un fétido olor a tabaco mezclado con no sé qué podredumbre nauseabunda.  Ahora se respira aquí lo rancio de la desolación.

En este estrecho mundo, pero tan lleno de inmundicia, un único objeto conocido me sonríe: la ampolla de láudano, vieja y terrible amiga, como todas las amigas ¡Ay! fecunda en caricias y traiciones.

¡Oh! ¡Sí! El Tiempo reapareció; el Tiempo reina ahora soberano; y con el repugnante vejete volvió todo su demoníaco cortejo de Recuerdos, de Pesares, de Espasmos, de Miedos, de Angustias, de Pesadillas, de Iras, de Neurosis.

Les aseguro que los segundos son ahora fuerte y solemnemente marcados; y cada uno al saltar del péndulo dice: “¡Soy la Vida, la insoportable, la implacable Vida!”.

Sólo hay un Segundo en la vida humana para anunciar una buena nueva, la buena nueva que suscita en todos, un inexplicable miedo.

¡Sí! El Tiempo reina; ha vuelto a su brutal dictadura. Y me empuja, como si fuese una res, con su doble rejón “¡Grazna, burro! ¡Suda, esclavo! ¡Vive, condenando!”

Trad. Sharly Ramírez

La chambre double

Une chambre qui ressemble à une rêverie, une chambre véritablement spirituelle, où l’atmosphère stagnante est légèrement teintée de rose et de bleu.

L’âme y prend un bain de paresse, aromatisé par le regret et le désir. – C’est quelque chose de crépusculaire, de bleuâtre et de rosâtre ; un rêve de volupté pendant une éclipse.

Les meubles ont des formes allongées, prostrées, alanguies. Les meubles ont l’air de rêver ; on les dirait doués d’une vie somnambulique, comme le végétal et le minéral. Les étoffes parlent une langue muette, comme les fleurs, comme les ciels, comme les soleils couchants.

Sur les murs nulle abomination artistique. Relativement au rêve pur, à l’impression non analysée, l’art défini, l’art positif est un blasphème. Ici, tout a la suffisante clarté et la délicieuse obscurité de l’harmonie.

Une senteur infinitésimale du choix le plus exquis, à laquelle se mêle une très légère humidité, nage dans cette atmosphère, où l’esprit sommeillant est bercé par des sensations de serre chaude.

La mousseline pleut abondamment devant les fenêtres et devant le lit ; elle s’épanche en cascades neigeuses. Sur ce lit est couchée l’Idole, la souveraine des rêves. Mais comment est-elle ici ? Qui l’a amenée ? quel pouvoir magique l’a installée sur ce trône de rêverie et de volupté ? Qu’importe ? la voilà ! je la reconnais.

Voilà bien ces yeux dont la flamme traverse le crépuscule ; ces subtiles et terribles mirettes, que je reconnais à leur effrayante malice ! Elles attirent, elles subjuguent, elles dévorent le regard de l’imprudent qui les contemple. Je les ai souvent étudiées, ces étoiles noires qui commandent la curiosité et l’admiration.

A quel démon bienveillant dois-je d’être ainsi entouré de mystère, de silence, de paix et de parfums ? Ô béatitude ! ce que nous nommons généralement la vie, même dans son expansion la plus heureuse, n’a rien de commun avec cette vie suprême dont j’ai maintenant connaissance et que je savoure minute par minute, seconde par seconde !

Non ! il n’est plus de minutes, il n’est plus de secondes ! Le temps a disparu ; c’est l’Éternité qui règne, une éternité de délices !

Mais un coup terrible, lourd, a retenti à la porte, et, comme dans les rêves infernaux, il m’a semblé que je recevais un coup de pioche dans l’estomac.

Et puis un Spectre est entré. C’est un huissier qui vient me torturer au nom de la loi ; une infâme concubine qui vient crier misère et ajouter les trivialités de sa vie aux douleurs de la mienne ; ou bien le saute-ruisseau d’un directeur de journal qui réclame la suite du manuscrit.

La chambre paradisiaque, l’idole, la souveraine des rêves, la Sylphide, comme disait le grand René, toute cette magie a disparu au coup brutal frappé par le Spectre.

Horreur ! je me souviens ! je me souviens ! Oui ! ce taudis, ce séjour de l’éternel ennui, est bien le mien. Voici les meubles sots, poudreux, écornés ; la cheminée sans flamme et sans braise, souillée de crachats ; les tristes fenêtres où la pluie a tracé des sillons dans la poussière ; les manuscrits, raturés ou incomplets ; l’almanach où le crayon a marqué les dates sinistres !

Et ce parfum d’un autre monde, dont je m’enivrais avec une sensibilité perfectionnée, hélas ! il est remplacé par une fétide odeur de tabac mêlée à je ne sais quelle nauséabonde moisissure. On respire ici maintenant le ranci de la désolation.

Dans ce monde étroit, mais si plein de dégoût, un seul objet connu me sourit: la fiole de laudanum ; une vieille et terrible amie; comme toutes les amies, hélas! féconde en caresses et en traîtrises.

Oh ! oui ! Le Temps a reparu ; le Temps règne en souverain maintenant ; et avec le hideux vieillard est revenu tout son démoniaque cortège de Souvenirs, de Regrets, de Spasmes, de Peurs, d’Angoisses, de Cauchemars, de Colères et de Névroses.

Je vous assure que les secondes maintenant sont fortement et solennellement accentuées, et chacune, en jaillissant de la pendule, dit : – « Je suis la Vie, l’insupportable, l’implacable Vie ! »

Il n’y a qu’une Seconde dans la vie humaine qui ait mission d’annoncer une bonne nouvelle, la bonne nouvelle qui cause à chacun une inexplicable peur.

Oui ! le Temps règne ; il a repris sa brutale dictature. Et il me pousse, comme si j’étais un bouf, avec son double aiguillon. – « Et hue donc ! bourrique ! Sue donc, esclave ! Vis donc, damné ! »

Charles Baudelaire (Paris, 1821 – 1867). Poeta, traductor, ensayista y crítico de arte. Prominente figura de la literatura francesa imposible de resumir. Entre sus obras destacan Les Fleurs du mal (1857), Les Paradis artificiels (1860), Le Spleen de Paris (1869-póstumo) y Le Paintre de la vie moderne (1963). Ajusticiado por los cánones morales de su tiempo, sus intereses, posturas y prácticas estéticas lo convirtieron en blanco de censura e incomprensión; sin embargo, su apuesta vivencial y escritural por una estética del arte poético supone un parteguas en la traducción poética occidental.

Sharly Ramírez (Venezuela, 1990). Traductora y lingüista. A lo largo de su formación en Venezuela, Francia, Colombia y México, ha centrado sus labores en la traducción, la docencia y la edición. Licenciada en Idiomas Modernos y especialista en Lingüística y Literaturas Hispánicas (ULA, Venezuela); cursó Estudios editoriales en el Instituto Caro y Cuervo (Colombia). Actualmente es tesista de la Maestría en Traducción de El Colegio de México. En el ámbito académico, dedica especial atención a la traducción de la literatura en contextos poscoloniales, y a la enseñanza del francés y las literaturas francófonas. Tiene en su haber la traducción de El espíritu de las cosas (Paidós, 2018) y Revoluciones (Paidós, 2019).