Geología del éter O Poética de la migración (Fragmento 12)

Octavio Ignacio Pérez

Arte: Brenda Santos de la Cruz.

12

Delgada línea, fino muro

de arancel en desgracia

es mi cuerpo.

Un bloque de silencio

golpea, golpea con avaricia

frío y chaqueta,

pega más duro

que el blando sonido de los rieles

en mitad de los coyotes.

Trozo de vara consumida

por el vapor del tiempo

nuestro nombre se incrusta

crustáceo que lleva consigo

otras migraciones, otra inmensidad

más extensa que nuestra travesía;

pedazo, casi nada, salvo

los ojos, se ha consagrado sobre sí

hacia sí, el migrante;

músculo a músculo, aliento

a vapor, cabuche a ceiba

metal a horror

nuestros órganos son tributo

para éste fuego milenario

de las migraciones.

(Fuego y migración van de la mano)

hombre blando, mujer dura

recipiente mineral

donde guarda Kauyumari

incestuoso pulque a Huitzilopochtli

donde Cortés incendió el ridículo de Quetzalcoatl

e iluminó las vías de nuestro pecho

Aparruki vino en busca de nosotros

y un tal Solalinde alimentó a las mujeres;

hinchados los pies, es cierto,

los puntos cardinales no son equidistantes

sema somático, cada cuerpo,

esparcido en sí, blando…

Sepultome entre lirios, padre

a la caída del primer pétalo

y se petrifique mi verso

en tierra mala a toda hora.

-No hay justicia que no empale el tiempo-.

Brincar los muros,

uno a uno, colonizar,

romper, aplastar la historia

para reescribirla

tener un lugar, un sitio

dónde citar a todos los muertos

baleados en la línea.

El horizonte se curva

como cuerpo en hoyo.

Sólo hay esperanza

debajo de la tierra.

Nuestra libertad es un post

que degrada nuestra condición

rebaja nuestro nombre a nada;

tumba tu pensamiento

me petrifica a un universo

incomprensible, donde mutamos

donde nuestra voz

como estrella, siempre

llega tarde.

Es verdad,

al morir, cual átomo

volvemos a casa.

Cuando nuestros ojos se apagan

muere un astro

y nace un migrante;

estamos sincronizados

con lo inalcanzable.

Solo nos alcanza la sed,

el hambre,

y las balas

que tocan la piel, como caricia

recién salida de tu mano.

Llevo tu mano -cuántos

poetas a tu mano prendidos-

hasta la cumbre del Nosotros

y como Sísifo

vuelvo a comenzar de zenit

a cenit, de mineral a harina

de mis brazos a otros brazos

tiendo mi esperanza

sobre los mecates del hastío,

vuela el destino, como camisa

recién lavada por el sol

por éste sol que ensucia mis entrañas

que lava penas

y cuece los zapatos, la blusa

tu mejilla.

Dejemos el paso para otros

para nosotros

un pié en la fosa

y otro en la rosa;

todo software

un crustáceo

atiborrado en imágenes

y maldiciones

volar

volar en migración

-golondrina de cálidos reflejos

y queremos morir en un fumadero

o perder la virginidad

entre los rieles, a fumar

porque fumar, es menos peligroso

que el infierno.

Y darnos a Baco

¡Oh, mentado mil, mil y mil vinos más!

¿más, quién en su juicio

ha sido más que Baco, vómito o resaca?

¡Oh, conjuro, amor divino!

Quien no meta su dedo en el ano

no arrulle las chivas con la mano.

Oh, poeta, libre de todo mal

y mal pago al libre;

no podré verte jamás

y correrán los perros

ladrando al silencio

de fieras sombras

que se mueven

como un colibrí pequeño

entre la miel de la Cosa.

Desvanezco entre el vaho de la tarde.

Mi sangre, ebullición del dolor,

se agolpa contra mi sombra

permea la oscuridad que me habita

desborda silueta y mano.

Amargo sabor el sabernos vivos.

La muerte pasea su robusta mano

sobre afelpada piel de lagartos.

-Somos la última camada que vuelve al agua-.

Semáforos que dictan

el cambio estacionario de los sauces;

sincrónico molusco

petrificado al tiempo.

En el agua, observando

a los sedientos, supimos

que pisar playa

afectaría el movimiento de las uñas.

/…en Maine, tomate y tractor

cortaron de raíz nuestro arraigo,

a Colorado

arribamos para cultivar

resignación y codicia,

y a Texas

sólo de paso por la cárcel

y las balas./

andar hiere.

Labra la tierra

marca el rumbo

da norte a los sauces

y al sur

-siempre el sur-

empala tu corazón para los buitres.

Hay que pagar importe

por traficar cuerpos blandos;

órgano millonario

es el río

/cuota improvisada

el círculo de hule

que nos cobija

del hambre.

Cuarenta quetzales

atravesar el Usumacinta.

Paramos al Ceibo

para alimentar lagartos

y milicos.

Octavio Ignacio Pérez (Chapala, Jalisco, 1985). Poeta, tapicero, cartonero y educador popular. Autor del libro Deja que lleguen las moscas (Ed. El viaje, 2014). Y las plaquettes de poesía El jardín de las bromelias, y Canto medular (2018). Ha sido publicado en las antologías La tierra que andamos y Trabajar en el gabacho (Historiatra Editores). Es fundador de Chinchorro Oficios y Arte.