Un ranchito nomás

Montserrat Varela

Arte: Ursula Ferrer

Era de madrugada cuando Orquídea y la Vero aún seguían en el bar. Había frascos con diferentes hierbas que se intercalaban con las botellas amontonadas encima de la barra. La Vero tenía las piernas sobre la mesa, la media y el rímel corridos, las uñas rotas y las manos embarradas de sangre. Fumaba un cigarro tras otro y parecía que sus cuarenta y tantos años de parranda acababan de propinarle una paliza. Orquídea, menudita, de ojos minúsculos, limpiaba las lágrimas que le rodaban por sus mejillas y se mezclaban con los rastros de alcohol chorreados en las mesas.

—Se lo dije, pinche Vero, ya armó un desmadre —le reclamó la muchacha, sin atreverse a alzar la mirada, sorbiendo de vez en cuando los mocos y sin dejar de limpiar.

La Vero ni volteaba a verla. Seguía echando humo. Pero tras la tercera bocanada se levantó de golpe, pescó a Orquídea del cabello y le susurró:

—Mira, escuincla, tú estás tan embarrada como yo de toda esta mierda, así que deja de chillar y apúrate, que nos tenemos que pelar en una hora a lo más.

Luego la soltó y trató de acomodarle el peinado, pero Orquídea le quitó la mano, se limpió rápidamente mocos y lágrimas con la manga del suéter y continuó su tarea.

Parecía que había pasado un torbellino por el lugar. Había varias sillas tiradas y en una de las mesas, amontonados, permanecían los rastros de lo que podía pensarse había sido una buena parranda.

La noche anterior habían llegado dos hombres que no eran del pueblo. Venían desde Pajacuarán. Los hombres se sentaron y pidieron de beber. La Vero fue volando a prender la grabadora y se sentó en las piernas del más alto; hizo que Orquídea les sirviera los tragos y a pesar de que no había más putas que ellas dos, los hombres se la pasaron bien entretenidos cantando, hablando, jugando cartas y saboreando a la Vero, a Orquídea y al mezcal.

Como a media noche llegó otro hombre. Dijo que también venía de fuera. Todos se saludaron entre sí y el recién llegado se mostró decepcionado al ver tan mínima concurrencia.

—No nos van a rendir, doña —Le dijo a la Vero, con aires de patrón, al tiempo que le daba una nalgada. —A lo mejor la escuincla sí, pero usted ya está muy paseada.

El rostro de la Vero se ensombreció. No dijo palabra, bebió de un sorbo todo su mezcal y se alejó de la mesa. Orquídea se dio cuenta de su molestia y trató de acercarse, pero ella, indignada, la empujó, tomó su celular y se metió al baño.

¿Y dónde jijos queda Pajacuarán? —Les preguntó Orquídea mientras servía más mezcales y jugaba a no dejarse meter mano.

—En Michoacán, somos comerciantes —dijo uno, el que parecía más joven y a ojos de Orquídea, el más guapo de aquella noche.

Los tres brindaron y silbaron, luego colocaron al centro de la mesa una mochila negra y vieja. La Vero no tardó en salir del baño. Cuando lo hizo, su rostro se había tornado nuevamente alegre. Dejó su celular sobre la barra y quién sabe qué tanto se puso a hacer mueve que mueve unos frascos. Después les anunció a los muchachos:

—¡Esta ronda va por cuenta de la casa! —Y ella misma llevó la charola con los mezcales y se los entregó.

Orquídea trató de agarrar uno, pero la Vero le dio un manotazo.

—Oiga, doña —Le dijo el tipo del sombrero luego de tomarse de jalón su trago ¿usted conoce a los pelones? Los andamos buscando para hacer negocios…

Orquídea asustada volteó a ver a la Vero. Ésta prendió un cigarro y, con suficiencia, respondió:

 —Aquí todos los conocemos y nadie los conoce. Yo te apuesto lo que quieras, guapote, si los andas buscando, a que ellos te encuentran primero.

Todos rieron. La Vero le hizo una seña a Orquídea para que sirviera más tragos, luego se levantó y la siguió hasta la barra. Ahí le mostró unas hierbas y le ordenó mezclarlas con el mezcal. Orquídea se negaba. Ya sabía de las hierbitas de la Vero, la había visto echárselas a los clientes para dormirlos y poderlos robar, pero estos hombres eran demasiado grandes.

—Tú nomás hazme caso y obedece, que si no, nos lleva la chingada —dijo, y empezó a revolver más cantidad de la habitual. El mezcal se tornó casi naranja.

—¿Más mezcalitos?

Juntas les sirvieron otros tragos.

—Se lo dije, pinche Vero —le reclamó nuevamente Orquídea, mientras recogía los vasos—, en una hora seguro ya nos pescaron.

La Vero otra vez la agarró del cabello jalándola aún más fuerte y le dijo.

—Así que mejor nos vamos apurando, escuincla babosa.

—Está bueno —chilló Orquídea—, ya nomás enjuago esto —y se fue al baño llevándose una cubeta enlodada y una jerga dentro.

La Vero se sirvió un trago y lo bebió de golpe. Al terminar, prendió otro cigarro. Le temblaba la mano. Sacó la mochila que tenía escondida debajo de la barra, la abrió y revisó su contenido. 

—¡A huevo! —Exclamó sonriente, deslizando los billetes entre sus dedos.

Lo de los michoacanos era un favor que la Vero le debía al Chivo, quien le había llamado para prevenirla. El Chivo se enteró de que habían llegado al hotel Panchito y arregló todo para que acabaran yendo al prostíbulo. Esa noche, el celular de la Vero vibró sobre la barra justo cuando ella estaba engarzada al fuereño más gordo, pero algo le dijo que contestara.

—¿Te acuerdas, chula, de cuando les salvamos el culo a ti y a tu chamaca de aquellos pendejos con las escobas? —Fue lo primero que escuchó y de inmediato reconoció esa voz rasposa. La Vero interrumpió los retozos y se alejó de la mesa dejando a Orquídea encargada de entretener a los hombres.

—Sí, Chivito, claro que me acuerdo…

Pero él la interrumpió con una carcajada.

—Pobres infelices, al final ellos terminaron con su juguetito dentro. Entonces, ¿me imagino que tampoco has olvidado que tuvimos que llevarlos al monte? —dijo el Chivo, poniéndose de pronto muy serio.

—Ni Orquídea ni yo lo hemos olvidado, siempre les estaremos agradecidas a todos los pelones por…

Pero el Chivo, ahora estaba encabronado.

La Vero encendió un cigarro mientras que los michoacanos se pasaban a Orquídea de boca en boca sin darle tregua para un respiro.

—Ningún agradecidas ni que ocho cuartos, deja las gracias para los que no pueden pagar sus deudas, ustedes sí que pueden y con ésta, pues ya estamos a mano. ¿Qué dices?

“Pues qué jijos te voy a decir”, pensó la Vero. 

—Faltaba más Chivo. Tú dirás.

Luego de ver a los tres fuereños, la Vero supo que eran ellos a quienes los pelones andaban buscando: una, para matarlos, sabrá Dios por qué venganza; otra, para quitarles la mentada mochila llena de billetes. Pero eso ya era otra cosa. La lana iba a ser nomás para ella que se llevó la friega más grande. Sin embargo, no le había dicho nada de esto a Orquídea. “Está muy escuincla y muy babosa para entender, capaz que raja y terminamos peor que los de anoche”, pensaba.

Orquídea salió del baño.

Ya le dejé todo listo —le dijo a la Vero, sorprendiéndola in fraganti con la mochila abierta y los fajos de billetes pegoteados entre sus dedos.

Orquídea se quedó inmóvil, sin poder disimular su rabia. Traía un machete ensangrentado y unos costales en la mano.

—¡Pues anda y mételos ahí adentro que no tenemos todo el día! —Le ordenó la Vero mientras guardaba la mochila y llenaba nuevamente su vaso. Orquídea no se movió de su lugar, retándola. Entonces la Vero le escupió el mezcal y le dijo:

—¿Qué te pasa, eh? ¿Viste el dinero? —Y al notar cómo Orquídea se cimbraba de coraje, dulcificó su tono:

—Es para las dos. ¿No pensarás que no te iba a decir, verdad? Chamaca bruta, órale, sírveme otro trago.

Orquídea lo sirvió, pero en lugar de dárselo a la Vero, se lo bebió ella. Luego, se acercó y le dijo:

—Yo sola no voy a poder, ayúdeme.

La Vero apago su cigarro dentro del vaso de Orquídea.

—¡Cómo serás pendeja! —Gritó enfurecida. —¡Órale, vamos antes de que lleguen toda la bola de pelones cabrones y nos quiten todo! 

Orquídea, paralizada, apretaba cada vez más fuerte el machete. La Vero lo notó.

—A ver, trae acá pues y arréglate esos pelos, y ya quita esa cara.

Luego, agarrándola del brazo, entró junto con ella al baño. Dentro estaban los tres costales, todos amontonados y embarrados de sangre. Cuando los destazaron, la Vero le había dicho a Orquídea que lo más importante era deshacerse de las cabezas por aquello de que los fueran a identificar, así que lo primero que habían hecho fue decapitarlos a puros machetazos. Luego a cada hombre lo habían metido en su costal, cada uno con todas sus partes.

Me gustaba el chaparrito —había chillado Orquídea y la Vero se burló bromeando con ofrecerle una oreja de recuerdo “como los toreros”.

Al entrar al bañito y mover el primer costal, una arcada hizo que Orquídea saliera de inmediato. Su ropa, al igual que su cara, estaba embarrada de sangre. Trató de respirar hondo, de no llorar, de no vomitar y al no conseguirlo, volvió el estómago atrás de la barra. Ya lo había hecho varias veces durante aquella noche. La Vero, en cambio, parecía acostumbrada al olor de la sangre. Mientras vomitaba, Orquídea no podía pensar en otra cosa más que en lo infeliz que era. Ya no sólo era una puta, sino que ladrona y asesina. Y la Vero se quería “pelar con toda la lana”. La lana. Al final todo se trataba de lo mismo, pensaba triste. Si hubiera tenido lana jamás hubiera sido puta, hubiera tenido una familia, muchos vestidos bonitos y un celular como el de la Vero. De pronto, recordó el escondite de la mochila y sin pensarlo dos veces, la abrió, sacó todos los fajos de billetes que pudo y se los metió bajo la ropa, en los calzones, en su corpiño, hasta quedar tapizada; en seguida cogió unos periódicos, los arrugó y metió dentro de la mochila.

—¡Órale, escuincla, ni creas que voy a meterlos a la troca yo sola! —gritó su jefa, que arrastraba un costal fuera del baño. 

Orquídea, temblando, se acercó a ayudarle. “No vio nada”, pensaba. “No me vio”.

Había pasado un buen rato cuando por fin terminaron de arrastrar los tres costales que entre las dos fueron jalando, uno por uno, hasta lograr echarlos dentro de la camioneta. Luego regresaron al bar. Estaban exhaustas. Tampoco esta vez la Vero se enjuagó las manos. Así, embarradas como estaban, se sentó, subió de nuevo las piernas sobre la mesa, sacó su último cigarro y lo prendió. Ya más tranquila, miró a Orquídea que, desesperadamente, se lavaba tratando de quitarse hasta el más mínimo rastro de sangre, y le dijo:  

—Estate tranquila, niña, estos pendejos ya no nos van a agarrar. ¡Vamos a ser ricas, pinche chamaca! Ya no te vas a tener que coger a cualquier hijo de puta que traiga cincuenta pesos, ahora sí te vas a poder coger a alguien menos ojete y mucho más limpio. Vas a ver que con este dinerito vamos a hacer un negocio como Dios manda y no chingaderas como ésta.

Y se quedó mirando a Orquídea como esperando su aprobación.

Orquídea se mordió un labio y guardó silencio. Entonces, la Vero, sin bajar la mirada, le dijo:

—Sé que ha sido difícil. Antes todos venían a verme, pedían estar conmigo. Ahora todo es diferente.

Orquídea volteó a verla y se dio cuenta. La Vero estaba más vieja que nunca. Ya no era la mujerona que recordaba. Se veía fea, sucia, cansada.

—Me acuerdo cuando te encontré vagando por el pueblo, chillando porque había muerto tu mami y tú ahí, cargando con tu hermana como si fuera tuhija

Orquídea se sirvió un trago, se sentó junto a la Vero y ésta le acarició el cabello.

—Lástima que la pobre no aguantó el hambre —continuó la Vero—, aquí las putas nunca están de más… Yo ya estoy muy paseada, así que ahora te toca a ti, ¿me entiendes? Con tu juventud y mi colmillo, no habrá cabrón que nos dure, ya verás. No serás lista, pero eres fuerte.

Y le acarició el rostro, dejando un pequeño rastro rojo en su mejilla. Gracias a esa caricia, la primera desde hacía ya mucho tiempo, Orquídea se armó de valor y preguntó:

—¿Y si en vez de seguirle con esto nos compramos un ranchito nomás? Uno como en el que me contó que vivía de chiquita, en algún otro pueblo lejos de por acá. Así podríamos empezar otra vez, podríamos tener animales, sembrar y… Con suerte y podríamos hacernos de maridos, tener chamacos. Hasta tener unas cuantas vacas o gallinas o caballos. Si quiere le ponemos al ranchito “Verónica”, como usté.

La Vero soltó una carcajada.

—¡Pero tú sí que me saliste viva! Y aparte de viva, huevona. ¡¿Qué no te das cuenta de lo que somos?! Mira escuincla, óyeme bien, nosotras nacimos putas, somos putas y moriremos putas. ¡No sabemos hacer otra cosa! ¡Un ranchito! ¿No me dirás que ahora quieres coger con caballos? Orquídea, que de algo sirvan ahora esos presumidos michoacanos. Chingue y chingue con que “sírveme otra, sírveme otra, total, aquí lo que nos sobra es plata”, friegue y friegue con la mentada mochilita y presume que presume la lana… ¡Lo que les faltaron fueron huevos! 

Volvió a reír grotescamente. Orquídea, cabizbaja murmuró:

—Como usted diga, pues.

Luego se levantó, llenó la cubeta con agua limpia, tomó un trapo y en cuclillas empezó a limpiar los brazos de la Vero.  Los restregaba tan fuerte que la Vero, adolorida, terminó por empujarla. 

—Apúrate, escuincla, que ya casi nos vamos —le dijo, un tanto desconcertada.

—¿Ya pusiste la gasolina y los trapos en la camioneta?

—Ya está todo listo —contestó Orquídea, quien primero clavó la mirada en el mezcal, luego en los costales, después en sus manos y por último en la Vero y en los frascos de hierbitas. Al terminar, le dijo que iba a prender la camioneta para que se fuera calentando el motor, no fuera que se les hiciera tarde y las detuviera la policía. La Vero estuvo de acuerdo y esperó hasta que Orquídea saliera para acercarse a la barra. En ese momento, sacó la mochila, la sopesó, sonrío y se la echó al hombro.

—A ver, escuincla, sírveme el último trago, el de la despedida.

Orquídea, regresando de prisa a la barra, sirvió dos mezcales.

—¡Por tu ranchito! —brindó la Vero, soltando una gran carcajada.

Orquídea se quedó frente a la Vero, con su vaso intacto en la mano. Después de que la mujer apuró su bebida de un sólo trago, observó serenamente como a la Vero se le amorataban los labios, la respiración se le iba cortando y poco a poco caía junto a la barra igual que los michoacanos. El celular brilloso comenzó a vibrar, pero Orquídea no contestó, brindó en silencio y salió del lugar.

Montserrat Varela (Ciudad de México, 1981). Escritora. Estudio teatro en el Centro de Arte Dramático, A.C., becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de dramaturgia 2008-2009, ganadora del primer lugar en el Torneo de Historias Mínimas José Mayoral 2015 y segundo, en agosto de 2019. Publicó su primer libro de cuentos llamado: Milagritos (Cartopirata, 2016, reeditado en 2017) y ha participado en distintas antologías y publicaciones en línea. Recientemente fue incluída en la antología Cuentos del Sótano (Endora Ediciones, 2019).