El cuerpo es una prisión de recuerdos vividos.

Graciela Susana Bautista

Arte: Georgina Maeneku

Para habitar mi nombre* (Literalia, 2018), del poeta Ricardo Plata, es un poemario que —él mismo nos aclara— homenajea a Andrés Caicedo, no como un intento remoto de imitación, sino como una búsqueda vivaz de respuestas y de remembranzas que junta a ambos escritores.   
            El poemario, a través del verso libre, nos describe varios escenarios, sentimientos profundos, vivencias visualizadas con ojos de placer, soledad, muerte; pero, sobre todo, una sensación continua: el cuerpo es una prisión de recuerdos vividos, memorias que nos afirman o niegan y nos van forjando una identidad poco propia. El autor va respondiendo, con menor certeza de esta, sobre lo que somos para los que tienen la dicha o desgracia de acompañarnos.        
            Los treinta poemas de Plata tienen autenticidad propia desde la perspectiva: el poeta es un observador, un intérprete de las situaciones que toma y desecha (y sobre todo, describe). Desde las primeras líneas, acerca al lector a la duda, a la avecinada soledad: “En el refugio de las celebraciones // recuerda cómo se llama // y su mirada es un signo // de pregunta abierta donde se hallan las respuestas, /donde se encuentra él”.
            Tiene una distribución de tres partes y en cada segmento predomina una sensación. La primera está llena de incertidumbre; la segunda es una mezcla de respuestas predispuestas, deseos, añoranzas, y pocas líneas dedicadas al amor, sin idealización de la amada; todo es suceso y se plasma en momentos precisos: “Ayer se fue. // Para encontrarla en cada segundo // colgaré su fotografía con alfileres // en el centro del cielo, // por si llueve, todo se inunde de ella”. La última parte es descubrimiento, un contrapunto sobre la muerte, su persecución y, finalmente, su ejecución.         
            Cuatro de los sus títulos anuncian la unidad del poemario; “Vi a mis amigos perseguir sus sombras”, “Vi a mis amigos aferrarse”, “Vi a mis amigos tambalearse”, “Vi a mis amigos gritar”.  Historias diferentes que tienen una cosa en común: el distanciamiento de quien mira, y en el último verso de estos, la presencia de lo inminente: “Los vi mirándome la muerte/ Me vi en los ojos de la muerte y era, por fin, tan hermoso”. Para el final se concluye con tres poemas, cerrando el dañoso proceso y la imposibilidad de vislumbrar la ayuda.   
            Las breves pero preciosas frases añadidas de Caicedo contagian esa fiebre de la que habla Plata. Además, no podemos olvidar los fragmentos citados de las cartas que el joven poeta colombiano envió a su madre y a su amada, pues nos sirven de contexto e insinúan la historia. También está el testimonio del amigo de Andrés; es claro y bifurca los caminos de los versos, da respuesta del suicidio de este.         
            Todo en Para habitar mi nombre es poesía joven, pero no ingenua; reclama frutos de madurez y, acertadamente, es una guía para no perder a los nuevos autores, testimonios certeros de que hay siembra y cosecha en la literatura joven. El autor ofrece su propia vista de una existencia atormentada. Finalmente, para este, la vida es como un poema: mientras uno sea intérprete de ella, siempre será distinto lo escrito a lo que se lee, y esta fusión de escritores es muestra de ello.

Poemas de El cuerpo es una prisión de recuerdos vividos de Ricardo Plata:

Puedo huir de la prisa…

Puedo huir de la prisa,

huir de la tarde,

de los diagnósticos errados de mi persona,

de los malos y buenos viajes,

de fumar en las alamedas.

Puedo huir de las emergencias

que olfatean mis pasos de serpiente

y de las ambulancias que aprendieron mi nombre

pero no aprendieron a pronunciarlo.

Puedo saltarme los llantos postcoito,

afinar las eyaculaciones

como en un piano de orgasmos.

Puedo ser un animal que olvida

cada una de sus costumbres.

Puedo huir de unos ojos

que me miran más de diez segundos

sin sentirme presa de la cursilería.

Puedo arruinar las cosas

cuando su marcha es perfecta

para no sentirme fuera de mi rutina.

Puedo huir de todos y de todo

menos de las rejas de carne

que aprisionan mi cuerpo.

Nació con oscuros caballos…

Nació con oscuros caballos

galopando su sangre.

Nació con la oscura sonoridad

de la palabra adherida a sus neuronas.

Nació para colgar el abecedario de su infortunio

en los estantes de la noche.

Nació para interpretar el mundo

como una caja de tormentas.

Un centímetro de oscuridad

le faltó para ser el cuervo

que domestica la hora de las derrotas,

y el vuelo de su palabra

nombra a las constelaciones

con el idioma de su infortunio.

Vi a mis amigos aferrarse…

Vi a mis amigos aferrarse

 a las colillas de los cigarrillos,

sus dedos eran gaviotas amarillas

 enamoradas del viento.

 Era el último día

del invierno de los derrotados,

los vi apedrear su pasado

 y sangrar en el hoy.

Sus decisiones eran un ancla

que los sujetaba en un mar de incertidumbre;

quedarse inmóvil era morir.

 Vi a mis amigos quedarse solos,

los vi odiando con la fuerza

 de una bandera anónima

 mientras escuchaban a los Rolling Stones.

Los vi mirándome la muerte.

* Si deseas leer el poemario completo, te invitamos a consultar la siguiente dirección electrónica: https://literalia.com.mx/literalia/para-habitar-mi-nombre?fbclid=IwAR2-bQr4CRWBvsXpEx3sYlPTIqIGsH_7Y0Aeh7Aiiw6i-eDLz50GDAgidf8


Graciela Susana Bautista, es poeta y narradora. Estudia Letras Hispánicas en la UAM- Iztapalapa, y es fundadora y coordinadora general del Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes de la UAM-Iztapalapa.