A la sombra del pachuco

Julio Martínez Hernández

Arte: Mariana González Sánchez

Eran casi las 2:00 de la madrugada cuando Víctor caminaba sobre la calle de Alzate, que se encontraba vacía. Había dejado atrás la calle Sabino, y a la mitad de la cuadra escuchó que alguien murmuraba algo tras él; apresuró el paso y decidió no prestar mayor atención; eran un par de chavos que, lo más seguro, serían de “La CP”, la Ciudad Perdida de la calle Sor Juana, un laberinto de estrechos pasillos que dan acceso a patios y a un centenar de cuartos, en su mayoría de láminas de asbesto, habitadas por familias pobres. De pronto, se dio cuenta de cómo le daban alcance sus seguidores y le emparejaban el paso, uno de cada lado.
            —¿Qué tal carnal? No eres de por acá, ¿verdad?    
            —¡Eh… no! no soy de aquí.   
            —Acomplétame para mi chela, ¿no?… ¿o te vas a poner mamón?— Le dijo el otro tipo.
            Víctor no respondió; sacó unas monedas que tenía en la bolsa de su pantalón y las entregó sin fijarse en la cantidad.           
            —No es limosna, güey.         
            No se dio cuenta quién dijo eso y sintió un golpe en la espalda que lo hizo caer de bruces, justo cuando estaba llegando a la esquina de la calle Fresno. Sobre la avenida se imprimió el reflejo de las luces provocadas por la torreta de una patrulla que venía en dirección suya; aun así, los agresores se dieron a la tarea de arrebatarle su cartera, su celular, y emprender la huida en dirección opuesta. Víctor se levantó lo más rápido que pudo y gritó, intentando llamar la atención de la patrulla, que pasó de largo.                      
            —¡Vale madre!          
    —Shht…— le contestaron — Q´vo, carnal… estuvo bueno el costalazo… ¿qué no?…
            A su izquierda, en el edificio de la esquina de Fresno y Alzate, Víctor vio que entre las sombras había un tipo recargado en la pared; vestía de forma peculiar para la época: llevaba un traje negro de los años 40, como los que usó Tin-Tan, de pantalón a la cintura, bombacho y estrecho en los tobillos; camisa negra, corbata roja y saco largo; zapatos de charol, sombrero de ala ancha y una cadena que iba en la cintura y se perdía por algún lado de la bolsa trasera del pantalón. Víctor no dijo nada, sólo lo miró, auscultando su apariencia, algo enojado.         
          —Relax carnalito, no lo tomes a mal, pero la neta sí pareces turista. Pareciera que andas buscando algo, o a alguien, y además te cargas una jeta que no sabes ni dónde andas, ¿qué, no?… ¿Qué se te perdió por estos lares?   
            —No. Nada— contestó Víctor con recelo.   
            —A lo mejor, te puedo tirar paro. Yo he visto pasar a un chingo de gente por aquí.
Se quedó pensando un momento y con miedo a que volvieran sus asaltantes, decidió preguntar.
            —¿Has visto pasar a una chava últimamente?        
            —Simón, he visto pasar a varias, ¿por qué?
            —Lo que pasa es que ando buscando a mi chica; estábamos en una fiesta, pero discutimos y se salió sin decir nada; quise detenerla, pero no pude… No creo que esté muy lejos, ha de estar por acá… o eso creo. ¿Y tú, quién eres? No eres amigo de esos güeyes, ¿verdad?          
            —¿Yo?, no, para nada; sólo soy alguien, todos en el barrio me topan, o casi todos, pero eso fue hace mucho time.  
            —¿Y por qué te vistes así?, ya es tarde para ir a la Ciudadela, no crees, o ¿vas a una fiesta temática?
—Ohhh, qué pasó… no te mandes con mi tacuche. Pero sabes qué creo, men, que tu morra va a encontrarte a ti y no al revés. Eso, o chance ya se fue con otro vato.        
            Víctor lo miró, molesto, limitándose a decir tan sólo: “si las cosas son como tú piensas, obvio, prefiero lo primero”. Mientras decía eso vio como el sujeto sacaba un paquete de cigarros del interior de su saco, tomaba uno y lo colocaba en su boca, mordiéndolo con los dientes.        
—¿Crees?… yo creo que no sabes lo que dices carnalito… sigues sin saber dónde estás parado.
            —Creo que lo mejor es que me regrese a la fiesta, lo más seguro es que ya regresó mi chava… Bueno, pues chido, fue un placer conocerte.           
            —¡Aguántate, cabrón, hazme caso y tate un rato aquí! Sé lo que te digo. Además, te vas por donde se fueron los güeyes que te atracaron… ¿qué tal si te los vuelves a topar?
            —Si tú me acompañas no creo que me hagan nada, ¿o no que todos te conocen por acá?— repuso Víctor, un tanto asustado por el tono de voz de su acompañante.
            —¡Chale! Si no soy niñero… además, no me puedo mover de aquí, éste es mi barrio, mi chante… Aunque, hace un rato que no me doy un roll, que no voy a una fiesta, que no bailo un buen dancing con una morra… this is my work, velar a la noche, ver pasar a la raza… tal vez no es mucho, pero es mi trabajo. Tu morra llegará. Mientras tanto, wacha la noche, men.       
            Víctor dio la vuelta y miró hacia la avenida, fue en ese momento cuando se dio cuenta que la calle estaba completamente vacía y en silencio; no había coches transitándola, ni se veía al vagabundo, ese personaje acompañado de sus fieles perros, que por las noches se encarga de hurgar y limpiar la basura que se deja en las esquinas, al pie de algún árbol o un poste; no se escuchaba ni el ladrido de un perro a lo lejos, ni soplaba el viento. Parecía que el mundo se hubiera detenido.   
            —¿Siempre es así por acá?   
            —¿Cómo?      
            —La calle, sola, callada.        
          —Sólo algunas noches— El pachuco le estiró la cajetilla de cigarros —chíngate uno para espantar el frío—. Víctor tomó uno y, justo cuando acercó el rostro para encender el cigarro con el Zippo del otro, el tipo miró sobre su hombro y le dijo: “Ahí te buscan, men”, señalándole con la cabeza.         
            Cuando Víctor volteó, vio a su novia caminando a paso rápido, en dirección a ellos. —Tenías razón, ella me encontró—, dijo. Sin embargo, no pudo avanzar. Fue como si la emoción de que lo encontrara no le permitiera moverse, y la noche, el silencio y la soledad de la calle invadieran su cuerpo y formaran parte de él. Casi frente a ella, se percató de que no lo miraba, que tenía el rostro pintado de espanto; su mirada estaba dirigida a sus pies y, por un momento, se olvidó del sujeto del traje de pachuco. Bajó la mirada y encontró un bulto; era él mismo, su cuerpo.        
            La chica se agachó y le dio vuelta como pudo, quitándole un picahielos clavado en la parte baja de la espalda, que arrojó a un costado     
            —¡Víctor! ¡Víctor!—, dijo ella con una voz rota.      
            Víctor volteó a ver al pachuco, pidiéndole que le ayudara.
            —A veces es así; uno no se da cuenta de cómo fue. Tendrás suerte si se acuerda de ti por un tiempo, si te trae flores el primer año, pero con el tiempo te irán olvidando; uno nunca puede irse, aquí te quedas. Pero éste es mi lugar, mi barrio, mi casa. 
            El canto de un gallo dio señal de que la noche terminaba, el aullido de un perro a lo lejos se dejó escuchar. Víctor vio cómo el pachuco caminaba en reversa, hacia la pared, y se volvía una sombra que era borrada por el amanecer.

Julio Martínez Hernández (Ciudad de México, 1987), narrador. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Cursó el Diplomado Master en Cinematografía en ALTRAFILMICA.