Piedras en los calzoncillos (Poemas)

Galo Abrain Navarro

Arte: Gabriela Jaime

Piedras en los calzoncillos

Llevaba la camisa abierta.

Un bigotudo me preguntó en la gasolinera.

¿Te depilas el pecho, muchacho?

Sí, si me lo pide mi mujer. Respondí.

¿Eres Maricón? Siguió.

Sí, si me lo pide mi mujer. Afirmé.

¿Y tu mujer dónde está, tío?

Mi mujer está muerta. Concluí, rascándome la cabeza.

¡Coño! ¿Y por qué te depilas el pecho, compadre?

Si una muerta te pide algo, dije crujiéndome los dedos, has de hacerlo.

¿Ah sí, no me digas? ¿Y qué te pide ahora? El bigote le vibró como un flan.

Ahora me ha pedido que te parta el cuello. Bufé con firmeza.

¿No le harás caso verdad? El labio se le escondió bajo el bigote.

Sí, claro, me lo pide mi mujer.

Después de partirle el cuello,

me meé sobre su tumba.

Estaba fresca, sobre el asfalto.

Fue el testigo de su último aliento.

Sentí haber hecho justo

cuanto debía hacer.

La policía me interrogó.

¿Está usted loco? Preguntaron,

la pistola apretada contra mi sien.

No, claro, me lo ha pedido mi mujer.

¿Y su mujer? Dijeron, chiflados de mí.

Está muerta. Sentencié por segunda vez.

¿Para qué le hace caso entonces? Interrogó uno.

Agente, en algo hay que creer. Comenté,

las manos apoyadas sobre el corazón.

Me llevaron al calabozo.

Allí, diseccionaron mi cerebro.

Sacaron un pequeño bichito carnívoro.

Me tenía atado de pies y manos.

Ahogaba todo poder de elección.

Al parecer, había sido así toda mi vida.

Salí al día siguiente.

Fui a una tienda a comprar una botella de whisky.

¿Qué marca? Preguntó la dependienta.

No lo sé, nadie me dice cual. Escupí asustado.

Escoja una entonces, la que quiera. Es usted libre.

Salí de la tienda cagando leches.

Con tanta elección,

nunca me sentí menos libre.

En la calle, desahuciado,

quise volver a tener al bicho en mi cabeza.

A mi mujer dándome órdenes.

Sin la locura, comprendí,

vivir es una sobredosis de decisiones responsables.


Aviso a navegantes

Aviso a los Náufragos
Este barco, se va a la mierda.
“Queridos pasajeros, tengo que recordarles:
Los médicos le rajan la tripa a la gente.
Los policías le dan palizas a la gente.
Los psiquiatras,
y las farmacéuticas,
drogan a la gente.
Los periodistas torturan con palabras a la gente.
Y ninguno va a la cárcel.
Y todos lo hacen
con una sonrisa.”

Aviso a los náufragos.
Aquel que dijo.
“Yo defiendo el imperio de la ley.”
Hoy que la ley es injusta,
se está cortando la cabeza.

Recuerdo a los pasajeros.
Las prostitutas entre rejas,
se comen las unas a las otras.
Al final, solo quedará la reina.
Tendrá el culo gordo, y las manos hinchadas,
e irán a alimentarla cada día
todas las princesas del reino.
Las más bonitas y puras de los valles de cemento,
sin cayos en los dedos,
con las rodillas y la vagina suaves.

Aviso a los náufragos.
Hay una trampa
detrás de sus orejas.
El tic tac de un reloj,
que ya marca el final de la partida.
Con el tiempo que les queda
hagan lo que les dé la gana.
Pero recuerden,
náufragos de esta tierra,
en esta afilada lluvia,
donde lo raro se ahoga,
donde se masturba lo igual,
solo los locos,
consiguen sobrevivir la vida.

Recuerdo a los marineros.
A los náufragos se les niegan los barcos.
Se los abandona sazonándose en alta mar,
como almuerzo para los tiburones.
Luego sus aletas
serán cortadas, cocinadas y servidas.
El político que tomó la decisión de no aceptar náufragos
es el campeón mundial de comer más aletas de tiburón en una hora.
 Tiene competición el mes que viene.

Recuerdo a los pasajeros.
La juventud es un tesoro
que ha resultado ser basura.
Los ordenadores han capturado
a la mayoría de las nuevas generaciones.
Ahora son máquinas
con un complejo mecanismo,
dispuesto para comer
y lanzar heces,
en lo que ha supuesto el descubrimiento
del afamado;
infinito movimiento continuo.

Aviso a navegantes.
Recuerdo a los navegantes.
Ríndanse.
Ríndanse, no hay salida.
No hay escapatoria posible.
Gracias, por su desatención…

Galo Abrain (Zaragoza, 1995). Poeta. Su poesía ha sido tildada de “mordaz, anfetamínica y electrizante”. Concibe su obra libre de los preceptos de lo “políticamente correcto”, y bajo el empleo de un lenguaje que orbita entre lo oral, lo grosero y lo jergal, busca un ritmo quebradizo y desmigajado de formalidades, aspirando al relato más expresivo y auténtico posible. Interesado en presentar el patetismo de la naturaleza humana, sus reflexiones contienen tonos de parodia crítica, aun buscando detonar “las emociones más básicas”.