No los vi venir

Edgar Rosas Mirabal

Arte: Guillermo Reyes/ Tox

Al amanecer los días lucían muy aburridos. Karen y yo odiábamos tener que despertarnos: el hecho de deshacer nuestros maravillosos sueños, romper nuestros párpados, desenredarnos de nuestras sábanas y salir al asfixiante calor de julio nos resultaba un acto horrible. Muchas actos atrapados en uno solo que se decía des-per-tar. Ni siquiera parecía tener tantos significados.

Tener que lavarse los dientes era lo peor. “No apesta mi boca, mamá. Lo juro. Ayer me cepillé. Es más, huélela”, le decía a mi madre, pero nunca me creía y menos me la olía. Peor aún si nos ofrecíamos los dos. Tenía la extraña idea de que los niños siempre mentimos. De haber sido posible nos hubiera exigido que nos laváramos la boca hasta diez veces en un solo día. “Si no te la lavas, hay animalitos malos que te verás obligado a tragar y que se esconden en tus dientes”. ¿Pero, qué animalitos podían caber en mi boca que Karen y yo no conociéramos? Peor aún: que Karen y yo nunca hubiésemos sido.

Era natural que mi madre mintiera. Los adultos siempre mienten. Karen y yo, después del desayuno, corríamos de sus mentiras hacia la frescura del exterior mirando complacidos el inefable sol rutilante que nos hacía mecernos en las ondulaciones del viento. Después de que el sol nos mirara, y nosotros a él, comenzábamos, con su aprobación en la mano, a estirar nuestros brazos que, poco a poco, se iban adelgazando hasta formar una tela casi transparente que se volvían nuestras alas. Sólo cuando escuchábamos el interrumpible ruido de nuestra cola,brr, brr, brr, notábamos que ya éramos las chicharras que, al principio, fingíamos ser.

Deshacernos de nuestros cuerpos nunca nos fue difícil; más difícil era regresar a ellos desde el cuerpo de un animal porque teníamos que pedir permiso a los señores de los altos montes y decirles que dejábamos de jugar. Hubo noches en que hubiéramos deseado quedarnos siempre como escarabajos:empezábamos a caminar por el suelo para que nuestros brazos y piernas se volviesen patas negras y delgadas, y nuestra espalda un caparazón gigante. Cuando sentíamos la liviandad de nuestro cuerpo, volábamos hacia el pasto del jardín de mi abuela, apagado por las noches con augurios mal anunciados, y, desde allí, esperábamos el paso de nuestras tías para colocarnos sobre sus pies y causarles unos tremendos gritos que acababan haciéndonos quedar patas arriba muertos de la risa.

El viento nos lamía, así juega, así brinca.

Por las noches también nos gustaba mucho volvernos mosquitos. Disfrutábamos zumbar en las orejas de nuestras tías y picarlas en sus sensibles pantorrillas. Los manotazos eran el peligro constante que atravesábamos siendo aquellos insectitos (eso y el raidolito que siempre ponían por sus pies para que nos intoxicáramos). “Nos quieren muertos”, me decía Karen. “Pues claro, tonta, somos mosquitos. ¿Quién no nos quiere muertos?”, le respondía, siempre angustiado porque ni los mosquitos podían evitar los presagios del porvenir. Lo único que sí evitábamos era tragarnos su sangre. Karen y yo siempre preferíamos la jamaica, roja y sin ese sabor pesado, aunque a mi madre no le gustaba que la bebiéramos tan de noche. “Les va a caer pesado y se van a morir”, nos decía mientras la vertía por la coladera del fregadero.

La obscuridad nos daba largos besos y nos enredaba en sus innumerables brazos.

Las noches en que nos volvíamos lechuzas eran las más tristes para mí. Al principio nos parábamos imperiosos en los más grandes árboles que rodeaban la casa de mi abuela mientras emitíamos mensajes secretos que sólo Karen y yo conocíamos. Después, bajábamos y nos postrábamos en el portón de mi abuela para así ver correr a mis tías que se espantaban ante las creencias que marcaban sus desteñidas vidas. “¡Son brujos! ¡Nos vigilan! ¡Corran todas adentro!”, gritaban, y sus pasos torpes chocaban unos con otros, cayéndose, levantándose, buscando siempre recuperarse y dejando en el olvido las sillas que infelizmente las soportaban. Nosotros siempre les agradecíamos esa tarea. Mis tías nunca.

Ahí viene el viento con sus caricias, con sus labios, con su querer llevarnos.

Mi tristeza comenzaba cuando teníamos que volver a las copas de los árboles, porque allí Karen me incitaba a volar para ver quién llegaba primero a la desabrida luna. Nunca conseguí hacerlo. Karen siempre lo logró y, después de lograrlo, pasaban días en que no la volvía a ver. “Odio que te separes de mí”, le decía. “Pues alcánzame, tonto”, me respondía.

Los días marcados por la alegría eran aquellos en que nos convertíamos en árboles inmensos como los que rodeaban la casa de mi abuelita. Nos parábamos en medio del Sol, con esa estrella rutilante viéndonos, y nos quedábamos tan quietos que nuestros cuerpos se endurecían hasta volverse madera y nuestros cabellos se erigían cual copa de árbol frondoso. Crecíamos tanto que el reto se volvía ver quién crecía más. Hasta hace unos días descubrí por qué Karen siempre me ganaba: era porque se paraba de puntitas. “Tramposa”, le dije, y no me respondió. Pasábamos siendo árboles tanto tiempo que de repente, sin notarlo, transcurrían siglos enteros. Sólo cuando nos cansábamos regresábamos a la casa de la abuela para tomar el rico café con leche que nos preparaba al atardecer, cuando el día ya parecía morir en la desolación.

Un siglo que entra por los ojos.

Otras tardes, en que éramos vacas, teníamos que pasárnosla comiendo monte todo el día. ¡Todo el día! Y nos encantaba ser correteados por los dueños del pasto que comíamos. “¡Vacas del demonio! ¡Ya verán! ¡Me las voy a llevar lejos, lejos!”, pero nunca veíamos nada. Después, enfurecidos, los correteábamos a través del campo haciéndoles creer que les ensartaríamos nuestros filosos cuernos de metro y medio. “¡Van a desaparecer, ya verán!”, nos gritaban, pero no veíamos aún nada. Nosotros nos tirábamos a reír sobre el pasto durante el resto de la tarde, hasta que los colores del inminente cielo se violetaban y los gritos de mi madre cabalgaban por el desértico camino que nos llevaba a la casa y cuyo ruido estaba propalado por los anuncios de cuerizas bien dadas.

Al regresar nos esperaba mamá con la chancla, quejándose siempre de que salíamos con ropa y regresábamos sin ella. “¡Chamacos endemoniados! Sólo ustedes saben dónde carajos se meten”, y ¡zas! venía la chancla. “¡Un día de estos los va a perder el duende!”, y ¡zas!, otro chanclazo. Karen, desconsolada, se tiraba al suelo e inundaba la cocina con sus lágrimas. Yo debía regresar sobre una canoa abandonada, subirla a mi lado y abrazarla. “Nada nos pasará, cariñito. Yo nos protejo, te lo prometo”, “¿De veras?”, “¡De vero!”.

El viento se escondía detrás de la luna.

Pero aquel miércoles aulló el perro de la vecina. Aulló porque mentimos un día antes. Dijimos que nos la pasamos en la mata de limón, pero fue mentira: anduvimos revoloteando como murciélagos entre las haciendas de la abuela. Me disgusté con Karen. “Los niños mentirosos no van al cielo y menos al Mictlán”, le dije. “¡Cállate!”, me respondió. Por eso fue que las chispas bailarinas de nuestras sábanas no nos esperaron aquella noche, y que nuestra memoria olvidó el significado de los aullidos caninos que tantas veces nuestra abuela nos repetía. “Significa que los duendes andan cerca”, decía mientras enjuagaba su dentadura postiza con agua bendita.

La lluvia da vueltas como una niña, con sus trencitas y su falda que gira y gira.

Todo eso lo olvidamos aquel miércoles al despertar, cuando la Aurora ya había vuelto al nicho del grillito, su esposo. Corrí a buscar a Karen, que se hallaba bajo la sombra de una palmera recolectando alacranes para arrancarles sus aguijones y le dije: “¡Karen, debemos ser guajolotes”, y nos volvimos guajolotes.

Esponjábamos nuestras plumas y caminábamos por la calle, extendiendo nuestro pecho y recogiendo lo más posible el moco. La gente, desde las ventanas de sus casas, nos miraba pasear y decían: “¡Ay, mira a esos! ¡Son las aves del diablo!”, y nosotros sólo reíamos de su cobardía. “¡Guruguruguruguruguruguru!”

Fue en nuestros descuidos cuando no nos dimos cuenta de las pisadas revertidas que venían a nuestro encuentro. No escuchamos su pom, pom, pom. Lo último que vimos fue la tela cosida de un costal manchado por la semilla añeja del cacao. Lo sellaron para evitar nuestra huida. Karen y yo llorábamos sin parar. Nuestro corazón estaba acongojado, o así leí una vez que se decía cuando el corazón tiene un gran penar. Gritamos vanamente. Nadie oía nuestros lamentos. Aterrado, me cubrí la cabeza con las plumas, deseoso de despertar y descubrir que todo aquello era un sueño y que me hallaría rodeado por los verdes muros de la casa de mi abuela que de seguro nos estaría esperando ya ahorita con el café perfumado con quitasueños.

Los chaneques se roban a los niños.

Como lluvia de mayo llegaron a mi mente los aullidos de los perros. “¡Karen, son los duendes! ¡Hoy aullaron los perros!”, le dije mientras mis lágrimas caían al charco de la desesperación. Gritábamos y gritábamos y gritábamos, pero era inútil, ¿quién querría salvar a unos pobres guajolotes?

Edgar Rosas Mirabal (Cunduacán, Tabasco, 1998). Es estudiante de la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas de la UNAM. Actualmente reside en la Ciudad de México. En el ámbito de la escritura, sus áreas de interés son la crítica y la denuncia social.