Mala conciencia

Philip Potdevin

Arte: Benny Gutiérrez

*Obra dramática en un acto para dos actores
(sin acotaciones de acción)

Personajes:

HOMBRE: Bandido que trabaja para un partido político.

MUJER: Compañera del hombre que se ha unido a su banda.

Prólogo

(Voz en off): Hace algunos años los partidos políticos azul y rojo se disputaban arduamente el poder. Cada uno contaba con famosos y sanguinarios bandoleros rurales que se encargan de sembrar el terror, apelando desde la intimidación a los campesinos para que no acudieran a las urnas hasta el exterminio sistemático de los simpatizantes del otro partido. Cuando los partidos antagonistas firmaron la paz, decidieron alternarse el poder en amañado contubernio. Los bandidos se convirtieron en incómodos personajes para sus antiguos jefes. Esta historia da cuenta de un episodio de la vida del último de ellos.

Hombre: ¿Dónde estaba? Llego y no la encuentro.

Mujer: En el huerto. Recogí la primera cosecha de rábanos. Vea esta belleza. La zanahoria va bien, igual que la lechuga. Aquí todo se da tan bonito. Lo que no entiendo es por qué a usted le dio por hacer el huerto pegado a ese abismo tan espantoso, habiendo tanta tierra aquí. Me da miedo desbarrancarme por estar arrancando una zanahoria… Tan pronto vi que venía por el sendero me vine para la casa. También traje flores.

Hombre: ¿Y mi papá? ¿Y el padrino?

Mujer: Salieron para el pueblo. Dijeron que regresan antes de que los alcance la noche. Usted aún no ha ido por allá a visitar a sus hermanas.

Hombre: Sírvame el almuerzo. Mire las horas que son…

Mujer: Más de las tres. El sancochito se enfrió, déjeme lo caliento en un momentico… ¿Qué le pasa? No le fue bien en la cita que tenía…

Hombre: La cosa está jodida. Preciso hoy que Paterrana y El Largo están por fuera. Falta ver a qué horas vuelven. Ayúdeme a cerrar los postigos y trancar la puerta, a poner esta mesa contra la entrada. En buena hora reforzamos estos muros.

Mujer: No me gusta verlo así. Cada vez que va a Chiquinquirá regresa angustiado.

Hombre: Hablé con el coronel del batallón.

Mujer: Ese es amigo suyo…

Hombre: No tengo amigos en el ejército; sólo negocios con ellos. Es diferente.

Mujer: …Esto quedó en tinieblas. Voy a prender una lámpara.

Hombre: ¡No! Verá que se acostumbra rápido a la oscuridad.

Mujer: Mmmhh… Parece media noche, no las tres de la tarde…  Cuente qué pasó.

Hombre: No.

Mujer: Entonces no ponga esa cara… Me pone nerviosa.

Hombre: Nos van a atacar.

Mujer: ¿El ejército? ¡Sería el colmo!

Hombre: ¿Quién más? Y otros bandidos, rezagos de la banda del Carlos Bernal. Están montando un operativo.

Mujer: Entonces el coronel es un soplón.

Hombre: Dijo qué vendrán mañana… como para que me pierda… dizque pa’ darme tiempo, pero sé que no será mañana sino hoy mismo. ¡Juepuerca! ¡Y tenía que ser hoy cuando Paterrana y El Largo me hacen el mandado! … Estoy solo.

Mujer: Solo no. Conmigo. Y con el niño. No se olvide del niño.

Hombre: Usted no cuenta. Y el niño menos. ¿Dónde lo tiene?

Mujer: En el cuarto. Le di un tetero cargado para que duerma. Diga cómo más ayudo.

Hombre: Quedándose calladita y dejándome pensar. Y sirviéndome el maldito sancocho.

Mujer: ¿A qué horas deben volver Paterrana y El Largo?

Hombre: A veces esas vueltas son largas… si la gente se pone difícil o presenta resistencia. A lo mejor les ha tocado dar un rodeo para regresar… Lo que sí sé es que hoy se nos vienen encima. En el camino para acá vi movimientos sospechosos. La gente está nerviosa.

Mujer: ¿Y a usted no lo reconocieron? Siempre pienso cómo hace para pasar sin que nadie lo vea.

Hombre: Ja, ja. Esa es mi gracia, ya se lo he dicho. Si no fuera por eso, no estaríamos aquí… Mientras sirve el caldito voy a bajar del zarzo la munición.

Mujer: Ya bajé dos cajas. Son pesadísimas.

Hombre: ¿Y a usted quién le pidió que las moviera? ¿No le he dicho que con eso no se meta?

Mujer: Es que tuve una corazonada. Y a fuerza de penas y dolores aprendí que debo creer en ellas.

Hombre: Ahora se las va a dar de bruja.

Mujer: Tuve un sueño. Todo era tan claro, recuerdo cada detalle. Yo estaba toda de negro, pero con una pañoleta roja en la cabeza, y venía bajando para Calarcá, pero mi tía había muerto y yo la veía como si…

Hombre: Ni me lo cuente. Voy bajando las cajas y las armas. Aquí me bato con esos desgraciados hasta no dejar ni uno; no saben con quién se meten.

Mujer: Siéntese. Ya está el sancocho; no se vaya a enfriar otra vez; eso tan recalentado no es bueno.

Hombre: Ahora no. Me entró el afán. No me van a agarrar con los calzones abajo.

Mujer: Le voy a pedir algo.

Hombre: ¿Qué?

Mujer: Enséñeme a disparar.

Hombre: ¿Está loca?

Mujer: Enséñeme a disparar.

Hombre: ¡No!

Mujer: ¡Que sí!

Hombre: Cállese. No voy a discutir con usted, menos en este momento. Necesito pensar cómo cuidar los flancos de la casa. Desde el zarzo se divisa cualquier acercamiento; es como jugar tiro al blanco. Lo jodido es que la noche no va a ayudar. Hoy no hay luna.

Mujer: ¿Quiere ver al niño? Se ve tan lindo dormidito.

Hombre: Ahora no. Cuando pase toda esta mierda.

Mujer: ¿Está seguro de que Paterrana y El Largo regresan hoy?

Hombre: ¡Pues claro! Si no la cosa se pone peluda. Con los cinco es a otro precio.

Mujer: Su papá y su padrino también saben de armas. Los he escuchado hablar entre ellos. Entre todos sumamos seis.

Hombre: ¡Y dele con su joda! Usted no cuenta. La necesito para que cuide el niño.

Mujer: Por el niño no se preocupe. Déjemelo a mí que yo me encargo. Necesito que me enseñe a disparar… Siempre quise hacerlo, desde niña, cuando salíamos por las veredas con los compañeritos de la escuela después de clases. La maestra nos dejaba salir temprano porque vivía lejos, en otra vereda, y cada uno con su cauchera… la mía la hizo mi hermano… yo tenía la mejor puntería. Hacíamos competencias; de corta y larga distancia. Todas las ganaba yo. Los niños se ponían celosos. No podían creer que una niña, la más flaquita y debilucha de la escuela les ganara. Fíjese…: el pulso firme en ambas manos… ni muy tensas ni muy flojas … perfecto equilibrio… el ojo quieto en el objetivo… se respira profundo y … ¡zas!

Hombre: Una cosa es matar pajaritos con una cauchera y otra usar un arma.

Mujer: No vaya a pensar que lo seguí solo para lavarle la ropa y cocinarle a usted y a sus hombres. Mujeres de esas las consigue en cualquier parte. Quiero estar a su lado todo el tiempo.

Hombre: ¿Y ahora viene con este cuento? … Me hubiera dicho eso desde el comienzo, no la traigo. La saqué de un bar, de los más feítos de Calarcá. No olvide eso. Y sabe para qué me la traje…

Mujer: Le he pedido que no me vuelva a echar eso en cara. Si vuelvo a escuchárselo me largo y le dejo el niño. A ver qué se pone a hacer.

Hombre: Pues se lo entrego a mis hermanas para que lo críen.

Mujer: ¡Me está diciendo que me largue!

Hombre: Le estoy diciendo que no me joda la vida. Menos en este momento… Y para colmo, Paterrana y el Largo nada que aparecen.

Mujer: No los espere. No van a llegar.

Hombre: ¿Usted qué sabe? ¿Dijeron algo cuando salieron?

Mujer: Nada. Las cosas se presentan como se presentan. Hay que comprender la vida con sus misterios y saber que los hechos se organizan de cierta manera. Hay un ojo que todo lo mira. Usted no quiere saber del sueño que tuve… nada puede sucedernos que no esté previsto, necesitamos enfrentar lo que tiene el destino para cada uno; nada podemos hacer frente a él y, aun así, no podemos callar ni tampoco dejar de actuar. Por eso es tan difícil vivir sin sufrir. En últimas, todos sabemos cuál es el fin que nos aguarda… Y su papá y su padrino tampoco alcanzarán a llegar. Así que enséñeme a disparar.

Hombre: ¡Tsss! Voy a asomarme desde el zarzo a ver qué veo… ¡Juepuerca!

Mujer: ¿Qué pasa?

Hombre: Abajo en la cañada ya comenzaron los movimientos. Hay cinco, unos de camuflado y otros de civil arrastrándose por entre los matorrales. Están buscando posiciones… Necesito poner a cada uno de nosotros en un lugar estratégico de la casa: El Largo, que tiene buen ojo, en el zarzo; mi viejo y el padrino en los flancos de la casa; Paterrana y yo nos ocupamos del frente; la parte de atrás está segura por el barranco; por allí es imposible que nos sorprendan; ese abismo sólo sirve para lanzarse por él. Así tenemos todo controlado. Solo necesito que se apuren y lleguen para ponerlos al corriente.

Mujer: Venga. Baje. Lo veo alterado. Paterrana y El Largo no van a acercarse si ya se pillaron que hay movimientos de la tropa alrededor.

Hombre: Con mayor razón tienen que llegar. No me van a dejar solo. Su lealtad es a prueba de fuego. Saben cómo moverse en el monte.

Mujer: De eso estoy segura.

Hombre: Ahora me preocupa el viejo y el padrino. Ellos van a regresar sin imaginar lo que está pasando.

Mujer: Lo mejor sería que se quedaran en el pueblo con sus hermanas, pero ni modo de avisarles. Ojalá los cogiera la tarde para que decidieran quedarse allá.

Hombre: Los necesito aquí, igual que a Paterrana y a El Largo. Esto va a ser una batalla. Entre los cinco ponemos a esos desgraciados en su lugar.

Mujer: No logro explicarme a qué fue al batallón.

Hombre: A hablar con el coronel, ya le dije. Estaba oliéndome la cosa y quería preguntarle si estaban planeando algo contra mí.

Mujer: Eso es lo que me cuesta trabajo… Si tiene negocios con ellos…

Hombre: …así son estas cosas, mujer. Mire: yo vengo del ejército, conozco cómo funcionan las cosas. Una mañana entré al casino de suboficiales y grité una consigna y me echaron al calabozo tres días, dizque por antigobiernista. ¿Se da cuenta? A mí, que había sido condecorado por buen estratega y promovido a cabo primero por haberle salvado la vida al sargento en una emboscada que nos tendieron los guerrilleros en el páramo de Las Hermosas. Lo bajé cargado al hombro en medio de una balacera que ni para qué le cuento… Al teniente que me mandó al calabozo lo encontré, unos días después, en un bar. Le hice el reclamo y quiso arrestarme por insubordinación. No tuve más remedio que descargarle dos píldoras con tan mala suerte que no se murió… Tuve que desertar. En esas la conocí a usted y al ratico me dijo que estaba embarazada y yo le creí. Muchas han tratado de cuentearme, pero conmigo se joden. Yo sé cuándo creerle a una mujer. Pero a usted no le suelto mucho pa’ que no pregunte, porque es avispada y mejor no le doy pie a nada. Además… me gusta su discreción.

Mujer: Me doy cuenta más de lo que se imagina. No hablo mucho; en eso soy distinta a usted. Pero pongo cuidado a todo… como los búhos.

Hombre: ¿Acaso cree que no me he fijado?

Mujer: Enséñeme a disparar antes de que sea demasiado tarde.

Hombre: ¡Cállese! Más bien ayúdeme a vigilar por las troneras.

Mujer: No me ha dicho por qué no quiere hacerlo.

Hombre: Vea… esto no es como aprender a fritar un huevo; dominar el uso de las armas es una labor difícil. ¿Cree que este es el momento cuando tenemos un operativo sobre nosotros?

Mujer: Tiene razón.

Hombre: Y, además, si le enseño es decirle que se una al combate y eso es exponerla a la línea de fuego. Yo a usted la necesito viva. Ya sabe por qué.

Mujer: Definitivamente no cree en mí.

Hombre:  Dígame qué ve.

Mujer: … ¡Ay! ¡Jesús mío!

Hombre: ¿Qué pasó?

Mujer: Por el camino vienen subiendo su papá y su padrino.

Hombre: Quítese. Déjeme ver… ¡Carajo!

Mujer: ¿Qué?

Hombre: Los acaba de interceptar un uniformado. Se los llevan pa’l monte. 

Mujer: Los van a interrogar.

Hombre: Van a torturarlos. ¡Juepuerca! Y Paterrana y El Largo nada que aparecen.

Mujer: Ahora sí que menos lo harán si vieron lo que acaba de pasar… Necesitamos un plan.

Hombre: Hay que esperar. No hay de otra. Esto es de paciencia.

Mujer: Entonces tenemos tiempo para que me enseñe a…

Hombre: ¡Que no!

Mujer: Usted es llevado de su parecer.

Hombre: ¡Qué tal que no! Estaría muerto hace años si no lo fuera.

Mujer: ¿Qué le encargó esta mañana a Paterrana y al Largo?

Hombre: Ocuparse de dos hermanos que tienen asolada a la gente de por aquí. Son ateos, para peor de males. De los mismos que han ordenado invadir las tierras de misia Matilde.

Mujer: La que le dijo que se viniera para acá, y le cedió esta finca.

Hombre: La misma.

Mujer: Su patrona…

Hombre: Es algo así…

Mujer: O es o no es.

Hombre: Ahora no quiero explicarle nada. Estoy preocupado por el viejo y el padrino. No quiero ni pensar si los torturan.

Mujer: Pero dijo que por ahora no se puede sino esperar.

Hombre. Pues sí.

Mujer: Entonces cuénteme de su patrona.

Hombre. Ella no es mi patrona. Mi única patrona es la Virgen.

Mujer: Lo sé. Se ve tan bonito cuando sube al zarzo por las noches, se arrodilla entre todas esas cajas de armas y municiones y se pone a rezar el rosario. Nunca he visto tanta devoción como la suya. Ni siquiera en los curas.

Hombre: ¿Sabe? Si no me hubiera metido en esto… sería dominico.

Mujer: A mí los dominicos no me gustan. En realidad, ninguno de los curas; algún día le cuento por qué.

Hombre: El hábito blanco de ellos … pa’ qué, pero es… bonito. De muchacho quise entrar al noviciado, pero era impensable. Mi papá decía que se necesitaba plata. Pero siempre he sido amigo de ellos. Incluso me regalaron un hábito bien almidonado, hecho para mí por las monjitas. El prior del convento me lo entregó y dijo que lo podía usar cuando quisiera. Allá me lo guardan. Es decir, al convento entro de civil y salgo con el hábito puesto, voy, hago lo que tengo que hacer, regreso y salgo de nuevo de civil, como si nada.

Mujer: ¡Entonces ha matado gente disfrazado de dominico! Eso es pecado.

Hombre: Pecado es dejar que esos hablen mal de la Virgen y de la Iglesia. Con el prior nos entendemos. Él sabe mi oficio; sabe por qué estoy del lado de ellos y ellos del lado mío. Por eso la Virgen también está conmigo, porque rezo el rosario y ayudo a preservar la fe en ella. La vaina es contra los rojos, que son casi todos ateos y además, comunistas. Se han vuelto fuertes por acá y por eso me llamaron a que los ayudara.

Mujer: ¿Los dominicos?

Hombre: Misia Matilde y sus amigos, los senadores de la región. Ella es la dura de por acá y también cercana a los dominicos. Pero los bandidos le invadieron desde el año pasado sus tierras y, ella, que es una mujer jodida, con los pantalones bien puestos y huevos bien grandes, no se iba a dejar quitar las tierras que heredó de su padre, un general héroe de la Guerra de los Mil Días.

Mujer: Yo no había nacido.

Hombre: Mi viejo cuenta que su padre peleó en las batallas de Peralonso y Palonegro… Misia Matilde sabía que las cosas estaban como feas para mí. «Venga y ayúdeme a limpiar la zona», dijo. En eso estoy… Fíjese, volví después de tantos años a mi tierra. Nos habíamos ido cuando tenía siete añitos, los gobiernistas sacaron corriendo a mi papá. Tuvo que dejar a mis hermanas con mis tías. Y nos fuimos los dos, los hombres de la casa.

Mujer: ¿Y su madre? ¿Sabe? Cuando venía para acá con los rábanos y me asomé al abismo me pregunté, no sé… por qué usted nunca habla de ella.

Hombre: Ella murió de vómito negro. No tengo recuerdos de ella.

Mujer: Entonces a eso, a limpiar la zona, fue a lo que envío esta mañana a Paterrana y El Largo.

Hombre: Es parte de la misión que me encomendaron…

Mujer: Mmmhh… ¿Sabe por qué me enamoré de usted?

Hombre: Sí, por los billetes que le mostré.

Mujer: ¡No se cansa de enrostrarme eso!… Me enamoré de su sonrisita apretada, de sus ojos azules, de su carita de yo no fui, y porque jamás he visto a un hombre más hermoso que usted, porque lo vi hacer toda esa cantidad de carambolas seguiditas en el billar, y porque cuando se le desacomodaba la ruana para tacar la bola, se le veía el revólver al cinto.

Hombre: La pistola. No es lo mismo.

Mujer: Y porque me miró diferente a como los hombres siempre me han mirado. En ese momento me dije: «Quiero a ese hombre para mí. Con él iré al infierno si es necesario».

 Hombre: ¡Chito! ¿Oyó ese silbido? Es la señal de Paterrana y El Largo que vienen subiendo.

Mujer: Yo no escuché nada.

Hombre: Que sí. Voy a contestarla y verá que responden. …Fuifruiii, fuifriii.

Mujer: ¡Ja! ¡Silba como un mirlo!

Hombre: ¡Chito, carajo!

Mujer: No oigo nada.

Hombre: Aguante tantico.

Mujer: … ¿Se da cuenta?

Hombre: Le juro que escuché el silbido de Paterrana. Es la señal convenida.

Mujer: Yo oigo otros pajaritos, pero no ese silbido.

Hombre: ¿Cómo lo va a escuchar si sigue hablando como una cotorra?

Mujer: Está bien…

Hombre: Me voy a asomar otra vez por el zarzo. Espere aquí.

Mujer. ¡A dónde voy a ir!

Hombre: ¡Juepuerca!

Mujer: ¿Qué vio?

Hombre: Siguen llegando más hombres. Los puedo ver, se arrastran bajo los matorrales. Más de veinte. Quizás treinta…. Más… ¡Maldita sea! Quieren rodearnos y tomar la casa por asalto cuando tengan todo listo. Desde aquí les lloverá fuego divino. Mi patrona no me desampara. ¿Cierto, virgencita mía? ¿Sabe? Yo aprendí que si uno reza el rosario entre los muchos favores que se reciben, está el de nunca ser desamparado por la Virgen. Pero hay que hacerlo con inmensa devoción.

Mujer: De eso doy fe… ¿Se da cuenta que no eran Paterrana y El Largo? Usted se imaginó cosas.

Hombre: Puede ser… Lo hubiera jurado.

Mujer. Le dije que ellos ya no vendrán, y si están llegando uniformados por todas partes ¡cómo diablos van a acercarse! Regrese aquí conmigo.

Hombre: Se puso jodida la cosa. Aquí me bato solito. Pa’ gente dura, yo.

Mujer: Le voy a confesar una cosa…

Hombre: ¿Con qué me va a salir?

Mujer: Yo ya sé disparar. Solo quería saber si usted era capaz de enseñarme.

Hombre: ¿Y dónde aprendió? ¿Con la caucherita que le hizo su hermano?

Mujer: No… El Paterrana me enseñó.

Hombre: ¡El hijuepuerca ese! … ¿Cuándo?

Mujer: Un día que usted salió. Y después, otros días también.

Hombre: ¡Y usted se lo dio a cambio! ¡Claro! ¡Mucho lo perra!

Mujer: ¡Usted a mí me respeta, carajo! Podré haber sido puta cuando me conoció, pero desde que me vine con usted le he sido fiel y lo seré hasta el último día de mi vida.  ¡No me conoce!

Hombre: ¿Y cuál arma le enseñó?

Mujer: La Beretta. Luego la carabina.

Hombre: Esa patea como una mula. Le puede romper el pecho.

Mujer: Lo sé. La he ensayado y me va bien con ella… y…

Hombre: ¿Y qué…?

Mujer: … La metralleta que usted usa…

Hombre: ¡Ay juepuerca! El Paterrana se cayó conmigo. Tan pronto lo vea se las cobro.

Mujer: ¿Por qué la emprende contra él? Yo fui quien se lo pidió…

Hombre: Porque me desobedeció. Lo primero que les dije, a él y al Largo, cuando llegamos aquí, era que usted tenía prohibido tocar las armas. Eso se paga con la vida. La desobediencia no tiene perdón.

Mujer: El Paterrana es buena gente. Gordito y cascorvo pero es un ser bueno. A usted lo idolatra. Lo mismo El Largo.

Hombre: ¿Cómo está el niño? No lo escucho.

Mujer: Duerme.

Hombre: Menos mal. A él si le voy a enseñar a disparar tan pronto pueda.

Mujer: A veces siento que está más pendiente del niño que de mí…

Hombre: Ja… No sabe lo que quiero a ese niño. Pero vea: toda mi gente, no solo Paterrana y El Largo, me quiere. No importa si es por miedo.

Mujer: Usted es un presumido. Quizás por eso me enamoré de usted… pero se le va la mano. ¿No le da miedo la muerte? En una de esas no sale vivo.

Hombre: Yo de todas salgo vivo. Tenga la certeza. Aquí no voy a dejar el pellejo. Esto no es para miedosos. El cielo está lleno de miedosos.

Mujer: Entonces se quiere cocinar en los abismos de los infiernos.

Hombre: ¡Ay, mujer! Usted a veces parece cura…Me importa un carajo si voy al cielo o a los infiernos. A mi lo que me importa es salir vivo de cualquier ataque o trampa que me tienden. Y yo al abismo no le tengo miedo.

Mujer: Yo una vez me hice leer la mano a ver qué me decían. Y salió todito tal cual; me quedé fría. ¿Alguna vez le han leído la suerte?

Hombre: Nunca.

Mujer: Dígame la verdad.

Hombre: … Una vez.

Mujer: Y no le gustó lo que le dijeron…

Hombre: ¡Ah! Es mejor no creer en esas pendejadas.

Mujer: Si son pendejadas, entonces ¿por qué me mintió? Cuénteme qué le dijeron.

Hombre: Fue una vieja. La abuela de una amiga.

Mujer: De una de sus novias, dirá.

Hombre: Pues sí.

Mujer: ¿Y le echó las cartas o le leyó el tabaco?

Hombre: Las cartas.

Mujer: Diga a ver.

Hombre: Primero, recuerdo, salieron tres oros seguiditos. El as, y otras cartas altas, todas al derecho. Dijo que eso era bueno: dinero, fortuna, éxito. Luego salieron dos bastos, también al derecho y explicó que eso era trabajo, relaciones, carisma, suerte…

Mujer: Siga.

Hombre: Luego botó tres cartas al lado de los oros y eran espadas, todas al revés, y vi que se le ensombreció la cara y no quiso decir más. Le dije que si no hablaba no le pagaba y además le pegaba un tiro. Y la viejita fue soltando de a poquitos todo… Adversidad, graves problemas, muertes, infortunios…

Mujer: ¿Y qué hizo?

Hombre: Pagué y salí. Juré nunca más meterme con esas cosas de magia y poderes sobrenaturales.

Mujer: ¿Y lo cumplió?

Hombre: Más o menos.

Mujer: ¿Qué quiere decir «más o menos»?

Hombre: ¡Ay, qué fastidio usted con esa preguntadera! Mire… sé lo que tengo que hacer, y lo hago, y para eso tengo gente que trabaja para mí, gente que me apoya por el ladito, y gente para quien trabajo. Es una cadena.

Mujer: Y entonces….

Hombre: ¿Y entonces qué…?

Mujer: ¿Por qué nos van a atacar, si usted tiene negocios con los del batallón? El Paterrana me confesó que estas armas y esas cajas de munición salieron de ese batallón con destino a esta casa. ¿Ahora por qué se le voltearon? Una noche usted dijo, después de que me amó, y eso lo he guardado para mí, se lo juro, que trabaja para los jefes del partido. Imagino que doña Matilde es de ese grupo…

Hombre: Sí, así como los senadores con los que me reuní en la capital antes de venir acá. Ellos me financian. A los grandes jefes no los conozco, no se dejan ver de alguien como yo; pero los senadores, que son cercanos a ellos, sí; he estado en sus oficinas. Hablar con esos doctores es como hablar con los mandamases de la Casa Azul.

Mujer: No me cuesta trabajo adivinar lo que mandan: que los rojos no salgan elegidos en las elecciones para Asamblea ni para Congreso y que los campesinos rojos no se acerquen a las urnas.

Hombre: De eso me encargo. Con el apoyo del ejército, claro está, cuando es necesario.

Mujer Y de los dominicos, que le dan refugio en cuanta iglesia y convento tienen por todos estos parajes. Ahora entiendo dónde pasa la noche cuando no llega aquí, pero usted no suelta por qué se le voltearon.

Hombre: ¿Sabe por qué? ¿Sabe por qué, mujer? Por que yo soy la mala conciencia del partido azul. Yo soy todo lo que ellos quieren que se haga, pero no quieren saber de ello. Soy el lado oscuro de sus conciencias, el lado que los deja dormir tranquilos para que puedan ir a los cocteles en la capital y sonreír y hacer chistes y salir en los periódicos y tomar whiskey y vestirse bien mientras saben que aquí en el monte tienen gente como yo que cumple lo que ellos necesitan para salir elegidos, pero ni en el confesionario pueden admitir el trabajo sucio que hay detrás… ¿Y sabe por qué más? Porque, finalmente, todos esos políticos, rojos a azules, son de una misma clase, se tapan con la misma cobija; y a los que mandan al matadero es a los pobres como nosotros. ¿Se da cuenta lo asquiento de todo esto? ¡Tanto muerto, tanta crueldad, tanta violencia, tanto campesino despojado de sus tierras, tanta sangre que soportaron los campos durante años y años… toda esa disputa por los ideales azules y rojos quedó borrada de un plumazo cuando pactaron dizque la paz! Y entonces… ¿sabe qué pasó? Que comenzamos a sobrar nosotros. Yo, en particular. Nos volvimos personajes incómodos para el gobierno y para las Fuerzas Armadas. Entonces pusieron recompensa a mi cabeza. Pagaban cuarenta mil pesos por quien diera información para darme de baja. A mí ya me declararon el bandido más peligroso del país. ¿Entiende ahora sí por qué se me voltearon?

Mujer: Todos menos los dominicos.

Hombre: La Iglesia me quiere y me cuida. Vea, le juro que cuando salga de todo esto me voy al desierto y me meto de monje el resto de mi vida. Es lo que más deseo; es una promesa que le hice a la Virgen: que me permita salir de todas estas jodas y así me dedico a su veneración, en paz y tranquilidad.

Mujer: ¿Qué estará pasando afuera? Subo al zarzo. Quédese; ya le informo. Por el niño no se preocupe que sigue dormido.

Hombre: No lo oigo ni respirar… ¿Qué lleva ahí?

Mujer. La carabina y una Madsen. Y proveedores suficientes. A mí no me van a madrugar.

Hombre: ¿Ahora viene a darme lecciones?

Mujer: No. Solo que ya no me despego de estas armas.

Hombre: … ¿Qué ve?

Mujer: Lo mismo que usted hace un rato. Solo que cada vez hay más bultos entre los matorrales. Y está comenzando a caer el sol.

Hombre: ¿Y de mi papá y del padrino? ¿Ve algo?

Mujer: Nada… Aguante… ¡Ahí los traen! ¡Asómese! Vienen cuatro con ellos. Les tienen las manos amarradas a la espalda.

Hombre: ¡Cobardes!

Mujer: Están gritando su nombre. Escuche el megáfono.

Hombre: Que me rinda. ¡Ja!

Mujer: No se vaya a rendir. ¡Ni por el carajo!

Hombre: Eso no lo he pensado. Estoy pensando en el viejo y en el padrino. Qué mal momento están viviendo… ¿Sabe? El viejo me enseñó a echar cometa loma abajo y a tirar el trompo en el solar de la casa y a jugar balero. Me hizo una cauchera, me fabricó un caballito y también una escopeta de palo. Por eso lo quiero tanto. Además…

Mujer: Usted al menos ha gozado de su padre toda la vida. Yo que ni supe quién fue…

Hombre Me enseñó a tocar el tiple y las guabinas y los bambucos que me ha escuchado aquí en las noches. No quiero por nada del mundo que le vaya a pasar algo. Menos por mi culpa. Ni tampoco al padrino.

Mujer: ¿Usted está dispuesto a perderlos?

Hombre: ¿Qué me quiere decir?

Mujer: Dese cuenta: los usan como escudo para obligarlo a que se rinda y para que usted no vaya a atacarlos. Así pueden seguir acercándose.

Hombre: No tiene que decírmelo. Juepuerca, ahora es cuando más falta me hacen Paterrana y El Largo.

Mujer: Olvídese de ellos. Ya no existen para nosotros.

Hombre: ¿Y el niño? ¿Sigue dormido?

Mujer: No…

Hombre: Pero no lo escucho llorar.

Mujer: No piense en el niño. Ahora necesitamos estar en lo que estamos. A su papá y al padrino los traen como escudos para obligarlo a que se entregue.

Hombre: ¿Qué le hizo al niño?

Mujer: Cállese.

Hombre: No me venga a callar, carajo, que…

Mujer: Contrólese.

Hombre: ¡Dígame qué le hizo al niño que no lo escucho!

Mujer: Ahora solo estamos usted y yo. Ni Paterrana, ni El Largo, ni su papá ni su padrino. Los dos no más.

Hombre: ¿Cómo fue capaz?

Mujer: Se lo encomendé a la Virgen Ella lo cuidará. Tenga la certeza.

Hombre: ¡Aaay! ¡Virgen del Rosario, ayúdeme!

Mujer: Asómese. Los hicieron arrodillarse.

Hombre: Si les hacen daño, no respondo. No dejo uno solo vivo. Lo juro, por la Virgen… y por…

Mujer: ¿Por quién?

Hombre: A mí no me pueden dejar solo… ya bien solo me he quedado…

Mujer: ¿Quiénes no lo pueden abandonar?

Hombre: La Virgen…

Mujer: ¡Diga quién más!

Hombre: No le puedo decir. Por favor no pregunte.

Mujer: ¡Ay! ¡Dios mío! No vaya a mirar ahora.

Hombre: ¡Carajo! ¿Qué pasa? ¡Quítese!

Mujer: ¡No mire, no mire!

Hombre: ¿Mi viejo?

Mujer: ¡Horrible! Alla abajo, en la falda de la loma, hay dos hombres colgados de un árbol. Paterrana y El Largo. Los reconozco: al Paterrana por las piernas cascorvas; al otro, por lo larguirucho. ¡Qué escena tan espantosa, Dios mío!

Hombre: Juro por ellos que me vengo, hasta el último de los que están metidos en esta operación contra mí.

Mujer: Este no es el momento para juramentos.

Hombre: Tengo lealtades que debo honrar. He hecho contratos.

Mujer. Si, ya dijo, con la Virgen. ¡Y con alguien más! ¡Dígame!

Hombre: Eso nunca se lo diré.

Mujer: Entonces ya lo dijo. ¡Con el Maligno! No tiene que explicarme nada. Ahora entiendo… ¡Ave María purísima! ¡enelnombredelpadredelhijodelespirtusantoamen! La que tiene que batirse a muerte soy yo. Usted es intocable.

Hombre: ¿Cómo cree que me he salvado de todas las escaramuzas, celadas y emboscadas que me han tendido? Yo me evaporo, me envuelvo en una luz, me convierto en bejuco, en mariposa o en polilla, en serpiente o en colibrí, en aguilucho o en gallinazo. A veces el hábito del dominico es suficiente para pasar entre mis enemigos sin que me identifiquen. Otras veces, incluso, de paisano ni me reconocen a pesar de estar junto a ellos, tomándome una cerveza en la cantina o jugando un chico de billar.

Mujer: ¡Ja! ¿Sabe qué? Usted es un duro. ¡Ahora lo amo más! Así haya vendido su alma…

Hombre: ¿Qué está pasando afuera? Necesito ver.

Mujer: Le están dando a usted tres minutos para que se rinda. Escuche…

Hombre: ¿Y el viejo y el padrino?

Mujer: Arrodillados con las miradas clavadas en el piso. Les puedo ver el sufrimiento. Están sudando, tienen las camisas entrapadas. Detrás está el que parece a cargo…

Hombre: No puedo dejar que los ejecuten enfrente de mi casa, de nosotros… ¡Yo, sin poder hacer nada!

Mujer: Venga. Posiciónese bien y ponga la mira en el que está con el megáfono. Yo bajo y me ubico en la tronera y controlo los otros tres.

Hombre: ¿Desde cuándo usted dándome órdenes? Primero me mata al niño y ahora quiere mangonearme.

Mujer: No le estoy dando órdenes. Entonces proponga algo diferente,

Hombre Está bien.

Mujer: Cuando esté abajo le aviso y coordinamos las acciones.

Hombre: Vea pues…

Mujer: Chito. Escuche lo que hablan afuera.

Hombre: Los dos viejos están rezando. ¡Juepuerca!

Mujer. Ya estoy acá. Los tengo en la mira. ¿Usted?

Hombre: También.

Mujer: Hacen cuenta regresiva.

Hombre: Cuando lleguen a diez disparamos a la vez.

Mujer. Debemos disparar antes.

Hombre. ¡No! Cuando yo le diga.

Mujer: ¡Ay! Les dispararon. No esperaron llegar siquiera a diez. ¡Fuego!

Hombre: ¡Fuego!

Mujer: ¡Infames!

Hombre: ¡Hijueputas! ¡Me mataron los viejos! Juro que me vengo hasta el último.

Mujer: Se nos vinieron encima. ¡Dispare, dispare!

Hombre. Vuelva y cargue, vuelva y cargue.

Mujer: Son muchos… ¡Aaaaaaaaayyy!

Hombre: ¡Mujer, Mujer! ¿Qué pasó? ¿Está bien? ¡Contésteme, carajo! ¡Responda!

Mujer: El niño… el niño… lo veo…

Hombre: ¡Aguante, Aguante, ¡por lo que más quiera! Respóndame. Hábleme. La quiero oír. ¡No me deje solo!… Con todos estos puedo, ¡pero la necesito! Virgencita… ¿por qué me abandonó?… Solo queda… el abismo…

Philip Potdevin (Cali, 1958). Narrador, poeta, editor, periodista y traductor. Autor siempre crítico, cuenta con más de una docena de libros publicados, entre los que se encuentran Metatrón (Seix Barral, Colcultura, 1995), con el que ganó el Premio Nacional de Novela de Colcultura (hoy Ministerio de Cultura de Colombia), Los juegos del retorno. Quinteto (Editorial Universidad de Antioquia, 2017) y poemarios como Cantos de Saxo (1994) y Salto desde el acantilado (2001), ambas publicadas por la editorial Opus Magnum. Es magister en Historia por la Universidad Javeriana, y en Filosofía Contemporánea, por la Universidad de San Buenaventura, de la que es abogado.