La Playa

Marcelo Juan Valenti

Arte: Juan Carlos Mejia

Miraba la inmensidad de la playa. Una desmesura de cemento. Figuritas embutidas en rojo fosforescente esquivaban camiones. Sonó el teléfono. El timbre indicaba una llamada interna.

—¿Bendt? Acérquese un momento, por favor.

Era el jefe.

—Sí, señor.

En su oficina, la visión de la playa era dantesca.

—¿Hoy tampoco vino Torsseri?

—No, señor. De personal me avisaron que tiene para dos o tres días más. No es para menos, con la impresión….

—Sí, sí, me imagino. Para colmo, después lo van a citar a declarar, eso le va a llevar un tiempo…¿Es cierto que se le cayó todo el pelo?

—Bueno…mucho, no le quedaba…

Se rieron, muy contenidos. Una breve tregua.

—Me parece que exageran. Baxter lo fue a visitar y lo encontró bastante recuperado… Pobre Torsseri, mire lo que le vino a pasar….

—Sí, sí, sí. Bueno, Bendt, hágame un favor:lleve estos informes a la gerencia general. Ah… Cruce con cuidado la playa,usted que siempre trastabilla. Mire que no puedo seguir perdiendo empleados.

—Sí, señor.

Bendt tomó con cuidado las carpetas. Tenía la impresión de que, a pesar de sus precauciones, era infalible un doblez accidental en uno de los bordes; o que se cayeran los papeles, se arrugaran, quedaran impresentables.

En el pasillo lo alcanzó Analía, agitando unos papeles brillantes.

—Bendt, Bendt, bendito.

Ella lo llamaba siempre así. Demasiado torbellino esta chica.

—Bendito…Tomá, vení a verme. Mañana a la noche tocamos con la banda en pub.

—Hummh… ¿No estoy un poco grande para estas cosas?

—Bendito, si no te venís de saco y corbata, pasás. Van a ir unas tías mías que son de tu edad, te hago sentar con ellas…No comentés mucho, ¿eh?, mirá que te digo a vos y a dos o tres más. El resto…ni vale la pena gastarse.

—¿Qué hacen? ¿Rock?

—Sí, algo así. Venite, te va a gustar. Un beso, Bendito, te espero.

Analía, la verdad, lo correcto sería ‘Bendtito’.

—Papi, eso no lo puedo pronunciar; quedás bendito nomás, chau.

Miró la tarjeta. El grupo de Analía se llamaba Las hijas de Dánao.

Bendt bajó solo en el ascensor. En el hall, una recepcionista le dijo:

—¿Marcha la cosa?

—Másomeno—le contestó. Las puertas se abrieron al detectarlo y dio un paso al exterior. Hacía frío.Los hombrecitos vestidos de rojo eran todos extranjeros. Corrían, vociferaban, agitaban las manos. Parecían siempre a punto de caer bajo las ruedas de los camiones.Bendt esperó. El tráfico se aquietó unos minutos. Algunos de los hombrecitos lo reconocieron y lo saludaron. Luego, le indicaron que cruzara.

La recepcionista del edificio en el que se encontraba la gerencia general preguntó:

—¿Qué se sabe de Trosseri?

—Está mejor. Pero, imaginate, lo que encontró deja frío a cualquiera.

—Sí… pobre. ¡Qué tiempos! Hoy me tengo que quedar hasta tarde. ¿Sabés como llego a casa? Con el corazón en la boca.

De nuevo un ascensor.

Detrás de la secretaria del gerente general brillaba un cuadro. Grandes manchas rojas sobre un fondo gris ceniza.

—Hola, Bendt —dijo Judith, con la más política de las sonrisas.

“Qué lástima esos dientes tan sobresalidos”, pensó Bendt, y le entregó los papeles. Sintió que ella lo había borrado de la realidad, que sólo tenía ojos para el borde doblado de una de las carpetas, que él descubrió al verlas en sus manos.Judith volvió a levantar la mirada y esbozó un gesto de sorpresa al hallarlo aún ahí.

—Gracias, Bendt. Voidi está reunido con los capos y me acaba de pedir estos informes.

—Justo a tiempo.

—Sí, gracias.

—Bueno, hasta luego.

Bendt sintió ganas de ir al baño. Recordó que había uno dos pisos más abajo. Entró en uno de los excusados. Le causó gracia que el agua coloreada de azul por el desodorante se volviera verde. Mientras se lavaba las manos, entraron Galés y Makowitz hablando a los gritos, dándose palmadas. Siempre estaban tramando negocios y les iba bien.

—Pero, estos van juntos hasta al baño—pensó Bendt.

Galés se lavó la cara y Makowitz ocupó un mingitorio.

—¿Cómo andan?

—Biiieeeennnn… Tenemos algo grande entre manos—contestó Makowitz. Ambos rieron con la brutalidad acostumbrada. Bendt no pudo disimular el carácter forzado de la celebración del doble sentido.

—Che…pero, qué barbaridad lo de Torsseri—dijo Galés.

—Imaginate.

Pero, ¿cómo fue?

—Mirá, no sé qué fue a buscar al depósito del sector B. Tenía que hacer un arreglo en la casa. Removió unos caños y se la encontró.

—En mi barrio también encontraron una —dijo Makowitz, con las manos bajo el secador eléctrico.

—¿Y él?, ¿cómo está?

—Baxter lo fue a ver. Ahora, un poco mejor, pero encontrar una nena mutilada no es agradable.

—¿Quién será el degenerado? ¿Cuántas encontraron ya?, ¿cuatro?

—La del depósito es la sexta.

—Linda joda…¿Cómo puede ser que alguien destroce una nena, la tire en un depósito de la planta y nadie vea nada? Nos van a investigar a todos por sospechosos…

—Bah, nunca encuentran nada. Mi hermana tiene dos nenas, está aterrorizada.

—Me imagino.

—Bueno, chau, Bendt.

—Chau.

La recepcionista lo saludó con la mano, estaba atendiendo una llamada.Otra vez las puertas se abrieron ante él. Dio un paso ceremonial. Afuera hacía frío.

Marcelo Juan Valenti (Rosario, Argentina,  1966). Poeta y Narrador. Entre sus publicaciones de narrativa se destacan: Paralelo Protervia, novela en coautoría con María Luisa Siciliani, (1998), Una langosta en la casa invisible, cuentos, (1999), Ojalá Jane Fonda nos ilumine, cuentos, 2011 y La eternidad del cíclope, cuentos, 2014. Además de los libros de poesía Presagio de la reina ciega, (2002), Caballo Bifronte en coautoría con Susana Rozas (2003), Juego de abadesas,(2005), Jardín Espejo y Espejo Jardín,(2010), Después de la orgía, el canibalismo, (2014), El señor Perpol, cuentos y poesías, (2014).