Invitación desde un alféizar de Armenia

Mariana Estrada

Arte: : Juan Carlos Mejía

30 de julio de 2019
Azatutyan Ave, Yerevan, Armenia

«Lejos se retuerce la eterna quimera,   
por donde comienza la turbia ciudad.
Una paz balsámica me llega de afuera,
y adentro del alma navega Simbad.»    
ALFONSO REYES, “La canción de mis ventanas”

Emir, hermano mío:

Desde esta rendija –que es refugio mirador del mundo– me siento a platicar contigo sobre el alto marinero náufrago. A la sombra, he decidido soltar el bulto que llevaba bajo el sol. Hacía tiempo que comencé a escuchar un concierto de laúdes cantados en un lenguaje escogido: es esta ciudad de palmos críticos que entre sus edificios celebra a la poesía.

            Hoy concuerdo con tu aliento de jeique y puedo balbucir que la ciudad es la gente y la gente son las personas que se muestran en su andar, las que se vuelven nuestro horizonte de puntos serpenteantes, líneas callejuelas, brechas fugaces; el horizonte que se abreva con sus propias líneas de agua. Soñar una ciudad y despertarse viendo la activa gente, el balancín de los árboles, las piedras milenarias que pregonan una antigua puerta otomana.

            Y aunque desde esta baranda no existe Jacinto ni resquicio de Cavafis que venga entre ruegos a mesurar el lamento o a negar los lestrigones, cíclopes o fieras, creo que hay un trémolo amarillo que se encuentra tan sólo reparando a la vuelta de cada esquina, en el sol del verano, en la bandera armenia que se vuelve ola para nombrarlo a uno pastor, peregrino o paseante. El amarillo está también en el embriagador perfume de esas rosas, en las flores color sangre usadas para la tintura gótica, esa misma tinta que piden prestada los escritores otomanos para rogarle a una muchacha turca, a razón de liberar sus cautivos corazones. “El vendedor de papel de Armenia parece que quema perfumadas cartas de amor” nos cuenta De la Serna.

            Cuando con la mirada pálpita, veo la cúpula puntiaguada de alguna iglesia, sus techos abovedados, el basalto y sus movimientos enfáticos en verticalidad, concibo el tejado de Ejmiatsin, los tallos dorados de Zvartnotsl, el frescor de Geghard y de Garni. Y logro hasta entonces que las voces de la calle –antiguos revuelos mecánicos– se conviertan en un eco del lago encendido y de sus límpidas aguas.

            Reconozco hasta aquí, a orillas de mi lucerna, que no hay una oquedad azarosa en los siete viajes contenidos todos en cada casilla de la semana. Reconozco, hermano mío, que mi viaje por esta alta baranda, hará que se enciendan las brechas de nuestro póstumo latir aventurero.

Mariana Estrada Gaytán (Aguascalientes, 1998). Es una Estudiante de Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato y directora de la revista impresa de creación y crítica literaria Los Demonios y los Días. Es fundadora del Encuentro Nacional de Revistas Literarias (ENAREL) “Fernando Benítez” y miembro de Pigmalión, grupo organizado por la literatura en Guanajuato. Ha publicado en Ruleta Rusa, Maremoto Maristain, Polen y El Gallo Galante.