Tríptico del tiempo

Gustavo Ogarrio

Arte: Jonathan Galván

Ayer

Ayer debí contarte mi situación actual con los perros y decirte que yo nací en un lugar donde dos ríos se juntaban en un hacerse de salidas hidráulicos y cuyo recuerdo me vino a la mente justo cuando ocho o nueve o diez… no sé cuántos perros barbones, apagados para la vida y refulgentes en su vocación de mordidas letales, contra la sombra confusa que era yo para ellos, se decidieron a enredarse con mi olor de gallina en el que seguramente advirtieron restos de un desayuno de pan con cajeta y de huevos dorados, en un tocino abundante y un jugo de naranja cuya acidez recordé también en ese instante de confusiones. Debí hablarte del miedo de la noche de ayer, cuando regresaba de la escuela y la manada de perros me fue encapsulando en círculos concéntricos… Primero, mansos en su espera del momento fatal de hocicos abiertos y gruñidos jadeantes; fueron silenciosos, sin tener una estrategia de viejos cazadores (flechas circulares que se fueron moviendo a mi alrededor, olfateando el miedo y poniéndome contra las puertas de colores tenues que, en ese momento, entendí como hermosas en sus pasados solares, donde quizá no las gobernaban esos tonos sin escándalo que ahora las envolvían). Te hubiera hablado del miedo de ayer y de cómo me fui metiendo en esa encrucijada de palpitantes patas de perros encharcados, con pezuñas de trapo mojado y haciendo para mí un pozo de futuras mordidas, de gritos ahogados en una noche en la que no subía ningún olor de comida cercana, sin cenas ni voces que salieran de esas puertas cromáticas. Perros con melenas desiguales y en cuyos hocicos quizás estaba fresco el manjar de ratas gordas y casi negras del parque Hidalgo, que se habían disputado al mostrarse los dientes entre sí, con una ferocidad que huía de las escenas amables de los domingos en las que se comen helados y esquites y aguas frescas. 

Ayer debí hablarte de esto.

Era

Era muchas veces una soledad escandalosa rodeada de niños que se comían las uñas o se limpiaban los mocos con su muñeca de suéteres deshilachados. Era también una multitud de acentos marrones en las pestañas y de muñecos de plástico que habían traído los Reyes Magos y que, más tarde, en otros años igual de alegres y confusos, se transformarían en un Hombre Araña un tanto deforme, gracias al relleno de algodón, o en una Mujer Maravilla de turgencia artificial y con un brillo opaco en los brazos casi de muerte, o en el mismo Hombre Biónico con su ojo privilegiado de telescopio en el campo de batalla, que era también la cancha de futbol sobre la que se arrojaban los cadáveres de goles olímpicos y de jugadas absurdas, mezcladas con el sudor que manchaba las camisas blancas (cuyo almidón provenía de alguna madre que en la tardes también cosía botones y tomaba un té de manzanilla, del que el olor ascendía por las paredes de las casas de los vecinos).

Ahora pienso que hubiera dado la vida por entender aquellos días en los que las tías se contaban historias de otras tías lejanas que vivían en Monterrey o en Torreón o en Celaya, o se asombraban de los escándalos de primas embarazadas (casi en la infancia) o de sobrinos al borde de la demencia juvenil que desafiaban a los padres en la lucha por irse a cualquier lado y fugarse de la familia. Eran días como mares de asfalto, con arroces y garbanzos que también naufragaban en la sopa de vidas incomprensibles, y de fideos con hervores de zanahorias y calabazas refinadas; días en los que estas mismas tías se reían, con una vehemencia de carnaval, de sus equívocos que las llevaban a confundir el nombre de las personas o de sus olvidos a la hora de pagar las verduras. Días sellados ya por las capas geológicas de otras palabras y otras risas y por otros niños y otras tías igual de escandalosas, tristes y enigmáticas.

Aquí

Ya habrás hallado la carta en la que sólo soy un lento atardecer, las letras en las que mi alma no tiene remedio y almuerza el sonido de los tambores que sólo atraen los retratos de nadie, la verdad simple de una tristeza definitiva que ya no necesita del artificio para nombrarte en su aullido maligno y sin redención.

Sin embargo, daría mi caminar de perro extraviado y fosforescente por un par de miradas tuyas, te entregaría una vez más las claves secretas de este deseo vehemente de morir, me quejaría de la almohada incómoda que no hace más que despertarme para escuchar la indómita llegada de tu respiración en la galaxia de la noche. Tengo que admitir que esto no es más que un carnaval de fantasmas, una mueca sin importancia de la eternidad, una simple ceniza de olvido.

A estas alturas de mi incendio sin estepa, ya te habrás dado cuenta de que nada de lo que he dicho tiene sentido, tampoco nariz, mucho menos ese contrabando de horas moribundas que hacen verdadera a la vida. La cuestión es más simple: es una lástima que tú estés allá y yo aquí. Es una lástima que mi vecino suba el volumen de la radio y que yo no haga más que evocar la tarde en la que me enseñaste a atacar la felicidad de la avenida Madero, la estupidez de la comida china, el fulgor de mis mentiras con las que tu sonrisa se volvía una trampa de bestias satisfechas. Es una calamidad que mi cursilería muera de hambre, que tus ojos de tempestad ya no se mezclen con la agria novedad del fin.

Los músicos del espanto ya recogen sus instrumentos, apagan las voces con las que seguramente cantarían el estallido de este magnífico suicidio que es mi soledad. Te lo tengo que decir: sólo queda la garra de la noche, unos colmillos invisibles que al bajar por la pared de la cocina hacen temblar mi cadáver de araña espeluznante y la absoluta certeza de que nada detendrá tu partida de este infierno disecado por los siglos.

Gustavo Ogarrio (Ciudad de México, 1970). Cronista, ensayista, narrador y poeta. Es profesor de literatura latinoamericana en el Colegio de Estudios Latinoamericanos (UNAM). Ha publicado los libros La mirada de los estropeados (FCE, 2010), Épicas menores (UNAM / SCDF, 2011), Breve historia de la transición y el olvido (CIALC-UNAM, 2013), Bajo la misma noche. Ensayos políticos sobre literatura latinoamericana (FFyL / UNAM, 2014), Nunca seremos poetas (Dirección de Literatura / UNAM, 2018) y Ningún país es mi país (Editorial Silla Vacía, 2020).