Berlín se acaba

Guillermo Fadanelli

Arte: Yolanda M. Guadarrama

“Debemos aceptar las cosas tal como son; aceptarse uno mismo y no darle demasiada importancia al destino… Los berlineses somos enemigos de la fatalidad, no somos griegos”. Son estas las palabras que Alfred Döblin obliga a pronunciar a uno de los personajes de su novela Berlín Alexanderplatz. La escena se desarrolla en una vieja taberna en la Rosenthaler Platz donde los hombres se dedican a jugar billar y a charlar con desconocidos. Cuando leí esta novela tenía poco menos de un año viviendo en Berlín y podía ubicar, más o menos, los barrios a los que aludía Döblin durante el periodo de entre guerras (la obra apareció en 1929 y con ella nació, en muchos sentidos, la novela moderna alemana). De hecho, se volvió un pasatiempo para mí reconocer en un mapa las rutas de los tranvías que atravesaban la ciudad en los años veinte y cuando paseaba por ciertas calles gustaba decirle a mi acompañante: “Sé que no te interesa, pero justo por esta calle, en Münzstrasse, paseaba Franz Biberkopf, el personaje central de Berlín Alexanderplatz, sin rumbo determinado antes de visitar la casa de sus amigos judíos.” Y armado de la misma paciente ociosidad me aprendí de memoria el itinerario del tranvía número 68 desde la Rosenthaler Platz hasta el manicomio de Herzberge, de modo que cuando deseaba poner de mal humor a mi mujer le recitaba con mala pronunciación cada una de las estaciones en las que se detenía el tranvía. Es una tragedia que la vida de un lector se desmorone de esa manera (viviendo mundos que no le pertenecen), pero siempre ha sido así y dudo mucho que, en mi caso, esta situación cambie. En realidad, imitaba mi rutina en la Ciudad de México cuando, apoltronado en una cantina del Centro, leyendo un libro acerca de arquitectura colonial, abandonaba repentinamente los tragos para dirigirme hacia los edificios en cuestión, tocar sus piedras, escuchar voces y habitar otro tiempo.  

Es cierto que los berlineses son enemigos de la fatalidad, aunque no podría decir que carecen de espíritu griego, lo cual es bastante sencillo de comprobar después de dar un paseo por la ciudad. Parece que desearan borrar de su mente la posibilidad de una tragedia próxima o si hubieran decidido no perder su tiempo en dramas que de todas maneras sucederán. Les debe parecer redundante hacer nacer el arte de la tragedia y vivir al mismo tiempo bajo la carga de una fatalidad cotidiana: no dan la imagen de estar preocupados. He tenido la impresión de que la cita que tomé de Berlín Alexanderplatz atrapa bastante bien mi experiencia con los alemanes que traté durante más de un año en Berlín, antes de que culminara la primera década de este siglo, y que casi nunca me hicieron sentir como a un extranjero.

La ciudad es extendida y los dos ríos que habitan en ella, Spree y Havel, son pacíficos y transitables. Las bicicletas no cesan de moverse en todas direcciones y durante el verano los lagos atraen a sus aguas a toda clase de paseantes: no podría contar el buen número de botellas de vino que, en comidas de campo, a orillas del Krumme Lanke bebí en compañía de mis amigos hasta tragarme el lago entero. Cuando uno vive en una ciudad extraña son las experiencias más modestas las que, sumadas, le dan a uno la imagen que más tarde habrá de guardar en la memoria. La memoria se alimenta de mitos e imágenes entrecortadas, de jadeos persistentes y de ruinas. El hecho de que, durante el verano, decenas de jóvenes se desnudaran para tomar el sol en el Rudolph Wilde Park a sólo una cuadra de donde yo vivía, o el que decenas de conejos esperaran la noche para salir de sus madrigueras y reunirse en pequeñas pandillas apenas iluminadas por una lámpara lejana, me vuelven a situar en medio de un Berlín que, de tan real, se ha vuelto imaginario: dudo que exista tal cual se ha afincado en mis recuerdos.

Es comprensible que, siendo escritor, dedique buena parte de mi tiempo a la vagancia; a causa de ello me he percatado de que la presencia de arte callejero en Berlín provocara que el paseo se tornara una constante en el vivir de sus habitantes. No solamente los restos del muro que dividió la ciudad se convirtieron en superficie ideal para la pintura o el estarcido, sino que barrios como Kreuzberg o Prenslauerberg han tomado su sangre de las imágenes anónimas que tapizan sus paredes. El impulso primitivo tan propio del romanticismo alemán, de su pietismo nada oculto, de su pasión exacerbada, más la necesidad de colmar el vacío de una ciudad arrasada por las bombas y dividida durante casi tres décadas por un muro absurdo, dan a Berlín un aire de ciudad nueva y sabia al mismo tiempo (incluso dos de las construcciones que más sufrieron estragos durante la guerra, el Reichstag y la Iglesia del Kaiser Guillermo, se han mantenido en su sitio como metáforas de una vida que continúa sobre las ruinas y no se detiene). Y así como encuentras a cada paso tabernas, bares o espacios para el arte sin mayor pretensión que el manifestarse o el poblar los andamios subterráneos de la ciudad, también te sorprendes recorriendo complejos tecnológicos o fortalezas posmodernas como la estación de trenes (Berlin Hauptbahnhof) o el conjunto arquitectónico de la Potsdamer Platz.

Las noches de noviembre son extensas y negras como una cueva de montaña y la melancolía o los sueños suicidas aparecieron por primera vez durante mi estancia en el barrio de Schöneberg. El cielo toma una coloración extraña durante los días, y el frío comienza a volver inhóspita una ciudad que normalmente es demasiado gentil. Precisamente en un noviembre de hace casi dos siglos se suicidaba en Potsdam un escritor extraordinario y poco conocido en México, Heinrich von Kleist, cuyos relatos me acompañaron durante un periodo de mi estancia en Berlín (el azar provocó que Michael Gaeb, un viejo amigo, me obsequiara el libro Narraciones justo el día en que muchos años atrás Kleist eligiera para suicidarse junto con su amada Henriette). Aludo a este pasaje sólo con el fin de acentuar que en situaciones extremas el invierno hace que las razones se conviertan en sospechas tenebrosas, sospechas que en mi caso logré paliar sólo a través de la escritura o con una buena garrafa de Jägermeister. Se me ha hecho costumbre, en México, pedir en el bar un par de tragos de Jägermeister, antes de continuar, hasta que llegue la mítica caída.

En el andar nocturno me encontré con tantos lugares donde escuchar música, beber y consumir las horas en conversaciones que se dan sólo porque la atmósfera lo permite, desde sótanos hasta bares luminosos en los que un pinchadiscos ensimismado y escondido tras una barra apenas si levanta la mirada para echar un ojo a la clientela. Y pese a que nunca nos quitaremos de encima la triste pedantería que encarnan los bares de moda, éstos no colman ni dominan el horizonte nocturno de Berlín: aquí cada antro debe ganar su espacio en la aldea, echar raíces y vivir con plenitud su decadencia. Ejemplos vivos son el Ball Haus, en Mitte, el CCCP en Torstrasse o el White Trash, en Schönhauser Alle. Ecos de lo que en México han sido para mí El Hoyo, El 33, La Faena, La Bota, La Pulquería, el Covadonga o La Villa de Sarria. Termino esta mirada oblicua con una observación totalmente imparcial: Berlín no es precisamente Alemania, aunque de algún modo la contiene para así marchar en otra dirección. Durante una visita que en 1950 hizo Hannah Arendt a Berlín remarcó el hecho de que la población berlinesa odiaba profundamente a Hitler y que una vez derrotado el ejército alemán esta población no hizo más que respirar aliviada y comenzar la construcción de su ciudad en escombros. Los escombros son, por lo regular, los cimientos de un nuevo tumor urbano. Todavía hoy se pueden advertir aquí las consecuencias de ese desahogo histórico del que habla Hannah Arendt, además de que el placer que causa haber echado a tierra un muro dota a la ciudad de un temperamento mundano, saludable en una época en la que domina la barbarie tecnológica y las ciudades occidentales comienzan a parecerse cada vez más unas a otras.

Arte: Yolanda M. Guadarrama

Guillermo Fadanelli (Ciudad de México, 1963). Escritor, ensayista y cronista. Ingresó a la facultad de Ingeniería en la UNAM, pero decidió dedicarse a la literatura luego, por lo que fundó la revista Moho (1988) y la Editorial Moho (1995). Su obra contiene tintes autobiográficos, lo que dota a su obra de una potencia poco vista en nuestras letras. De su obra se destacan las novelas: La otra cara de Rock Hudson (Anagrama, 1997), Mariana Constrictor (Almadía, 2011) y Malacara (Almadía, 2020), entre otros libros. Ha sido galardonado con el Premio Impac-Conarte-ITESM, por su novela La otra cara de Rock Hudson (1998) y el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima para Obra Publicada, por su novela Lodo (su reedición estuvo a cargo de Almadía, en 2018). Impulsa y colabora en diversos proyectos literarios y culturales.