Alejandra Pizarnik y la extracción de la piedra de la locura

Carolina Peña Espitia

Arte: Gabriela Lucas

“Evocas tu locura y hasta quisieras
extraerla de ti como si fuese una piedra”.

Alejandra Pizarnik, 1968

No hay forma de atraparla. El método más eficaz para leerla atraviesa la obra de Pizarnik sin tocarle un pelo. Lo hago con los bordes para no caer inadvertidamente. Accedo a ella con extrañeza y poca convicción. Busco saborearla, para comprender la paradoja de ubicarme del lado de lo que me cautiva y hallarme siempre encerrada. Intuyo y me agarro de otras miradas para lograr comprender algo. Sabiendo, de antemano, la insuficiencia en el intento de descifrar alguna fórmula definitiva de creación de la escritora… o para alcanzar a entender la complejidad de su vida. 

Este texto es un estudio para apreciar qué es lo Literario en el poemario “Extracción de la Piedra de la Locura” (1968) de la escritora argentina Alejandra Pizarnik. Es un ejercicio que se apoya en las ideas de algunos teóricos de la Literatura que facilitan la comprensión del fenómeno literario en la obra de Pizarnik.

Convención

Cuando pensamos en qué es literatura, una de las respuestas más esperadas se relaciona con la idea de “encontrarlo en un contexto que lo identifica como tal: en un poema, en un apartado de una revista o en los anaqueles de librerías y bibliotecas”[1]. Desde esta perspectiva, es sencillo afirmar que La extracción de la Piedra de la Locura es literatura porque cuenta con unos elementos formales que la identifican como tal; sin embargo, cuando se profundiza en qué es lo literario, empiezan a revelarse las dificultades: dudas sobre qué es lo literario en el trabajo de Pizarnik y qué hace a una obra «literaria».

Letra y palabra

La importancia del valor lingüístico en la literatura es definitiva, ya que es de lo primero que el escritor se aferra para crear. El trabajo que hace Pizarnik, en este caso, sobre la letra y la palabra, es el único medio para acceder a ella y a su pensamiento. Y son el juego, el ritmo y las imágenes construidas con la letra lo que empuja al lector estratégicamente en el mundo subterráneo creado por Alejandra, “formas lingüísticas que, por su fuerza expresiva, por su novedad y hasta por su extrañeza y sus resonancias insólitas, rompen la monotonía y la rigidez de los usos lingüísticos”[2].

Sin embargo, tal como lo dice Culler, “que el lenguaje esté estructurado de forma rigurosa no es suficiente para convertir un texto en literario”, hablando del rigor de la palabra en las ciencias naturales, por ejemplo. Hay en la ciencia un valor lingüístico al igual que en la literatura; sin embargo, la relación que hay con la palabra y el lenguaje es distinta para el investigador científico o para el escritor de poesía. Una de las miradas de Pizarnik sobre la palabra y su uso puede notarse en las siguientes líneas:

“No nombrar las cosas por sus nombres. Las cosas tienen bordes dentados, vegetación lujuriosa. Pero quién habla en la habitación llena de ojos. Quién dentellea con una boca de papel. Nombres que vienen, sombras con máscara”[3]

Extrañeza Literaria

Aunque el grado de importancia de la norma lingüística en la ciencia como en la literatura pareciera obvio, la desautomatización del lenguaje juega un papel fundamental en la creación literaria. “El artista literario violenta, por necesidad expresiva, las relaciones sintácticas impuestas por la norma”[4]. Parece una lucha declarada entre el escritor y las palabras. Una transgresión que apenas es desatada por el escritor no hay forma de detenerla, ya que el quebrantamiento de las fronteras lingüísticas ubica al artista en un nuevo lugar de la creación.

Podemos ver entonces, de forma explícita la lucha con la imposición de la norma en las siguientes líneas de Pizarnik:

“¿Qué significa traducirse en palabras? Y los proyectos de perfección a largo plazo; medir cada día la probable elevación de mi espíritu, la desaparición de mis faltas gramaticales. Mi sueño es un sueño sin alternativas y quiero morir al pie de la letra del lugar común que asegura que morir es soñar”.

Me parece importante resaltar tres formas en las que encuentro que la poesía de Alejandra resulta ser transgresora. La extrañeza en su escritura puede estar relacionada con los ritmos que provoca gracias a las palabras o a la forma de sus textos:

“Yo restauro, yo reconstruyo, yo ando así de rodeada de muerte. Y es sin gracia, sin aureola, sin tregua. Y esa voz, esa elegía a una causa primera: un grito, un soplo, un respirar entre dioses. Yo relato mi víspera. ¿Y qué puedes tú? Sales de tu guarida y no entiendes. Vuelves a ella y ya no importa entender o no”.

Otra manera de desautomatización puede estar vinculada con imágenes surrealistas que crea con sus palabras: “una mano desata tinieblas, una mano arrastra la cabellera de una ahogada que no cesa de pasar por el espejo”. Y la otra es, indudablemente, los temas recurrentes en su obra: la muerte, la melancolía, el silencio, el desgarramiento, el malestar y el dolor tras la máscara de la cotidianidad.

Hay una extrañeza que humedece sus poemas, aunque teorías o estudios literarios le hayan dado el nombre de escritura abyecta o poesía tanática. Es decir, me parece que los análisis literarios resultan ser insuficientes si se quiere percibir la esencia total de la obra; sin embargo, el método resulta ser necesario en el ejercicio de la composición, al igual que en la lectura detallada de una obra.  Probablemente en el encuentro íntimo de la lectura puedan resolverse los enigmas.

Lenguaje Literario:

El escritor hace una reflexión permanente sobre el lenguaje literario en su práctica artística y en la experiencia estética, tal como lo afirma Culler: “la literatura reflexiona sobre sí misma, es autorreflexiva”[5]. Justamente, en la escritura de la poeta argentina hay una reflexión o mejor, una pregunta por el lenguaje. “Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos”, dice Pizarnik.

En otro momento, ella escribiría: “Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo”. Sabemos que los elementos de la literatura prevalecen como un todo, “la literatura es un lenguaje en el que los diversos componentes del texto se relacionan de modo complejo”[6], así como hay un sistema en el lenguaje que lo hace literario. Sin embargo, y volviendo a Pizarnik, aunque el lenguaje sea el paracaídas que posibilite el aterrizaje a los mundos perceptibles y podría decirse que biográficos que reposan en las obras artísticas, en ocasiones parece casi intocable por el escritor. Hay algo en el lenguaje que permanece entre la sombra, y por esto mismo, resulta seductor, y la escritura, un ejercicio inacabado.

El lenguaje literario desata sus ambiciones creativas en la desautomatización de las normas lingüísticas. El lenguaje literario iría más allá de lo que el escritor puede atrapar en la palabra. Así, el origen de la creación sigue siendo un misterio, como el entendimiento de lo que pasa en el pensamiento y en la vida del artista cuando se ubica en el lugar de la composición. 

La Verdad sospechosa

No hay que olvidar que en la obra de Alejandra hay una marca de muerte, silencio y desesperanza que arrastra al lector sin que éste identifique con claridad las razones que lo hacen seguidor de su poesía. Considero entonces, que la obra literaria está rodeada o impregnada de un territorio que el lector no alcanza a descifrar y que probablemente el escritor tampoco conozca con claridad.

Es cierto que la vida (o la muerte) del autor es importante en el proceso de composición de la obra. No hay forma de discutirlo. Pero también está claro que la literatura no está hecha solamente de emoción y experiencia. Lo recuerda también Alfonso Reyes: “no confundir nunca la emoción poética, estado subjetivo, con la poesía, ejecución verbal (…) ¿De qué me sirve la emoción si no sé expresarla?”[7]. Hay un método, una disciplina y una exploración que son fundamentales para la literatura. “No hay duda que la intensidad del autor sólo puede ser comunicada a través de relaciones y estructuras generales, que constituyen las condiciones de posibilidad de la experiencia literaria: estructuras lingüísticas, poéticas, estilísticas”[8].

En La extracción de la Piedra de la Locura hay una carga emocional; por ejemplo, un rasgo característico es su escritura en primera persona. También, hay un rigor que se evidencia en las lecturas y ejercicios juiciosos de escritura hechos por Alejandra. Claro está que, aun sin conocer la vida personal de la escritora, su escritura en sí misma es literatura y reúne las estructuras nombradas por Aguiar e Silva.

“A mí —dice Pizarnik— que siempre tuve que aprender sola cómo se hace para beber y comer y respirar y a mí que nadie me enseñó a llorar y nadie me enseñará ni siquiera las grandes damas adheridas a la entretela de mi respiración con babas rojizas y velos flotantes de sangre, mi sangre, la mía sola, la que yo me procuré y ahora vienen a beber de mí luego de haber matado al rey que flota en el río y mueve los ojos y sonríe pero está muerto y cuando alguien está muerto, muerto está por más que sonría y las grandes, las trágicas damas de rojo han matado al que se va río abajo y yo me quedo como rehén en perpetua posesión.”

La piedra de la locura de Pizarnik.

Como parte final de este texto, quiero revelar mi profunda curiosidad por la vida de la escritora Alejandra Pizarnik y además hacer algunas reflexiones a partir de los límites entre el arte y la vida en los procesos de creación literaria. Unos límites misteriosos, unos puntos que se conectan y se sueltan imperceptiblemente. Por ejemplo, el título del libro es el nombre de un cuadro de la edad media que muestra una operación quirúrgica que se realizaba para curar a las personas de la locura; en la cirugía se “extraía” una piedra que era la prueba del éxito de la intervención. La locura estuvo siempre del lado de la escritora, al igual que el tartamudeo que se siente en sus poemas, las depresiones y su inconformismo.

Puede ser la escritura una cirugía para salvarse de la locura. Lo que pasa es que la piedra era falsa, no había tal extracción. Es decir, Alejandra no tenía forma de escapar de sus palabras. A veces encerrada, revolcada con ellas en su propio placer estético, pero ese goce estético en Pizarnik es el sitio de la oscuridad y la desolación.  “Hablo del lugar en que se hacen los cuerpos poéticos como una cesta llena de cadáveres de niñas”, nos dice en su libro.

Resulta, personalmente, seductor el universo oscuro que tejió con sus poemas, al igual que su forma de vivir y morir. La sensibilidad ante los objetos, la memoria de los lugares y sobre todo la exploración subterránea que hace en su pensamiento y su palabra.

BIBLIOGRAFÍA

—Aguiar e Silva, Víctor Manuel, Teoría de la Literatura, Madrid, Gredos, 1999.

—Culler, Jonathan, Breve introducción a la teoría Literaria, Barcelona, Crítica, 2000.

—Pizarnik, Alejandra, La extracción de la Piedra de la Locura, Sudamericana, 1968.

—Reyes, Alfonso, La experiencia Literaria. Bogotá, Fondo de Cultura, 1993.

Carolina Peña Espitia (Colombia). Licenciada en Idiomas y Magister en Literatura por la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. Actualmente es profesora de la Facultad de Ciencias Humanas de La Universidad Nacional de Colombia e Investigadora en el campo de la Pedagogía y las Cartografías Literarias.


[1] Culler, Jonathan, Breve introducción a la teoría Literaria, Barcelona, Crítica, 2000, p. 39.

[2] Aguiar e Silva, Víctor Manuel, Teoría de la Literatura, Madrid, Gredos, 1999, p. 25.

[3] Pizarnik, Alejandra, Extracción de la piedra de la locura.

[4] Aguiar e Silva, Óp. Cit., p. 27.

[5] Culler, Óp. Cit., p. 47.

[6] Ibíd., p. 41.

[7] Reyes, Alfonso, La experiencia Literaria. Bogotá, Fondo de Cultura, 1993, p. 73.

[8] Aguiar e Silva, Óp. Cit., p. 39.