Consejo de sabios: sólo para fumadores.

Odeth Osorio Orduña

Arte: Valeria Olascoaga

Decía Julio Ramón Ribeyro que los hospitales son los puestos fronterizos por donde se canaliza el tránsito entre la vida y la muerte, si no mal recuerdo lo escribió en su libro de Prosas apátridas. Semejante poeta insensato. Me recordó cuando mi abuela fumaba su acostumbrado cigarro después del desayuno entre las  plantas del chayote y el limonero del patio. No le gustaba la gente y ese era su momento en solitario; sólo yo de vez en cuando la acompañaba; le decía que me diera a fumar y me daba; le preguntaba si me compraba unos chetos y me daba un peso; luego no le decía nada, nada más me paraba junto a ella. Un día como esos, me dijo: “Si hay algo que debes saber para vivir esta  vida es que nunca debes enamorarte de un músico o un escritor y menos de un poeta, a menos que quieras arruinarte”. Ese fue tal vez el único y verdadero consejo que la abuela dio en su vida; casi siempre se la pasaba escuchando; rara vez daba su opinión sobre la vida de sus hijos y sus nietos. Como si con mirarnos supiera en qué revolcadero acabaríamos. Parecía que veía el futuro de todos y por eso no decía  nada. Ante la tragedia inminente guardaba silencio. No sé si ese consejo que me había dado se lo dijo a sus hijos; supongo que no porque justo mamá fue arrastrada al mundo de los artistas. Ella decía que mi padre era un gran pintor, poco valorado. Aunque el consejo de mi abuela no decía nada sobre pintores. El punto es que a mí me lo dijo. Lo había dicho con la seriedad suficiente que se necesita para aconsejar ese tipo de cosas. Desde entonces tuve miedo de los músicos y más de los poetas. Los miraba con  recelo. Nunca confié en ninguno de ellos y vaya que conocí a muchos, sobre todo por la familia. Había una tendencia irrefrenable de apreciar y casi venerar a los artistas; fueran cuales fueran. Incluso los que modificaban los autos. Entre mis tíos y mis primos había una adoración secreta por la calidad y la buena mano que tenían para la pintura sin dejar huella de ningún raspón.

Mi propio padre fue un pintor que nunca consiguió vender ningún cuadro, ni siquiera un mural. A penas le pagaban lo justo por pegar papel tapiz en las paredes de las casas; lo buscaban mucho porque era artista y sabía cómo combinar patrones para dar un toque moderno y original a la habitación. La realidad es que sólo la gente rica lo contrataba; la abuela siempre le exigió pedir más por el trabajo, pero se negó; nunca dijo por qué. Después le dio cáncer por el material que usaba para el decorado y no volvió a pegar papel tapiz nunca más. Tampoco volvió a pintar, sus manos le temblaban mucho. Su enfermedad se complicó demasiado. Empezaba a verse afectado más de uno de sus sentidos. La abuela no quería que lo llevaran al hospital, pero mi madre fue necia y lo internamos; la abuela le gritó que era una asesina; mi madre lloró mucho por esas palabras, aún más que si mi padre hubiera muerto de verdad. Adentro le dieron un tratamiento para ayudarle a tener una vida digna. Así eran los médicos, todos querían dar una vida digna, pero como mi padre había perdido mucha de su voluntad, entonces la decisión era de mi madre, quien dijo sí al tratamiento.

Él se quedó en un asilo para enfermos que visitábamos para verlo. Mi madre me pedía hacerle un dibujo para que me recordara y hacerlo feliz; nunca hice tal cosa, en una hoja de papel en blanco escribía la palabra papá, con una carita sonriente a un lado y  la doblaba a la mitad. A veces las letras las hacía con colores distintos. Él siempre sonreía cuando la veía. Entonces mi madre se echaba a llorar otra vez porque mi padre sólo reaccionaba ante la palabra papá escrita con colores. La cosa no iba bien ni para mi padre ni para mi madre. A él lo veía cada vez más distante de nosotros y a mi madre más propensa a los llantos desconsolados. Toda la quietud de mi padre había ido a parar al corazón de mamá que nunca dejaba de sollozar. No había noche que no rezara por la milagrosa cura de mi padre. Pero nunca fueron escuchadas sus oraciones, ni cuando nos fuimos a meter dos días enteros a la parroquia para rezar hasta veinte rosarios por la salud de mi padre, ni cuándo terminó por quemar todas las imágenes religiosas que había en la casa cuando los médicos le dijeron que el tratamiento no había funcionado.  

Mi padre tenía el mal adentro y no hubo nada que se lo sacara. Era cáncer de piel. Un cáncer del tipo mortal. Doloroso. Mi padre se fue yendo y junto con él se llevó las ilusiones de mamá. Se convirtió en otra, adoptó otras necesidades, otras vulnerabilidades y empezó a traducir sus emociones como si ella también hubiera enfermado. Hablaba de forma extraña. Se movía de forma extraña. Hasta empezó a quererme de forma extraña. No puedo decir de qué modo exactamente, sólo sé que de otro. De pronto dejó de excusarse o de asumir responsabilidades que no eran suyas. Mi abuela nunca estuvo de acuerdo con eso, pero hasta que mi madre empezó a deshacerse de los materiales de mi padre para cambiarlos por unos nuevos, la abuela sonrió.­

Se nos quitó la sombra de encima.

Desde entonces, mamá volvió a pintar. Empezó con bodegones, como cuando era aprendiz de mi padre. Después hizo retratos, firmados con su nombre. Tuvo otros aprendices. La abuela seguía fumando. Terminó en un cuarto de hospital, oliendo a ellos: a enfermos. Cruzó la línea. Como mi padre, llegó a la frontera. Quiso volver con nosotros, a estar sana otra vez, le cansaba traducirse todo el tiempo, pero como mi padre, no lo consiguió. Murió con su libro de Prosas apátridas en las manos. Había dejado de leerlo desde que la internaron, pero jamás lo soltó. Por cierto, Ribeyro era cuentista, no poeta.

Odeth Osorio Orduña (Puebla, 1988). Egresada de la maestría en Literatura mexicana contemporánea de la Universidad Autónoma Metropolitana. Participó en el Memorial por las voces apagadas de Lisérgico Films y el Centro Cultura de México Contemporáneo. Es Tallerista de escritura creativa y voluntaria en la correccional de menores de la Ciudad de México para impartir cursos de redacción, además de colaboradora de la revista digital “Reflexiones Marginales”.