Eclipse

Rolo Díez

Arte: Luixchel

I

Cae la noche y no hay adónde ir. Las bestias lanzan roncos lamentos a la oscuridad; los árboles parecen querer abrazarse con sus propias ramas. Colgados de una corbata o de una lanza, manadas de cromagnones alzan al cielo sus cabezas. Hoy verán la muerte y la resurrección del sol; algo podrán atisbar sobre los temores y esperanzas que han empedrado el camino de los dioses. Nada vulgar promete el día, el hermano cromagnon lo sabe y está dispuesto a aprovecharlo.

No es mi caso. Yo tengo por delante una sola tarea: hablarle porfiadamente a Melina del amor y de la vida, pedirle que no se vaya, al menos mientras la luz no vuelva.

Cuando el jefe avisó que llevaría una mujer a Puerto Escondido, masticando el puro para señalarlo después con él, fiel a películas de gangsters, y le dijo: “Necesito tu ayuda, contador. Tengo mucho trabajo y no puedo ocuparme de la vieja. Quiero que andes por ahí cerca y la saques a pasear”, Aníbal no se hizo preguntas. El jefe era el jefe y él apenas era un contador.

El primer domingo cenaron pastas y mariscos en un restaurante italiano. Allí la conoció. Sin exagerar, una linda muchacha. Muy blanca, como le gustaban al jefe.

—Vamos a mejorar la raza, contador. Oye, tú a mí, ¿me ves negro?

—Apiñonado, jefe. Así somos los mexicanos.

—Tú eres más blanco que yo.

Apenas, jefe.

—¿De indio no tengo nada, cierto?

—Ni una pluma, jefe.

El jefe entornaba los párpados —igual a George Raft—, para investigar si acaso el contador lo estaba cotorreando. Se volvía después hacia la mujer y hablaba con ella.

Así fue el encuentro de Aníbal y Melina. Sin flechazos para nadie y sin señales de que alguna vez pudiera haberlos.

Como los animales y las plantas, las mujeres sienten el soplo turbio que les muerde la sangre. Quizá la naturaleza las incluye en un idioma que nos ha sido negado, o quizá ocurre, simplemente, que las muchachas son asustadizas y en la noche vuelven a ser niñas. De poder intentarlo, quisiera amar el cuerpo de Melina. Con tal oficio agregado a nuestros afanes, que la relojería de las células trabaje para llevarnos al placer exactamente cuando la noche se hace día. Tengo en mi boca su boca mojada por el mar. Ese primer beso salado que, puedo pensarlo ahora, era un aviso de la mala suerte.

El mar juntó a Melina y Aníbal y lo hizo a su manera, con la paciencia con que ha pulido las rocas, aprovechando las partículas sobrantes para tender el lecho de las playas.

¿Por qué los juntó el mar?… la pregunta remite a las azarosas aventuras. Quizá entre las infinitas barajas repartidas por la suerte haya dos marcadas de tal manera que, de producirse, su encuentro no pueda pasar inadvertido, obligándolas, al verse espada y corazón, reina de cartón y rey pintado, a decidir sus apuestas en el más importante de los juegos. Admitido el truco que propone tanto la existencia como el encuentro de la pareja, aunque las posibilidades abiertas para ambos son infinitas, conviene hablar de dos. Pueden el uno o la otra fallar en el momento culminante, volverse el rey a la baraja y la reina a sus potingues, elegir la ventajosa cobardía, conformarse con la idea de que hay millones de ofertas en la calle, que cosas así ocurren cada mañana, que la sensatez debe mandar sobre el delirio y que nadie puede andar arrojándolo todo por la borda… Argumentos tan sólidos como conocidos, porque así somos o así nos hemos acostumbrado a ser… Sin embargo, bella y terrible, queda otra opción: si una mujer y un hombre están dispuestos a jugarlo todo y perderlo todo, el gran juego se encargará de juntarlos. Pequeños dioses bajo estrellas heladas, abrirán caminos a la libertad.

La primera vez que él dijo “me hubiera gustado conocerte antes”, ella movió apenas los labios en esbozo de sonrisa y le aplicó unas pupilas de niña de mil años.

El hombre y la mujer se acostumbraron a tolerar la presencia del jefe al terminar cada jornada. Escaso precio comparado con dos largas semanas en una playa donde, a pesar de vendedores, hotelería y otros avances de la industria turística, se conservaban arenas apacibles y grandes pájaros cruzaban la humedad de los crepúsculos.

Solos y juntos la mayor parte del día, el contador y la señora dejaron pulir sus asperezas por los trabajos del mar, se sorprendieron perdiendo recelos y egoísmos; nadie lo dijo, pero los dos intuyeron que a veces perder es ganar, y que delante de sus pasos, otra playa crecía.

—¡Ah, si te hubiera conocido antes! —repetía Aníbal, con una cara y unos gestos creados para decirlo todo.

Hasta que Melina puso un dedo contra su pecho, suave cañón apuntado a sus entrañas, machacó azul contra café, los ojos de ella contra los suyos, y lo asaltó:

—Me conoces ahora. ¿Qué piensas hacer?

Y Aníbal supo que para ninguno de los dos habría retorno.

Todo cambiaba cuando el jefe estaba con ellos. Era como si los multiplicados brillos del aire y de las aguas cedieran paso a una fuerza que amenazara extinguirlos. El mito del combate entre la luz y las tinieblas planeaba sobre las cabezas del trío como un cormorán de alas oscuras.

—¿Qué hicieron hoy? —investigaba el jefe.

Melina le aplicaba sus cambiantes miradas azulverdosas, y el contador se apresuraba a responder.

—Caminamos por la playa. Vimos sacar del mar un pez espada gigantesco, tres metros de carne más otro de espolón. Comimos en la pizzería. Alguien ha traído un tejón. Un bicho   simpático que anda tranquilamente por la calle, entra y sale de los restaurantes, y ya es como una mascota del lugar.

—¿Lo pasas bien, mi reina? —preguntas directas, tras la confirmación de que el jefe hacía lo mejor para todos.

—Quisiera quedarme a vivir aquí —palabras que decían más de lo escuchado, porque Puerto Escondido era nuevo para Melina, y su relación con ese nuevo lugar incluía un ingrediente insoslayable: la presencia de Aníbal.

Afortunadamente el jefe se relacionaba mejor con el narcotráfico que con el sicoanálisis, y no se preocupaba por bucear en las barrosas aguas de los significados. Comprobaciones capturables en la superficie le bastaban: Melina estaba contenta; él hacía lo mejor.

—¿Necesitas dinero?

—No. Gasto poco aquí.

—¿Y tú, contador?

—Yo, mi jefe, necesito mucho dinero. Pero eso me ha pasado en los últimos cuarenta años, y tal parece que me voy acostumbrando.

Los tres sonreían y el jefe afirmaba otra verdad: quien pagaba era él. Y, con dos verdades en una sola cena, debía sentirse en paz y seguro de sí mismo.

Realidad y fantasía se disputan la creciente opacidad del paisaje. La sombra irrumpe por la ventana y los seres humanos sospechan que todo dista de ser sencillo. Las cosas son y no son al mismo tiempo. La verdad es tan real como una luna en el fondo del pozo. La eternidad vuela en las alas de la mariposa. Y yo, llamado a destapar el naipe del amor y de la muerte, regreso a la memoria del paraíso convertido en el exiliado que vivirá para llorar sobre unas ruinas. Por eso me quedaré a tu lado, quisiera que me hables y me quieras, antes de que el sol regrese y sea tarde, Melina.

—¿Y ahora qué hacemos? —dijo uno de los dos, mirando a lo lejos, como si los ojos arrojados al horizonte impidieran ver que ninguna opción era fácil.

—No sé —respondió el otro, como si observar el fuego que sale de la tierra y vuela hasta hundirse en el mar permitiera volverse niño y cromagnon, creer en los milagros.

No podían hablar con el jefe, hombre que, aparte de no entender nada, decidiría matarlos. Menos podían evitar sentir lo que sentían. Podían huir y eso significaría que la libertad los volvería miserables. Entonces…

Si somos tres, alguien sobra —sentenció uno.

El otro agrandó pupilas en silencio.

—Debemos decidirlo juntos.

—No puedo hacer eso.

—Es la única solución. O sobra él o sobramos nosotros.

—No puedo. Hay cosas que no puedo hacer, porque no he nacido para ellas.

—…

—…

—Dilo.

—De acuerdo; ni tú ni yo sobramos.

Ciudadanos del siglo veintiuno, creemos haber puesto al día nuestros miedos. Ya no tememos al trueno ni al mamut, lo que nos espanta es la pobreza, la enfermedad, el rechazo de otros… Al consolar a un niño somos fuertes; dar limosna nos hace poderosos; minimizamos nuestras miserias y decimos: “es la vida”. Sin embargo, en la noche aún se alza la casa del miedo. Ni el niño ni el cromagnon se han ido. Con un golpe de sangre en la boca, podemos despertar aullando en la oscuridad.

Analizadas las posibilidades se concluyó que el mar ofrecía los mejores escenarios. En tres días más estaba previsto volver a Guadalajara. Un lugar al que, por necesidades de su oficio, tanto los policías como el resto de la banda conocían bien. Al mar, en cambio, no lo conocía nadie. Y nadie dejaba huellas en el mar. Un crimen podía pasar por accidente. Bastaba planearlo bien y no dejar indicios a la vista.

—¿Tú crees?

—Con seguridad. Eso creo.

En once mañanas y once tardes habían contado sus historias: Melina, oriunda de Morelia, hija de profesores de escuela secundaria —gente con sabiduría y sin dinero—, dotada de inclinaciones poco exploradas hacia la plástica y la danza; y Aníbal, contador de la mafia, que no estudió para eso, pero en eso terminó, con un divorcio a las espaldas y ganancias suficientes para vivir cómodamente. Suponiendo que tal palabra fuera la adecuada, porque a veces el contador se descubría confundiendo comodidad con resignación.

Huyendo de las precariedades, Melina cayó en la trampa de una casa chica. No le faltaba nada, pero tampoco tenía nada. El jefe era el dueño de la casa y era también el dueño de la señora de la casa.

Aníbal apenas recordaba el rostro de un ávido cachorro, tan pobre de dinero como rico en esperanzas. Todo cambió para él radicalmente, y fue para peor.

—¡Ah, si nos hubiéramos conocido antes!

—Nos conocemos ahora. ¿Qué vamos a hacer?

—Sólo podemos matarlo.

Uno tenía miedo; el otro estaba aterrado. Discutieron cómo hacerlo y un proyecto se impuso. El jefe no sabía nadar. Debían sacarlo de la bahía, llevarlo mar adentro y perderlo en el agua. La posibilidad sería la pesca; actividad que el jefe disfrutaba y podían aprovechar. Fácil o difícil, debían subirlo a una barca y dejarlo en el fondo del mar.

La oportunidad se presentó sola. Mientras cenaban los tres, como ya era costumbre, conforme al plan de los conspiradores, Aníbal tocó el tema de la pesca. Sorpresivamente, el jefe se sumó a la idea con un entusiasmo superior al suyo.         

—Vamos a ir a pescar, contador. Tú y yo. ¿Qué opinas?

—Excelente, jefe. Basta negociar la renta de una embarcación con alguno de los lancheros de la costa.

—Conviene salir de noche. A eso de las cuatro de la mañana. Así lo hacíamos en el Golfo, cuando estábamos en San Felipe.

Melina se esforzaba para evitar que delatoras ansiedades desbordaran su laboriosa serenidad. 

—Ya es viernes y volvemos a la ciudad el domingo. ¿Cuándo van a ir?

—En la madrugada del domingo pescamos, contador. Tú encárgate de todo y mañana por la noche me avisas.

La inminencia de lo irremediable y los cambios avecinados recorrían las venas de Aníbal como desenfrenados carros de una montaña rusa. Veía crecer la niebla en los ojos de Melina, como si el faro que guía a los navegantes intentara avisarles que marchaban al naufragio. Por un momento el contador vacilaba.

—Ojalá consigamos una lancha. Pueden estar ocupadas.

Y los ojos de Melina se nublaban más, y el jefe desdeñaba la posibilidad, apuntándole con su tabaco.

—Tú ve y consíguela. Quiero pescar. Puedo comprar todas las pinches lanchas de la bahía.

La noche late en el corazón de la soledad. No se trata de una pasajera depresión ni de otros asuntos conjurables. Este patético espantajo que somos está solo. Así llegó al mundo y así se irá. Disponemos de todos los trucos, eso es cierto, como también lo es que somos maestros en el autoengaño. Amigos, parejas, orgasmos, botellas, música, dinero, viajes, ocupaciones, familia… Toda la parafernalia de la vida en sociedad puesta al servicio de una sola función: crear la rutina necesaria para olvidar que estamos solos. Irrisoriamente culpables de haber nacido, cierta oscura nostalgia nos avisa que hay un solo remedio para la soledad. Es triste saberlo y también tranquilizador. Nada puede hacerse y sólo queda continuar. Pequeños azares modificarán nuestras existencias, algunos intereses nos distraerán, hasta que nos toque depositar el chispazo que fuimos en una playa vacía, sumado a piedras en espera y otras piedras que vendrán.

Todo ocurrió como se había previsto. De dos hombres que entraron en el mar, sólo uno regresó. Despierta desde la partida, Melina fumaba en el hotel.

Con la muerte en el rostro y en el alma, Aníbal cruzó la habitación. Besó los labios tensos y rehuyó el choque con las pupilas verdeazuladas.

Melina esperó en silencio, como era su costumbre. Así esperaba la llegada, una vez por semana, del hombre que la llevó con él y la metió en una casa, diciéndole: «este es tu reino, aquí mandas tú», para llegar después a visitarla los jueves por la tarde. Esperaba así cuando, en Morelia, su papá le hablaba de Ciudad de México y le contaba del mar, acariciando sus cabellos. “Un día estudiarás, serás una pintora o una bailarina famosa y tu madre y yo estaremos orgullosos de ti”. “Cuando llegue el verano iremos al mar. Hay una playa aquí, en Lázaro Cárdenas. No es la mejor para bañarse, pero el mar, aun cuando se enoja, es como un interminable campo azul. Haz de cuenta que tus ojos son las calles y los montes y todo lo que ves. Así es el mar”.

La mujer dejó vagar la sonrisa de labios cerrados. Comprendió que a orillas de un tiempo nuevo se despedía de su padre. Quizá elegía a su padre para despedirse, con un recuerdo amable, de cada pedazo del pasado.

—Necesito un trago —dijo Aníbal, en tópico tributo a conductas relacionables con emociones fuertes.

—Yo te lo sirvo, contador —tímido chiste retribuido con pálida sonrisa.

Los amantes carecían de planes para el futuro. Eso vendría después. Probablemente entre otro cigarro y el trago. Hasta ese domingo, refundando la existencia en el conocimiento mutuo, asistieron a las estupefacciones del amor. Proceso decretado mágico que reactivó una vieja leyenda, a la cual, con el fervor de quien nada sabe y todo lo espera, se sumaron en la infancia: “Hay una persona que te ha sido destinada; ella te abrigará y consolará; es fuerte como un árbol y tiene la belleza de un tigre entre las flores”. Y luego, con la burbujeante facilidad demostrada por los amantes para aceptar milagros, trabajaron para convertir el sueño en realidad. Lo hicieron bien. De la única manera que arroja resultados importantes: saltando al abismo con los ojos abiertos, desechado el paracaídas y sin averiguar si abajo hay agua o piedras.

Dos semanas en la frontera que ata los cuerpos a los dones prodigados por la imaginación universal. La felicidad y el amor existen cuando alguien los inventa. Con esa verdad, las bocas lamen piedras y se apuesta todo a los colores de una fatamorgana.

—¿Sabes que hoy habrá un eclipse? —Aníbal acabó su trago y se sirvió otro.

—No sé nada de lo ocurrido en las últimas dos semanas.

Lo escuché en la playa. Un rato más y se hará de noche. Habrá un eclipse completo de sol.

“Ahora, pensó Melina, partiremos. Nos esperan días difíciles, porque hemos agredido a la vida y eso es terrible. Pero el amor es más fuerte y en el amor encontraremos nuestra redención”.

—Debemos avisar a la policía. ¿Estás seguro de que todo salió bien?

—No te preocupes. Termino este trago y llamo.

La mujer se acercó a la ventana y miró el mar. En algún lugar de ese encrespado azul oscurecido vagaba el cuerpo del hombre que fue su dueño. Ahora ella estaba libre. Su vida ya no sería la espera del señor de todo que viene a cenar y fornicar una vez a la semana. Aníbal era un hombre tierno y necesitado de cuidados. Melina pagaría sus culpas de la mejor manera, amando hasta el fin de sus días al amado que le enseñó el amor.

Una línea negra cruzó el mar y sus reflejos tiñeron la mirada de Melina. La noche entraba en la habitación del hotel furtivamente, como el testigo que ha elegido no ver ni oír ni hablar, no enterarse de nada y dejarse llevar por los sucesos.

Con la cara perdida de lágrimas, Aníbal se acercó a la mujer que, de espaldas a él, simulaba flotar en las sombras. Alzó sus manos hacia la cabeza inmóvil.

Debería haberte conocido antes —dijo.

Y disparó.

II

Cuando el jefe dijo “quiero saber si esa mujer me engaña, contador”, Aníbal pensó que su jefe pedía mucho y daba mucho. Podía responder que él no trabajaba de alcahuete, salir dando un portazo, buscar otro trabajo y vivir para esperar la ráfaga que borraría todos sus números. Escuchó: “tú serás el anzuelo, contador. Enamórala. Te doy permiso. Te lo ordeno. Por si tengo razón y mala suerte, y nos toca actuar después, pídeles documentos a los muchachos y reserva un hotel con nombres falsos”. Y cuando una semana después Aníbal rindió su informe, vio al jefe pensativo: “necesitamos un plan que no me comprometa”. No eran sólo palabras. Quería decir «piensa, hazme una propuesta». Y Aníbal tuvo que pensar y hacer una propuesta. “De acuerdo, contador. No me equivoqué al elegirte. Vas a ganar buen dinero. De acuerdo. Una lancha y luego un yate que me deje en Acapulco. De ahí vuelvo en avión. Tú regresas después que hayan limpiado la habitación y pagas otro día en el hotel. Usas la pistola con el silenciador. Tomas un camión a Oaxaca y apenas llegas te vas al aeropuerto. En la noche nos juntamos para cenar. A esa perra la encontrarán al día siguiente”. 

En la noche más corta espero la más larga. En cierto sentido, como tú. ¡Lástima no habernos conocido antes! Sinceramente creo que hubiéramos podido ser felices. Ya sabes, lo que nos toca, una mordida en la torta y a seguir aguantando vara. Porque la vida, mi pequeña Melina, se parece poco a dos semanas de vacaciones. Piénsalo, al fin que ya no debes ocuparte de nada. ¿Qué íbamos a hacer tú y yo? Un gris contador y una frágil muchachita, sin dinero y a merced de los cuernos de chivo pagados por el jefe. No teníamos chance, Melina. Lo sé porque en mi oficio se aprende a medir la realidad con base en una estimación de riesgos y posibilidades. Créeme, cuando esta historia empezó ya tenía final. De algún modo quizá sea mejor así. A ti te tocó atravesarla como esas mariposas que pasan por la playa. ¿Tú sabes, Melina, que la mariposa vive siete días? En una semana es niña, adolescente, joven, madre y abono de la tierra. Su belleza es eterna porque jamás se marchita. ¿Tú te imaginas, dime, a Romeo y Julieta con ochenta años, feos, rencorosos, agrios y arrugados? No quisiera ese destino para ti… No sé, mujer… en un minuto volverá el día y nos despediremos para siempre. Volveré a ser quien soy y veré las cosas de otra manera. Sin embargo, mientras la oscuridad no se vaya, estaremos juntos, y yo, Melina, quiero que sepas que igualmente sensible al embrujo de las aventuras, y además y sobre todo a una ternura y un valor desconocidos, sospecho, creo, estoy seguro de que tú has sido el amor de mi vida, y pienso que, si nos hubiéramos conocido antes, cuando yo aún no me había convertido en un cobarde, todo podría haber sido distinto. Tal vez. Melina.

Rolo Díez (Argentina, 1940) Narrador, periodista y ensayista. Radica en México desde 1980, pero estudió Derecho y Psicología en Argentina. Recibió dos veces el Premio Internacional Dashiell Hammett de novela negra: en 1995 por la novela Luna de escarlata (Roca / La Llave de Cristal, 1994) y en el 2004 por Papel picado (Ediciones Urano, 2003), obra que también ganó, en el 2003, el premio Umbriel Semana Negra de Gijón, España. Cuenta con varios reconocimientos más y sus obras han sido publicadas en Inglaterra, Italia, Alemania y Grecia, como In domino veritas (Gallimard Série noire 2003), “Vencer o Morir”. Lotta armata e terrorismo di stato in Argentina (Il Saggiatore (Nuovi Saggi, 2004), colocando igualmente cuentos en antologías de Estados Unidos y América Latina. Sus obras más recientes son Doce relatos oscuros (Resistencia / Secretaría de Cultura 2016) y Matamujetres (Resistencia, 2017). Actualmente, dirige junto con Roberto Bardini, la colección argentina de novela negra CÓDIGO NEGRO.