Valladolid (Poemas)

Byron Ramírez Agüero

Arte: Miguel Ángel Cortés

Valladolid

Esta nostalgia es un espejo más en el templo de San Pablo
al que solo tienen acceso los infieles de la memoria;
los que no perdonaron nunca los relojes ni los días.

Esta ciudad no conoce la tenue lucha del alma
contra el cuerpo que la encierra, casi sin intención,
entre las cuatro paredes de ese mundo frío.

Sus calles y ventanas son nidos de gárgolas antiguas,
acertijos de una noche sin amo, nunca descrita en libros;
el perdón de un idioma ideal para el pecado.

Valladolid no conoce el leve amanecer en su garganta,
ese amargo roce de una distancia que levita
sobre sus aceras, como un viejo caminante sin camino.

De esa nostalgia sólo algunos enterados
aprendieron a cómo salir ilesos,
sin un pasado carcomiéndoles los talones,
sin un futuro recio atormentando sus ternuras.

La iglesia permanece cerrada esta tarde:
                                                                              Una voz en su interior
                                                                                 insiste en blasfemar
                                                                                      contra las horas.

Golfito en San José

Ahora mismo
el frío, como siempre, apresura la ciudad:
nadie pregunta, nadie ha visto a la tarde ceder
su último paso a los amantes,
nadie conoce la razón de ese beso
que se deja caer atrincherado
sobre el hombro escogido,
o del simple gesto que anticipa
las desventajas del deseo,

y, sin embargo, de repente, soy yo el tenue pensamiento
que aterra al invierno y lo arranca de raíz, lo socava,
cuando, por un instante, recurro a tu imagen
como cura,
y todo es de la luz en la memoria,
inmerso ya en tu noche abierta,
conjuro donde nada temo; a salvo de la muerte entre tus ojos.

Cerca. Te presiento respirar contra mi mejilla,
como una estrella azulada
que, pálpito a pálpito, reafirma su fuerza en lejanía,
tan incierta, en ese sueño,
tan incierta, como la ruta que ansía,
desde hace años,
ver correr al pueblo hacia sus aguas.

(Soy yo el niño que observa
y cuestiona
por qué hoy está triste la luna
por qué ya no huye cuando la nombramos
por qué ya no oculta su casa bajo calas)

Demasiado cierta: nadie sabrá contestar,
nada sabrá conjurar palabra alguna
ante esta ciudad que se despide
y se despide, sin marcharse.

Todo máscara y palomas. Y aquí estoy yo.
Mi vientre, mi cuna, mi cielo:

Allá está Orión,
                 allá está Sirio y el golfo nocturno,
                                 puerto donde los fantasmas hacen el amor sin cabeza
                                                   y las sombras acompasan
                                                                    el crujir de la madera.

Allá está Orión.
                 Allá está Vega y su enorme lujuria,
                 arrinconada,
                 bajo tu pecho, moribunda.

Allá está la costa
                 y esos gemidos que regresan,
                                  ya agotados, de la montaña.

Allá el silencio
               y el tronco hueco y elevado
                               donde las lapas esperan la mañana
                                                y se escucha, como siempre,
                                                                llorar a los marineros.

Allá está Orión. Allá Antares
                 y el frío de nunca, demoníaco;
                                  tus ojos, la noche eterna
                                                   y el hombro escogido
(puestos todos sobre la cama).

Aquí, encallado,
sólo tu recuerdo
se mantiene intacto,
                                 te mantiene, sólo tu recuerdo,
                                  sediento de convicción,
tan desterrado.

Asustan

Tantas cosas rotas:
el gato que observa la luna
desde el techo del almacén
el barrio insomne, cercano,
-nunca en silencio-
el llanto de un niño en el parque,
el día y la noche y la puerta abierta.

Tantas cosas rotas:
perderse en la misma ciudad
de nuestros antepasados,
amar sin atisbos ni coordenadas,
esta mano que me acerca otro cuerpo
y el pulso desnudo de su vientre,
colocado, suavemente, en mi regazo.

Byron Ramírez Agüero (Costa Rica, 1997). Poeta y editor literario. Cursa la licenciatura en Filología española por la Universidad de Costa Rica, donde también realiza estudios en Filosofía. En el 2017 su poemario Principio de Incertidumbre fue ganador del Certamen Brunca de la Universidad Nacional Autónoma de Costa Rica. En el 2018 su libro Entropías fue publicado por la editorial Nueva York Poetry Press, en Estados Unidos.