El profesor circunstancial

Gloria Patricia Viatela

Arte: Paola Espinoza

El lunes por la tarde Jorge y su mujer tomaban chocolate acompañado de un pan francés y se quejaban de la miseria, de la necesidad de tener que andar siempre con buena ropa, del precio del transporte, de los aumentos en los servicios públicos… De lo que hablan al atardecer los matrimonios pobres. Repentinamente, oyeron unos golpes en la puerta demasiado estruendosos y cuando abrieron irrumpió el doctor Bermúdez, muy cachaco en su vestir.

—¡Mi querido Jorge! ¡Vengo a darte una noticia! De ahora en adelante serás profesor. No me digas que no. Como verás, tengo que ausentarme unos meses del país, he decidido dejarte mis clases de sociales en el colegio. No se trata de un gran puesto y el sueldo no es grandioso, pero es una magnífica ocasión para iniciarte en la docencia. Con el tiempo podrás conseguir otras horas de clase, se te abrirán las puertas de algunos colegios y, de pronto, de una universidad… Eso depende de ti. Yo siempre he confiado en ti. ¿Es justo que un hombre de tu calidad, un hombre ilustrado, que ha cursado estudios universitarios, tenga que ganarse la vida como cobrador? ¡No señor! Tu puesto está en el magisterio, no lo pienses más, Jorge.

De inmediato el señor Bermúdez llamó al rector para decirle que ya había encontrado un reemplazo.

—No hay tiempo que perder, manos a la obra —y diciendo esto se marchó.

Antes de que Jorge tuviera tiempo de emitir su opinión, Bermúdez llamó una y otra vez a su jefe para recomendarle el docente provisional. Jorge, pensativo, mirándose en el espejo de su baño acariciando su calva, dijo:

—¡Un hombre de mi calidad no podía quedar sepultado en el olvido!

Se encerró en su cuarto de estudio, llevó un tinto en un pocillo plástico, desempolvó sus viejos textos de estudio y ordenó a su esposa que nadie lo interrumpiera, ni siquiera César y William, sus colegas de trabajo, con quienes acostumbraba reunirse por las noches a jugar parqués y hacer chistes sobre sus patrones.

Al otro día, a las seis de la mañana, Jorge abandona su casa y le dice a su mujer que no se le olvide colocar el aviso en la puerta, para que se lea bien: «Jorge Pulido, profesor de sociales».

En el camino se entretuvo repasando mentalmente los párrafos de su lección, con sus típicas clases tradicionales: desde hacía ocho años, cuando por dos veces consecutivas aplazó el examen de ingreso al Magisterio, no había vuelto a hojear un solo libro. Él siempre achacó sus fracasos académicos al rencor de la Ministra de Educación por los profesores y a su amnesia repentina.

Cuando llegó al colegio, la fachada de éste lo sobresaltó dejándolo perplejo: el reloj Tavannes antiguo de pulsera le indicó que llevaba un adelanto de diez minutos, ser demasiado puntual le pareció poco elegante y resolvió caminar hasta la esquina.

Al cruzar por el frente de la puerta grande del colegio, observó un portero de semblante hosco que vigilaba cual cancerbero, con las manos cruzadas en su espalda. Con gran sorpresa constató Jorge que las manos le sudaban, las piernas le temblaban; que los signos de los años se veían en los mechones de las sienes y el bigote que caía sobre sus labios mostraba un gesto de absoluto vencimiento.

Durante un cuarto de hora recorrió inútilmente las calles en busca de una heladería. En ese barrio residencial se encontraban salones de belleza. Luego de infinitas vueltas se dio de bruces con una miscelánea, cayendo cerca de un espejo que describía sutilmente un círculo de ojeras, que no podía ser otra cosa que el círculo del terror.

Desconcertado se volvió y quedó contemplando el panorama del parque, y el corazón le parecía una fiera enjaulada. A pesar de que las agujas del reloj continuaban girando, Jorge se mantenía ocupado en cosas insignificantes.

Un campanazo parroquial lo hizo volver en sí; dejando atrás su terquedad, se fue para el colegio. Con el movimiento, aumentó el coraje, ya que al lado del portero se encontraban unos hombres canosos que lo espiaban, inquietos, recordando a los maestros de su infancia, y volteando con rapidez, escapó hacia la avenida.

A una cuadra y media se dio cuenta de que alguien lo seguía, alguien lo llamaba: era el portero del colegio.

—¡Por favor! —¡decía— ¡No es usted el señor Pulido, el nuevo profesor de sociales? Los hermanos lo están esperando. —Jorge se volteó, rojo de la alteración.

—¡Yo soy cobrador! —Contestó brutalmente, como si hubiera sido víctima de alguna vergonzosa confusión.

El portero le pidió excusas y se retiró.

Jorge prosiguió su camino, llegó a la avenida, cruzó el parque, caminó sin rumbo entre la gente que iba de compras por el barrio, se resbaló en un sardinel, estuvo a punto de golpear a un ciego y cayó finalmente en una banca hecha de madera, abochornado.

Cuando los niños salieron del colegio comenzaron a burlarse a su alrededor, despertó de su sueño profundo. Confundido aún, bajo la impresión de haber sido objeto de una humillante estafa, se levantó y caminó por recovecos hacia su casa.

Se distraía, la realidad se le escapaba por todas las fisuras de su imaginación, pensaba que algún día se ganaría el Baloto por un golpe de azar. Solamente cuando llegó a la esquina de su cuadra y vio a su mujer que lo esperaba en la puerta de su casa, con un delantal amarrado a su cintura y unos guantes de látex negros que cubrían sus manos, tomó conciencia de su enorme frustración. No obstante, como si nada hubiera pasado corrió hacia su esposa abrazándola muy tiernamente.

—¡¿Qué tal te ha ido?! ¿Dictaste tu clase? ¿Que han dicho los alumnos?

— ¡Magnifico!… ¡Todo ha sido espléndido! —¡Balbuceó— ¡Me aplaudieron!

Pero al sentir los brazos de su mujer colgándose de su cuello y al ver sus ojos por primera vez llenos de orgullo, inclinó la cabeza sobre su hombro y se puso a llorar.

Gloria Patricia Viatela Martínez (Colombia, 1979) Escritora. Es Licenciada y Magister en Literatura por la Universidad de la Amazonia.