La inicial del muerto del que procede

Rubén Espinoza

Arte: Irene Barajas

A Marosa Di Giorgio

Mírate, esa eres tú y te agrada lo que ves; tanto tiempo de tu vida creciste sin espejos para, de pronto, estar frente a uno tan grande como lo permitió el paso de los umbrales de tu casa. Lo pediste especialmente pensando en este día, recuerdas a esa maestra que sembró la idea en tu mente, la forma correcta en la que debe ser leída la poesía (tan sólo tú, desnuda, frente a un espejo y en voz alta); leer tan fuerte que puedas escucharte del otro lado del reflejo, mientras aprecias la reacción de tu cuerpo a cada palabra; cómo cada silencio te permite separar la vista de la página para encontrar que el frío ha acariciado uno de tus pezones. Quizá fue la palabra “efluvio” la que ocasionó esa respuesta de tu cadera: tu cabello es más libre de lo que recordabas, baila en el sentido que desea sin importar que tú estés bailando un ritmo distinto, sólo responde al viento y el viento no sabe de tiempos ni de ritmos. Lleva la cadencia de los suspiros en el universo más cercano. 

Los hongos nacen en silencio; algunos nacen en silencio; otros con un breve alarido, un leve trueno. Unos son blancos, otros rosados, ése es gris y parece una paloma, la estatua a una paloma, la estatua a una paloma; otros son dorados o morados. Cada uno trae – y eso es lo terrible – la inicial del muerto de donde procede. Yo no me atrevo a devorarlos; esa carne levísima es pariente nuestra…

Disfrutas verte en el reflejo, sientes cómo tu cuerpo recuerda su propia forma y se corrige, das oportunidad a tu sonrisa para practicar esa intención de coquetería que esperas proyectar cada que la diriges a alguien. Tu cuaderno de poesía como único vestido; el cuero frío en tu piel, te permites sentirlo, esas hojas avanzan y te muerden de vez en cuando.

Pequeñas revelaciones. En ocasiones no puedes ni distinguir tu propia caligrafía. De pronto parece que una mano distinta se hubiera puesto a escribir en tu preciado cuaderno, como si otra que no fueras tú hubiera pasado por ahí sin reparo alguno. Tu voz lucha contra el silencio y vence triunfante a cada palabra, disfrutas la cadencia y la evocación, cada símbolo llega hasta ti de golpe, como si jamás hubieras escuchado ese poema por más que lo supieras de memoria. Esa carne levísima es pariente nuestra.

Te escuchas de pronto en tu mente, preguntando qué rostro te darías sin la facilidad del reflejo. Sólo al mirarte fijamente puedes identificar tu linaje, encontrar aquello que te une no sólo con tu familia, sino también con el mundo (y a la par, aquello que te separa). Descubres que algunas palabras te hacen sonreír mientras las pronuncias, que tus dientes asoman ligeramente, como de forma accidental y pudorosa. Te divierte la extrañeza del momento, tantas veces te has visto desnuda en la ducha y sin embargo ahora es como si estuvieras frente a alguien distinto, quien comparte su desnudez mientras lucha con la vergüenza. Se sabe y te sabes expuesta.

Tu corazón palpita bajo toda tu piel. Puedes verlo a través de tu cuello. En algunos espacios de tus brazos, pareciera que en ocasiones tu vientre se confunde con tu respiración. Sientes que tu respiración se vuelve tan suave como un latido, imaginas que tu corazón respira por ti. El silencio frente a tu contemplación comienza a reclamar los espacios, va llegando a la habitación que crece detrás de ti, haciéndote sentir pequeña. Por donde pasa el viento va dejando silencio. No sabes por qué, pero el vacío te genera una excitación fugaz, un pensamiento menor al segundo que lubrica tu mente y enciende tu cuerpo. Quieres seguir leyendo y antes de emitir sonido alguno, sientes ese silencio entrando, pasar por tus labios y atravesar tu garganta. Despegas de nuevo tu mirada del papel porque un movimiento fugaz te ha distraído, como si algo se hubiera movido detrás de ti. Pudiste verlo de soslayo en el espejo, algo corriendo de una habitación a otra y te ves de nuevo, esta vez desnuda y frágil, envuelta en el silencio mientras la luz comienza a huir.

Un escalofrío recorre tu espalda, volteas a ver ese pequeño pasillo que se curva detrás de tu puerta y no hay nada, te tranquilizas. En el espejo te encuentras de nuevo, pero ahora hay un rostro que te observa desde atrás del umbral de tu cuarto; es un rostro casi humano, más pequeño, con unos ojos negros, que se esconde al verse descubierto. En tu cabeza recuerdas una imagen que hace mucho tiempo no evocabas, la del zorro volador en el pórtico de tu casa de la infancia, de pie junto a tu hermano pequeño, en la sombra y sin poder distinguir a cuál de las dos figuras te debías acercar. Esa pesadilla tan constante que casi habías olvidado. Sigues observando ese espacio en el reflejo, convencida de que fue tan sólo tu mente sugestionada. Cada segundo en espera te tranquiliza un poco y sin embargo tus recuerdos están cada vez más inquietos, escuchas la voz de alguien que no logras identificar mientras te pregunta “¿y tu hermano?” Siempre creíste que, por ser tan pequeña la muerte, había dolido menos, que sólo duele perder aquello que amas y que recuerdas. Olvidas que al crecer se olvida cómo sienten los niños, que hay cosas que sólo se entierran.

Está ese rostro de nuevo, reconoces en él, la misma sonrisa que practicabas hace unos momentos frente al espejo, esa que utilizas a modo de presentación para iniciar un coqueteo. Volteas cubriéndote los senos, pero en esa puerta no puedes ver nada; existe sólo en el reflejo y ya no sabes de dónde cubrirte ni tampoco a dónde mirar. El rostro regresa a ese cuarto y desaparece. Cierras el pequeño cuaderno y te vistes. Es hasta ese momento que puedes apreciar la cantidad de espacio que has agregado, con ese espejo, a tu habitación, que se siente ahora más fría que antes. Enciendes las luces, el sol también ha desaparecido. Buscas algo con lo cual llenar tanto vacío, pones música lo más fuerte que soportas, empiezas a mandar mensajes a todos tus conocidos, incluso a aquellos con quienes hace tanto no conversas, nadie responde. La noche llega despacio y no puedes dejar de mirar con miedo ese reflejo, no te has atrevido a mirar hacia la puerta de nuevo. Esperas a que alguien te conteste para no enfrentarlo sola. 

La noche ha llegado y aún nadie ha querido contestarte, ni siquiera al llamar por teléfono. Lo has comprobado a cada minuto sin obtener respuesta, te rindes y decides cubrir el espejo con una manta, cerrar la puert, dormir esperando que, para el día siguiente, todo esté mucho mejor. No puedes cerrar los ojos sin recordar ese pequeño rostro sonriéndote desde el espejo, esa sensación tan siniestra. Sabes que, si quieres salir de tu casa, debes pasar por ese pasillo donde te está esperando.

El tiempo pasa, medido por los ruidos de la noche, hasta que escuchas cómo cae la manta que cubría el espejo; tus cobijas te arropan e impiden que puedas verlo, estás demasiado lejos de Dios como para buscarlo siquiera de forma utilitaria. Sabes que no tienes fe. Levantas un poco para comprobar que es sólo tu imaginación, para revelar un espejo que muestra todo lo contrario. En cada espacio vacío de tu cuarto ahora hay un ser negro que te observa con rostro de niño mientras te sonríe. Intentas cubrir tu vista de nuevo. No puedes: tu voluntad ya no existe en tu cuerpo, sabes qué es lo que quieren, poco a poco vas quitando tu ropa hasta estar de nuevo desnuda, tomas tu cuaderno y continúas leyendo.

Intentas no despegar la vista del cuaderno, pero en ocasiones te es simplemente imposible, tu cuerpo se pierde en el reflejo. Miras de nuevo a ese ser que te rodea y que te posee de tantas formas. Todo lo terrible pasa sólo en el espejo. Sientes de nuevo cómo las hojas de tu cuaderno te muerden y el contacto te hace gritar como si por un momento todo eso se materializara. La noche sigue así, sin descanso. Tu voz se quiebra con cada palabra, el llanto surge como si no hubieras llorado nunca, la emoción es tan compleja que no podrías describirla, nostalgia mezclada con un miedo infinito mientras te obligan a hacer algo que no quieres.

Este miedo ya no tiene ningún atisbo de excitación, es una ansiedad suicida y una lucha para poder llegar al siguiente día. En otro descuido, al reflejo, distingues los dientes del niño, se los está arrancando uno a uno y colocándolos entre tu cabello. Tu voz como grito debe ser tan fuerte que te permita ignorar el dolor que surge de tu reflejo. Distingues una luz que te proyecta sobre tu propio piso, y junto a ti la sombra de aquello que no sólo se ve como un niño, sino que llora como uno.

Casi al amanecer terminas la lectura, sientes el silencio y temblando diriges tu rostro al espejo, había una razón olvidada por la cual no tenían ninguno de ellos en casa. El ser ha desaparecido, aunque sabes que de alguna forma habita contigo, sabes que no se trata de un espejo maldito. Fue algo que abriste dentro de ti y que ahora no puedes cerrar. Yo no me atrevo a devorarlo; esa carne levísima es pariente nuestra.

Rubén Espinoza (Toluca, 1994). Narrador. Egresado de la carrera de Lenguas y Literaturas Hispánicas de la UNAM, es Director General de la Editorial Manumisión. Algunos de sus textos se encuentran publicados en la revista Círculo de Poesía y en el libro En la web: antología del relato web en español. Participó en el INTERFAZ 2017 y formó parte de los cursos impartidos por la FLM en el 2013 y 2017.